Mariano Rajoy es exactamente lo que nos merecemos

En más de una ocasión, asistiendo a alguna asamblea del 15-M, me dieron ganas de coger el micrófono. Pero como soy un tío bastante tímido y muchas veces pienso que nadie quiere escuchar nada de lo que diga, pues no me atreví. Pero me hubiera gustado pedir la vez y levantarme delante de quinientas personas (¡qué horror!, me agobio sólo de pensarlo… ¡Massanet! ¡quítate ya esa timidez que cargas como una losa, joder, hace ya casi treinta y tres años!) para decir solamente una cosa. Y es que después de escuchar a personas más o menos inteligentes, hablar de cosas más o menos interesantes o importantes, y que se instalase en el ambiente la idea de que la culpa es de los demás, y los responsables de que todo se vaya a pique son los otros, casi consigo vencer a mi animadversión a que me miren y declarar lo siguiente, aunque quizás a algunos de los presentes nos les habría gustado: que pese a que en algunos aspectos los que cogen el micro tienen mucha razón, en una hay una equivocación de base que se erige en verdadera contradicción intelectual; pues no son entes oscuras las culpables de que todo sea una mierda, sino que somos nosotros los culpables de todo.

Porque, por definición, si creemos (y algunos lo creemos fervientemente) que la solución está en la gente, en la unión de las personas humildes contra los poderosos, es que, en realidad, el problema también está en nosotros, y no en ellos, que, rastreros como son, no hacen sino lo que saben hacer desde siempre, desde el principio de los tiempos. Y nosotros, los pardillos, los que aguantamos, los que nos callamos, los que nos peleamos por idioteces, somos los culpables y los que hemos hecho la sociedad tal cual es, para después permitir que vengan una panda de anormales fascistas a terminar con todo. Si aún podemos hacer algo, es porque en su momento hicimos las cosas mal. En caso contrario, ya no podemos hacer nada.

Y llegando más al fondo de esta idea, un sujeto como Mariano Rajoy, presidente del gobierno de la nación española, es exactamente lo que nos merecemos. Con él nos hemos superado. Con él hemos perfeccionado la figura del jefe español: el tipo que no sabe hablar, el tipo que no sabe lo que dice, el tipo que no da un palo al agua, el que desaparece cuando se le necesita y aparece dando lecciones cuando no se le necesita, el que dice una cosa y hace la contraria, el que va de salvador de la humanidad mientras nos lleva a todos al matadero, el que va de listillo o de ingenuo o de honesto o de duro y ninguna de esas cuatro facetas se las cree nadie. En suma: el perfecto presidente español.

Con la huida (literal: huida) protagonizada por este sujeto hace pocas horas, ante la tesitura de enfrentarse a los medios de comunicación porque ninguna de sus anunciadas pociones mágicas está funcionando como el prometió, sino que están causando males mayores propiciados por los todopoderosos mercados, la cosa ha pasado a ser surrealista, inenarrable. Un impresentable (literal, de nuevo) que durante semanas no comparece ante los medios una vez elegido presidente por una parte de los españoles, que luego se dedica a incumplir todas y cada una de las promesas que había hecho, y que cuando toca aceptar las cosas como son sale por la puerta del garaje. Yo, que todavía tengo un poco de capacidad de sorpresa, he de reconocer que no me lo esperaba. A partir de ahora me espero cualquier cosa.

Después de cargarse la educación y la sanidad. Después de reforzar la opacidad de la Iglesia y su enorme poder institucional. Después de defender públicamente a mafiosos disfrazados de políticos de su partido. Después de no abrir la boca durante semanas. Pero sobre todo después de salir corriendo como el pobre hombre que es. Me espero todo ya de este hombre. Es imposible un presidente del gobierno más terrible. Si al incompetente de Zapatero le fue imposible borrar al fascista de Aznar, ahora Rajoy propone un nuevo estilo: el paleto definitivo y destructor como jefe. Ay, España, te lo has buscado tú solita durante siglos. Ahora sí que nos vamos todos al carajo.

Pero esta vez de verdad y para siempre.