Sobre la escoria y la hipocresía

¿Pongo la imagen?

Venga, sí.

Mejor no…

Así he estado un buen rato. Incapaz de ponerme de acuerdo conmigo mismo, todavía con legañas en los ojos. Todo el mundo la ha puesto ya, y cuando algún lector despistado vea la portada de Cuaderno Audiovisual va pensar que voy a escribir contra la monarquía de la misma forma que otros anti-monárquicos, o republicanos, o comunistas o simplemente decentes redactores de textos, cansados ya de este país demencial, cutre, ignorante, pobre, sin salvación.

Al final la he puesto, oyes, pero voy a hablar poquito de la monarquía. Prometido. Intentaré despeñarme por otras lindes. Sólo diré una cosa: la monarquía, por su misma naturaleza, es esencialmente anti-democrática. De modo que si tenemos un jefe del estado que está ahí por herencia, no vivimos en una democracia. Así de sencillo. Bueno, vale, diré algo más: el rey y su progenie lo hicieron muy bien y tuvieron mucha suerte, legitimando con nuestra Constitución de Pandereta algo insostenible, su continuidad, y llevan más de tres décadas ganándose adeptos gracias a su tono afable y campechano, a biografías de quinientas páginas escritas por lacayos, a la prensa del corazón, y a millones de abuelitos que todavía duermen debajo del rosario y que creen en cuentos de hadas. Bravo.

Si pudiera describir el inmenso asco que me produce esta imagen probablemente dejaría de escribir. Más que nada, porque no valdría la pena seguir escribiendo, y escribir es lo único que, por ahora, me hace sentir más o menos bien con mi rutina diaria. Así que confío en el asco que también sentirá el lector y que, probablemente, será, espero, parecido al mío.

Como soy masoca, además de otras muchas cosas incluso peores, intento ponerme en la piel de quien coge una escopeta, se acerca a un elefante, le apunta a la cabeza y aprieta el gatillo. Bueno, el que apunta a un elefante o a cualquier otro animal que se encuentre tan tranquilo en el bosque. Pero hoy toca elefantes, anarquismo obliga. La detonación produce un relámpago trepanador, se levanta una humareda del diablo, el proyectil de diez centímetros atraviesa un cráneo, y la bestia se derrumba. Intento sentirme como el asesino, que sin duda experimenta un placer inmenso en ese acto. Se siente un hombre, joder, un macho valiente. Nada más disparar y observar a su caído adversario, se vuelve hacia sus amigotes, jaja, ¿buen tiro, eh?, pásame la cerveza y el puro, ¡choca esos cinco!, qué partimiento de culo, de un disparo, qué emoción, ponte conmigo en la foto que esto hay que celebrarlo, posa bien, a lo macho, pon cara de satisfacción, vamos luego al pueblo a que nos la chupen unas negritas.

Lo intento, repito, ponerme en la piel de esa personita lamentable. Pero no puedo.

El otro día, leyendo a Palazón (qué pesado eres con Palazón, Massanet….no soy pesado, iros a su blog y leedlo y dejad de quejaros) pensé mucho en algo en lo, de alguna u otra forma, ya había pensado con anterioridad: que somos todos lo peor. Pero que aún así hay dos tipos de personas. Otro día escribo sobre lo que en la sociedad significa, al parecer, ser “una buena persona”. No creo que existan buenas personas, pero sí creo que hay dos tipos: los malos y los que creen que son buenos. Los que se miran a sí mismos y son implacables y hacen un bonito compendio de todos sus terribles defectos y miserias, y los que observan a los demás, les juzgan y les dicen cómo tienen que vivir. El segundo tipo se mete un poco de caña de vez en cuando (ay, qué tonto soy en esto y en aquello, ay, debería ser un poco más paciente, un poco más sereno, un poco más maduro…y ya) pero sobre todo observan a los demás, cogen lo que les interesa, y dándoselas de buenas personas (signifique eso lo que signifique) se permiten el lujo de disimilar su propia mierda.

Por un lado, esa hipocresía lamentable no hace otra cosa que volver aún más nítidos los propios defectos y la propia miseria y cobardía. Por otro, da un poquito de esperanza constatar que, aunque todos somos pobres de espíritu y probablemente merecemos todo lo malo que nos pase y mucho más, que estamos gobernados por un egoísmo increíble, que somos incapaces de cambiar, que vamos todos de la manita, aihó aihó, al desastre total, no todos somos unos perfectos canallas. Para mí tiene mucho valor que la escoria que es el ser humano posea una porción de valientes que se miren al espejo y se vean tal y como son. Puede ser un comienzo.

¿Qué tiene esto que ver con la maldita foto del rey nuestro señor a los pies de un elefante muerto? Bastante, me parece a mí. Este sujeto se supone que cada Nochebuena se dirige a nosotros como líder espiritual o algo por el estilo, diciéndonos lo maravillosa que es España, los problemas del último año y también los avances. Este individuo, que pertenece a uno de los linajes más antiguos de Europa, y también de los más asesinos, se permite el lujo de sentirse por encima del bien y del mal, y mientras el capullo de su nieto permanece en el hospital, por jugar ilegalmente con un arma de fuego y volarse un pie de un tiro (yo no cogía armas de fuego de niño, como no cogía el teléfono cuando sonaba en casa, porque mis padres me educaron bien, al contrario que la inmensa mayoría de padres actuales con sus hijos) él se larga a la jungla a pasárselo en grande matando animales inocentes cuyo único merecimiento para morir, me supongo yo, será que son enormes y peligrosos y no llevan a su vez armas de fuego.

Todo el mundo sabía que este asesino de vez en cuando se gastaba miles de euros en viajes para su pasión consistente en pegar tiros a animales inocentes. Algunos hasta aplaudían la gallardía del carnicero. Lo que no saben ahora es cómo coño librarse de él y de todos los jetas que le acompañan. Diantre, basta con leerse un libro de historia, aunque todos estén manipulados. ¿La opción menos sanguinaria?: darle a elegir entre largarse y no volver más por aquí o prender fuego a sus estupendas fincas, a todas. Es lo bueno de fincas y mansiones estupendas. De carne y huesos y sangre. Todo arde.