Sobre la estremecedora ‘Un profeta’ y el cine como catarsis espiritual

Poca cosa puede ser ya el cine. Hace poco, revisionando en youtube el programa ‘¡Qué grande es el cine!”, de Jose Luis Garci (un hombre cuya imagen para mí siempre será la de ese director que se sentó en la barra del bar donde yo trabajaba con veintitrés años y se tomó muy a mal que yo no adivinase qué quería beber…), uno de los contertulios, el insigne Miguel Marías, declaró con motivo del visionado de ‘El padrino, parte II’ de Francis Ford Coppola que el cine se había vuelto muy académico, muy poco arriesgado, y que ya dudaba de que se pudieran hacer obras maestras de esa magnitud. En parte estoy de acuerdo, pues muy pocos cineastas han surgido después de la intensidad y el coraje de Coppola, y es verdad que el cine se ha vuelto muy académico, muy clásico, y muy conservador, y esto desde hace muchas décadas. El cine está en decadencia y en comparación con otras artes palidece por culpa de quienes lo hacen. Pero todavía siguen surgiendo hitos de la historia de este joven arte. Aprovecho para decir que ese programa de televisión (al que asistían algunos de los hombres que me dieron clases en la Escuela de Cine de Madrid, la infausta ECAM), aunque encorsetado y anticuado, era el único de esa clase y que otros parecidos serían no solamente deseables, sino hasta necesarios. Pero esa es otra cuestión.

Pienso firmemente que la película perfecta sería aquella en la que se entrelaza una concepción aventurera del drama, es decir narrativa, con una representación dinámica y pasional del mundo interior de los personajes, es decir antinarrativa; una en la que se establezca una visión nítida del hombre y de la vida, y que además resulte apasionante en su peripecia. Para mí, este tipo de película lo tendría todo. Y ‘Un profeta’ (‘Un prophète’, 2009) sería un ejemplo magistral de lo que estoy diciendo. En ella se conjuga una muy particular renovación del cine negro europeo (en su vertiente carcelaria, que ha dado no pocas grandes obras), con una búsqueda de la catarsis más poderosa. Una que convoque los peores y más tenebrosos demonios del espectador, pero que también libere algunas de las emociones más luminosas (no precisamente positivas todas ellas, también desgarradoras, conmovedoras) que, quizás, aún podamos experimentar ante una pantalla de cine. Una aventura en tres actos ya no es suficiente, no aporta nada al espectador. Pero tampoco un cine de autor incapaz de captar lo que de impredecible y violenta y terrible que es la vida. Puede que el cine más sencillo, más esencial, posea el hermanamiento entre el sueño (el recuerdo, el enigma) y el más feroz documento visual. Y existen, me parece, muy pocos artistas capaces de alcanzar esa conciliación en imágenes cinematográficas.

Nacer, matar, comprender

No sé quién coño dijo eso de que en el cine, como en la vida, todos los hombres somos unos hijos de puta, unos criminales, y todas las mujeres unas cabronas retorcidas. Y además me da igual, pero estoy muy de acuerdo. Esto enlaza a la perfección con eso que repite Palazón una y otra vez: algo así como que el ser humano es una puta mierda sin redención posible. Pero yo añadiría algo más de mi propia cosecha: en la aventura de esa puta mierda que es el ser humano, existe, inherente, como una herida palpitante de sangre, una belleza escondida en lo miserable que, aunque no es una redención, sí origina la sospecha de que somos algo más que escoria. Una escoria que lucha, mira y comprende. Se desprende esta sospecha de las imágenes de ‘Un profeta’ por la generosa porosidad de su secuencia, que sin duda es un enigma para el propio realizador. Tuve la ocasión de hablar con él en una rueda de prensa, y me quedó claro que este gran cineasta (que ya había avisado de su enorme talento en la apasionante ‘De latir mi corazón se ha parado’ (‘De battre mon coeur s’est arrêté, 2005) y que está a punto de presentar nueva película) no se daba cuenta de lo que había creado con esta cinta inolvidable, pues de su trama, de su peripecia trepidante, se desprende, como una hermosa costra adyacente, la pulsión de la misma vida, del aprendizaje emocional, espiritual, de Malik. Y eso es algo que no se puede calcular, no puede ser objeto de puesta en escena, sino que nace de la observación pura, del arte más primario, más humano.

Y de nacimientos hablamos. Establecer una concomitancia entre la experiencia del protagonista en la cárcel y la experiencia vital de cualquier hombre en una vida normal es muy fácil. Básicamente, lo que vamos a presenciar es una parábola sobre lo que significa existir, desde el mismo momento del nacimiento, de aparecer en el mundo. Para Malik El Djebena su nacimiento es la reclusión en la cárcel, siendo un hombre apenas ingresado en la adultez. No sabemos nada de él y no hace falta. Sólo que ha cometido algún delito, que es una especie de vagabundo que va a pasar varios años en una durísima prisión francesa. Para el director Audiard, todos nacemos en la adultez para ingresar en la cárcel de la existencia, y sólo algunos salimos de ella antes de morir. Como un niño ensangrentado, le veremos por primera vez entre tinieblas, aturdido, y por segunda vez entre los haces de luz del furgón policial. No es nadie, no es nada. Es menos que nada. Y saldrá hecho un verdadero hombre: asesino, ladrón, follador, conquistador, sin miedo.

En el patio de colegio de primaria, el patio de la cárcel, jugará a machadas con sus forzosos compañeros: el robo de sus zapatillas y caminar descalzo por cobarde. Y enseguida llegará su tardío bautizo a sangre y fuego: matar para no morir. El diablo, César, el Cesar de este microcosmos abominable, le utilizará para una misión suicida y, contra todo pronóstico, saldrá vencedor. Es el inicio de una historia de amor. La del verdugo con su víctima. Y el comienzo de la enorme destreza de Malik como criminal. Y de la lenta y parsimoniosa aceptación de Malik de su identidad, de su cultura, de su destino. El asesinato de Reyeb, uno de los más cruentos que yo he visto en una pantalla, y las posteriores ensoñaciones de Malik siendo asesinado por él, que casi parecen un furioso acto sexual, son el primer contacto de Malik con el mundo real, su paso de la niñez a la vida adulta. No querer morir, y hacer lo necesario para evitarlo, es lo que nos convierte en monstruos. Pero no es eso lo que da más miedo en esta película.

Siendo ‘Un profeta’ una película en la que la sordidez más nítida nos golpea como un puñetazo en el estómago, lo que más aterra de ella no son los momentos más violentos, sino los más calmos, los más íntimos, los que acercan al protagonista a su condición de niño observador, de profeta insospechado. Las secuencias sanguinarias son brutales, descarnadas. Pero los breves intervalos de libertad, las conversaciones de Malik con su víctima y ahora único amigo, nos acercan a esa emoción primaria, indescriptible, que es percatarse de lo poético, lo que se nos escapa de la vida a medida que maduramos. Y eso causa mayor pavor, mayor estupefacción. Lo bello duele, lo violento purifica. En esta intensísima crítica al sistema carcelario francés (al parecer, uno de los más deleznables que existen en el mundo “civilizado”…) la imagen es total: sin puntos medios, sin compasión. Pero con dignidad.

Puntuada por la música de uno de los mejores compositores de cine de la actualidad, Alexandre Desplat (que aquí firma su obra magna), en el sonido del filme destacan sus múltiples idiomas (francés, árabe, corso), y este último suena con una sensualidad difícil de describir, como difícil de describir es esa atracción que te repugna y te seduce al mismo tiempo. El políglota Malik nos demostrará que si quieres llegar a algo en la vida has de aprender idiomas a la velocidad del rayo, y has de implementar ese aprendizaje a tus necesidades más básicas. En esta crónica (un relato en el que se respeta escrupulosamente el tiempo como cruel dictador de la dinámica rutina), en la que los capítulos son como los de una serializada novela en imágenes, comprendemos por fin que para vivir siempre hay que matar, de mil y una manera posibles y reales, y que para ser Dios (para ser libre, para ser amado, para amarse, aceptarse, entenderse a uno mismo) hay que vencer al Diablo que te dio permiso para existir, respirar.

Yo, me siento como un niño, un niño agradecido cada vez que veo ‘Un profeta’. Y cada vez que el profeta, Malik, adivina que en unos segundos un animal astado se interpondrá en el trayecto del coche en el que viaja, vuelvo a comprender, por una milésima de segundo, qué cojones pretendía Dios, o el Diablo, cuando permitieron que apareciera en esta Tierra.