El exterminio del Lobo Ibérico

Maldita sea mi puta estampa. Yo que me había auto-impuesto dejar de escribir sobre cosas que despiertan mi mal destilado carácter destructivo, y sólo escribir sobre cosas que me gustan y me emocionan y me dan ganas de vivir, y además, para agravar más el asunto, me había propuesto no volver a leer jamás la prensa (de ninguna clase y signo ideológico) porque además de que me sale la ya mencionada mala hostia me deprimo y me desmoralizo hasta el punto de que ponerme a hacer mi sacrosanto café mañanero es una hazaña hercúlea, al final siempre acabo cayendo en el mismo pozo, y abro el país punto com y me encuentro con artículos tan demenciales como éste.

Y, oye, el Cañete de los cojones y toda la panda de ganaderos que no tienen ni zorra idea de nada pero que tienen mansiones muy bonitas en las montañas, me acaban de convencer. Claro que sí.

Así que, venga, exterminemos al lobo ibérico de una santa vez. Puto bicho del infierno que, vete tú a saber por qué, decide alimentarse de las presas que su diseño genético le ha enseñado a cazar desde el pleistoceno, jodiendo a base de bien la economía de los estupendos y siempre ecologistas ganaderos, los pobres, que se preocupan muy mucho de cuidar de sus cientos de miles de cabezas de ganado, para que les den de comer y para mandar a sus hijos a la universidad. Ese bicho, ¿quién lo necesita? ¿No decían en un cuento muy famoso que devoraba a una abuelita y se vestía como ella, el cacho gay, para devorar a una adorable niña vestida de rojo? ¿Cómo se llamaba ese cuento…? No caigo, seguro que algún ganadero lector de libros, pues todos son muy cultos, me lo puede recordar. ¿Quiénes son esos científicos y ecologistas que tratan, los muy capullos, de proteger el equilibrio de bosques y montañas? No saben lo que dicen. Ese lobo, ese bicho, les devora cuatro o cinco reses al año, y nosotros, el ser humano, somos los dueños de todo, sobre la faz de la Tierra y bajo la superficie de los mares, y no va a venir una especie que no puede ni razonar a jodernos las estadísticas anuales. Y si Miguel Arias Cañete, que todo lo sabe sobre medio ambiente, dice que los lobos amenazan gravemente la ganadería, no hacen falta más razones. Cojamos todos un rifle de largo alcance, ese trasto que inventaron para definir a los valientes, y no dejemos ni uno vivo. Ya está bien, coño.

Bien, ya he descargado mi ironía de hoy. A partir de aquí vamos a hablar en serio.

Resulta que a ese retrasado mental de Cañete (que por ser retrasado digo yo que habrá conseguido el puesto, pues en España hasta para ser un minijefe de una minimierda de empresa tienes que ser un comepollas avezado, un lameculos de raza y un memo sin cura) se le acaba de ocurrir, porque le ha caído un rayo en la cabeza (o porque ha recibido una buena paga de la asociación de ganaderos españoles, vaya usted a saber…) que la presencia de los lobos en la península, muy reducida y casi sin núcleos reproductores, es una amenaza para la ganadería. Tanto que en Ávila, que no queda ni uno solo, sigue habiendo pérdidas de reses. Seguramente fantasmas de lobos, nunca perros asilvestrados. Y los de Bruselas, que ya le pusieron una buena multa a España por cargarse los valles de Laciana gracias a la práctica de la minería de cielo abierto, les han dicho que eso de cazar individuos al sur del Duero es un disparate como una casa de grande. Que los exiguos clanes de Sierra Morena pueden desaparecer por la falta de caza, por la invasión de la ganadería en sus territorios, por el destrozo del monte por parte de la masiva existencia de ciervos y jabalíes (diantre, también tienen que comer), que a su vez sirven para que los ganaderos, en sus ratos libres, como tienen pasta para pagarse la licencia y para reunirse en grandes comilonas, dispongan de sus terrenos de caza de grandes piezas astadas.

Digo yo, ¿esto es un ministro de medio ambiente? ¿Va a tener razón Palazón y los ministros de la ultra-derecha se creen todavía en época de Franco, cuando el generalísimo promulgaba la caza de este fascinador animal? O, mejor aún, ¿va a volver la época de Carlos III, cuando por cada lobo cazado se galardonaba al valiente cazador con un buen dinero? Puede ser que sí. El lobo es esencial para la salud de bosques y montañas, para su esplendor, pero si perdemos uno con cinco millones de euros al año por culpa de su alimentación algunos se creen justificados para desperdigar por el follaje los famosos lazos, temibles cepos que atrapan el morro o las patas de los putos bichos (Adrián…¿no habías dejado atrás la ironía? no te enzarpes…), de los lobos, o peor aún, para seguir demonizándoles como en pleno siglo XVIII. Pero yo creo que jamás seremos capaces de darnos cuenta de que esto de la naturaleza y la vida es un precario equilibrio, y hasta esos demonizados lobos son parte indispensable de ese equilibrio.

Y dirá el astuto lector: “ooooh, Massanet, cómo te las das de naturalista, de guay y de estupendo…¡dale un beso a un lobo!”. Pues no. A mí los animales me dan miedo, muchas veces, o respeto. Si viera a un lobo atacando a un ser humano (a uno valiente e inteligente, con lo que el asunto sería muy improbable), o a mí mismo, trataría de matar al lobo (y bien que lo sentiría, pero así son las cosas) y trataría de sobrevivir yo. Pero por ese mismo concepto de supervivencia, sostener que un cazador tan evolucionado no pueda ejercer el mismo derecho de supervivencia con los suyos, cuando apenas le dejan carroña para poder subsistir, es una crueldad y una ignominia. Y la cosa tiene mayor coña cuando algunos familiares directos míos están directamente relacionados con la ganadería, y no les hará mucha gracia (en el improbable caso de que me lean, pues casi nadie me lee…no pongo aquí tías en pelotas, aunque Brenda Chenowith es muy guapa) que yo sienta un desprecio infinito por los ganaderos: ser abyecto que esclaviza animales inocentes para enriquecerse y desbrozar los montes.

Pero siempre me acuerdo de aquel número de ‘La espada salvaje de Conan, el bárbaro’, en el que el bárbaro sobrevive de milagro a un ataque de lobos y entra en un poblado sitiado por ellos, pero cuando descubre que los seres humanos que lo habitan son una panda de hijos de puta con pintas, y hasta le amenazan sin haber hecho nada (la hija del jefe primero intenta seducirle y luego se inventa que era él quien le manoseaba, que bien mienten algunas chicas…) con echarle a los lobos, él no duda en decir: “puede que con ellos me sintiera más en casa”.

¿Para cuándo una época de caza de ganaderos, banqueros, políticos y memos de toda condición? Yo ya tengo preparado mi machete.

Algunos blogs esenciales:

Amigo lobo (blog lobero de Carlos Sanz)

Signatus

Lobos de Iberia