El valiente Judas y el contradictorio Jesús

Yo no soy un gran conocedor de las leyendas cristianas (porque eso son, leyendas, o, como diría García Viñó, y estoy de acuerdo con él, “cuentos de hadas”), pero desde niño, quizá porque he nacido en esta triste y arcaica España, me ha interesado mucho la figura de Jesús y toda su historia. Gandhi aseguró que Jesús fue uno de sus maestros, y Joaquín Sabina dijo que fue el primer comunista. Yo creo que en su vertiente más luminosa, en realidad Jesús fue el primer anarquista. Pero, anarquista y rebelde, activista y criminal, Jesús fue sobre todo, es, una figura tremendamente contradictoria, y yo siempre me he sentido más del lado de Judas Iscariote, a quien la historia ha convertido en uno de esos villanos de película, y su nombre sinónimo de traición, de mezquindad, de envidia. En los últimos tiempos, una corriente de pensamiento está intentando redimir la imagen de Judas, y algunos historiadores y analistas empiezan a verle como al verdadero amigo de Jesús, que se sacrificó por él como si ambos hubieran pactado todo el asunto de antemano.

A mí todo eso, la verdad, me importa bastante poco.

Yo estoy con Judas, como estoy con el Diablo, porque ambos son los únicos que se enfrentaron al poder absoluto, y eso los convierte en los anarquistas definitivos. Y yo, anarquista de corazón, que anhelo que de una puta vez y para siempre todo poder de un hombre sobre otros hombres, toda autoridad, toda imposición moral, desaparezcan y se vean sustituidos por la luz de la ilustración, la razón y la compasión sin límites, encuentro mucho más inspiradora la posición del Diablo en contra de Dios, y la de Judas en contra de Jesús, quien intentando derribar la moral y las leyes de su tiempo, a la vez fue jefe y dominador de un grupo de hombres leales, muchos de los cuales, a pesar de tener sus reservas, hacían su voluntad sin rechistar. Y esto para mí es otra forma de poder, y no menos terrible.

Comentemos un poco ‘Jesus Christ Superstar’ (íd, Norman Jewison, 1973) que, para qué vamos a andarnos con rodeos, es una puta mierda de película con algunas canciones maravillosas. Ya nació vieja en 1973, y ahora parece más anticuada que una película de Griffith. Jewison nunca destacó por ser un gran realizador, pero aquí directamente pasa por completo de lo musical en su puesta en escena, y crea uno de esos musicales supuestamente renovadores, con un blandengue tono hippy que tira de espaldas, y con un diseño de producción bastante poco afortunado. Sin embargo, siendo una película tan lamentable, hay una secuencia que siempre me ha gustado mucho, y que narra el episodio más conmovedor (al menos, para quien esto suscribe) de toda la relación entre Judas y Jesús, que es aquel tan famoso en el que el supuesto traidor le increpa al hijo de Dios que emplee un ungüento muy caro, y que podría venderse para dar de comer a los pobres.

Básicamente, Judas le echa en cara a Jesús que mucho predicar y mucho pedir esfuerzos, pero luego no se aplica a sí mismo sus propias enseñanzas. También, que los pobres son más importantes que él. Y tiene toda la razón. Jesús, en muchas ocasiones, no hace otra cosa que pensar en sí mismo, y hablar de sí mismo, como un egocéntrico incapaz de empezar una frase con otra cosa que “yo…”. A fin de cuentas, él sabía que era hijo de Dios, y que cuando muriera, por muy terrible que fuera esa muerte, iría al cielo y todo sería estupendo y fantástico. Su crucifixión, bestial, es una forma que tiene la Iglesia Católica, Romana, Apostólica y Asesina de intimidar al pueblo, de hacerle hincar la rodilla ante el temor de que, si Dios Padre pudo hacerle eso, o dejar que le sucediera eso, a su propio hijo, el resto no teníamos ninguna posibilidad si no nos sometíamos a sus dictados. Pero carece de fuerza real, porque no es lo mismo morir con la duda de qué pasará después, que es la que tenemos todos, que morir sabiendo a dónde vas a ir, y que después hay otra cosa, otra vida. De tal modo que el experimento de Dios encarnándose en hombre me parece un fracaso absoluto.

Sin embargo, si Judas existió, se le puede comparar en audacia y en coraje con el propio Diablo, el primer ángel creado, y uno de los más independientes por ser arcángel (es decir, el octavo coro de ángeles, si consideramos a los serafines los primeros, los más grandes, y por ello los más dependientes de la luz de Dios). El Diablo acusó a Dios de equivocarse (la palabra Satán significa El Acusador), y que tener los cojones bien puestos para hacer semejante cosa. Igual que ser un discípulo de Jesús, de quien cuentan que en sus ojos se contenía toda la fuerza del Cosmos, y cuestionar sus ideas. En la película, Judas está interpretado por Carl Anderson, que poseía una voz impresionante, y que era un gran actor, mientras que el sosainas de Jesús está encarnado por el incompetente de Ted Neely, que da forma,  una vez más, a ese tópico Jesús rubio y de ojos azules (en Galilea no creo que hubiera genes recesivos semejantes), y que no posee ni un gramo de la fuerza que tenía Jim Caviezel en la deleznable película de Mel Gibson. La muerte de Judas, quizá arrepentido, aunque seguramente abrumado por la pérdida de Jesús y por el sinsentido de toda esta aventura, es mucho más terrorífica. Porque Judas es humano.

Parafraseando una vez más a Fernando Vallejo, quien en su ensayo sobre Cervantes confesaba su diálogo permanente con “Nuestro Señor Satanás el Diablo”, yo creo que el hombre común, el que no esté contaminado por la hipocresía del mundo moderno, heredero directo de la hipocresía católica, puede encontrar en el apestado Judas Iscariote un hombre capaz de enfrentarse al poder más grande, y hacerlo con dignidad. Porque hay que tener un valor enorme para decirle a alguien como Jesús: “te estás equivocando”. Exactamente el mismo que para plantarse ante los jefes de este sistema y decir la palabra mágica: NO.