‘Titanic’ en 3D, a los 100 años de la tragedia

Rescato aquí un texto que escribí para mi amigo Emilio Domenech (que además es un estupendo coordinador y no le importó que lo publicase también aquí), y que fue originalmente publicado en su excelente página, The Cinéfagos. Un texto sobre el reestreno de ‘Titanic’ a los 100 años de su hundimiento, del que estoy particularmente orgulloso, porque creo que me lo curré bastante y, leyéndolo, creo que estoy muy de acuerdo conmigo mismo. Supongo que muchos no estarán de acuerdo con mis apreciaciones, y me da lo mismo. No escribo para caerle bien a la gente, sino para decir lo que pienso. La portentosa ‘Titanic’ es una perfecta detectora de snobs, como ya escribí en cierta ocasión, y todavía estoy pendiente de que alguien me ofrezca argumentos consistentes (porque cuando se me viene con argumentos, soy la hostia de flexible y respetuoso) en su contra. Lean, lean:

‘TITANIC’ EN 3D: VUELVE LA EMOCIÓN

Aprovechando que se acerca el centenario del hundimiento del buque más famoso de la historia, y en pleno resurgir de la técnica de proyección 3D, precisamente auspiciada por James Cameron con su hermoso filme ‘Avatar’, (íd, 2009), el director de origen canadiense se ha gastado casi veinte millones de dólares en una restauración y en un proceso de imágenes en tres dimensiones muy elaborado para devolver a ‘Titanic’ (íd, 1997) al lugar en el que alcanza su pleno significado y para el que fue creada: una pantalla de cine. Muchos, ante este proyecto, no han tardado en manifestar su desagrado ante la supuesta “estratagema comercial” del cineasta, después de que otros insignes como Martin Scorsese, Steven Spielberg o George Lucas (que está también reestrenando su segunda trilogía galáctica en este formato) se hayan subido al carro del denostado 3D para intentar averiguar las posibilidades de este formato de representación cinematográfica. Pero, para quien esto firma, lo de “estratagema comercial” es bastante cuestionable, si tenemos en cuenta que el DVD y el Blu-ray de ‘Titanic’ han supuesto mayores beneficios netos que el ya grandioso estreno en cines, hace quince años, cuando recaudó en todo el mundo alrededor de mil ochocientos millones de dólares. A semejante éxito y clamor popular poco puede añadir un reestreno de estas características, y tampoco creo que la cuenta corriente de Cameron necesite de tales astucias para sanearse un poco más. Pero tanto ‘Titanic’ como el propio James Cameron creo que son dos de los grandes malentendidos de la historia del cine, y va a ser casi inevitable que gran parte de los aficionados hablen antes de cifras, de aspectos comerciales, que de la fiesta del cine que representa que esta gran película vuelva a la gran pantalla.

Y es una pena, porque creo que el 3D de esta película es sencillamente el mejor, el más profundo, el más elaborado y el más complejo que se ha hecho hasta la fecha, hasta el punto de que se trata de una experiencia totalmente nueva mientras se observan unas imágenes tan conocidas. Yo, que ya había visto en cines el sexto largometraje de Cameron tres veces, y luego en formato doméstico (en el que no es ni la mitad de poderosa) bastantes veces más, he tenido la sensación de asistir a un espectáculo nuevo, más profundo e hipnótico, más joven aún. Puedo contar que, como padezco de un defecto en mi visión (producto de un accidente cuando era niño, aunque las secuelas son imperceptibles para los demás) tengo un problema con el 3D que me impide hasta cierto punto focalizar sin dolores de cabeza, y en algunas proyecciones (como la de ‘Avatar’) realmente me llegué a plantear que no podría disfrutar plenamente de la película. Y en el pase privado del otro día me ocurrió algo parecido durante los primeros diez minutos, hasta que llegó la encargada del pase y nos recomendó a todos los que allí asistíamos, que diéramos la vuelta a las gafas y nos las pusiéramos del revés. Y he de decir que, aunque mis problemas de focalización persistían levemente, ocurrió como en esos relatos en los que, de pronto, todo adquiere otro cariz y se oye música celestial: de pronto el 3D alcanzaba lo que se supone es su meta, que no es otra que introducir al espectador hasta lo más profundo de los encuadres. Lo de su pertinencia estética es otro cantar, porque como ya comenté en otra ocasión, este sistema, en lo narrativo y en lo artístico, se encuentra en pañales, pero en cuanto dotar al espectáculo de un carácter más impresionante, lo han conseguido en la película de Cameron como yo hasta ahora no había visto.

Una película sin consenso

Lo que Cameron siempre ha buscado (y que en raras ocasiones, a pesar de su corta filmografía, no ha encontrado) es un espectáculo total, una película en la que lo personal y lo universal se aúnen para fascinar y epatar a espectadores de medio mundo. No es una hazaña de poco calado. Muy pocas películas en la historia del cine han encontrado un equilibrio entre el cine de autor y el cine espectáculo. Se me ocurren ‘Lawrence de Arabia’, de David Lean; ‘El Padrino’ de Francis Ford Coppola; ‘Tiburón’, de Steven Spielberg; ‘Los siete samuráis’, de Akira Kurosawa; entre otros escasos títulos. A él no le interesa un cine de autor minoritario, o un cine de vanguardia, sino la épica con la que el cine es capaz de tratar los temas más globales, más visuales, más amplios. Esto, unido a su pasión por el mar, le llevaba inevitablemente, como si fuera algo predestinado, a indagar en la historia del pecio más famoso de todos los tiempos, que en un principio fue un lujoso buque que en su viaje inaugural (¡y no en otro!) se convirtió en una feroz metáfora de la tragedia del siglo XX, pues un iceberg fantasmal se cruzó en su camino y capturó la esencia de esta tragedia: que la tecnología más puntera no puede rivalizar con las fuerzas de la naturaleza, que no somos más que pigmeos comparados con el mar, con el frío; que todo el ego del mundo queda reducido a cenizas por un seismo, un maremoto o un pedazo de hielo petrificado. Y, olvidándose de toda cordura, arrastró a dos grandes majors (ahora reconvertidas en máquinas tragaperras, pero las únicas capaces de levantar un proyecto de esta envergadura) y se gastó doscientos millones de dólares (algunos dicen que trescientos) en una locura de largometraje que también estuvo a punto de irse a pique.

Y en una actitud sin precedentes (al menos que yo sepa), cuando el presupuesto se le fue de las manos al director, y con el objetivo de que le dejaran hacer su película en paz, renunció en un principio a su porcentaje en los beneficios. Y, cuando el presupuesto se disparó todavía más, renunció también a todo salario como guionista, director, productor y montador de la película, y siguió trabajando en el rodaje y en la postproducción, pues su fe en su película era ciega. El resto es historia conocida: sus maratonianas jornadas de rodaje, su dureza con los actores (Di Caprio prometió no volver a trabajar jamás con el tiránico cineasta), el agua helada en los pasillos del buque (el grito de Winslet cuando se introduce en ella es real), las buenas críticas en su estreno, la mediana taquilla en su primer fin de semana, pero que se mantuvo regular durante quince semanas hasta auparla a la taquilla más enorme (sin contar con la inflación y el precio de las entradas, claro está) de todos los tiempos. El impacto generacional. Los Oscars. Los comentarios sobre la egolatría de Cameron (“¡Soy el rey del mundo!”, gritaba eufórico el cineasta cuando recogía su estatuilla número once). Los ataques por parte de amplios sectores de la cinefilia a lo comercial de la película. La repetida acusación de “ñoña historia de amor”, de “Romeo y Julieta en el mar”, de simplicidad argumental. En el colmo del absurdo, de malas interpretaciones del elenco actoral. Todo ello en contraste con los de aquellos que aman la película y que se dejan arrastrar por su enorme impacto emocional, por lo que de visión del mundo contiene esta obra maestra, por su extrema sencillez en la historia pero su enorme complejidad de puesta en escena y de estructura secuencial (evidenciados por la enorme torpeza con la que está contado, por ejemplo, el ataque de los japoneses en la demencial ‘Pearl Harbor’ de Michael Bay, que quería ser algo parecido y en la que todo el bloque de la batalla da cuenta de lo difícil que es establecer ritmos y espacios con destreza en un enorme aparato escenográfico).

Es decir, que ‘Titanic’ está lejos, muy lejos, de un consenso, y no puedo hacer otra cosa que celebrarlo. Porque nada hay más sospechoso, sobre todo en un país tan culturalmente ignorante como es España, como los consensos en los que nadie se atreve a atacar tal título o tal autor. Pero también, a pesar de ser una portentosa película, no está libre de defectos (¿existe alguna gran obra que no padezca de defectos?) que sin embargo no diluyen lo que en ella existe de fortísimo relato de lucha y de amor (sobre todo, amor propio) de una mujer de la alta burguesía que se atreve a cortar todo lazo con un mundo despiadado e hipócrita y se lanza a vivir una existencia que probablemente sea mucho más dura en lo material, pero mucho más satisfactoria en lo emocional (o, si se quiere, espiritual), y en la crónica del fracaso pertinaz del ser humano como especie y como ser inteligente. Figuras como la del pasador de pelo en forma de mariposa, que simboliza la metamorfosis de Rose, me parecen pedestres, sin garra. Argucias de suspense como la inoculación de sospecha hacia Jack, cuando todos creen que robó el diamante, quedan bastante torpes e innecesarias. La misma historia de amor y pasión entre Jack y Rose no me interesa mucho (no creo en el Amor, como no creo en Dios), aunque sí me parece de un lirismo arrollador, casi onírico. La figura del cuadro con la bailarina, que en cierto modo habla del pasado de Rose, no adquiere toda la relevancia que debería. Y así podríamos citar otros defectos que saltan más a la vista en cada visionado.

Eso sí, ninguno de ellos creo que tiene mucho que ver con lo desporporcionado de los ataques hacia ella por ciertos espectadores que, a juzgar por sus comentarios, centran su desprecio en el enorme éxito de la película como si esto fuera definitorio de la calidad de una obra de arte, cuando hay bastantes grandes películas que han conocido clamorosos taquillazos, que son famosísimas y cuyo valor no es tan cuestionado. Pero, volviendo a lo ya dicho, ‘Titanic’ en particular, y James Cameron en general, son dos grandes malentendidos de la historia del cine.

La fuerza increíble de ‘Titanic’ y de su puesta en escena

He tardado bastantes visionados en comprender dónde reside verdaderamente la fuerza impresionante de una película tan sencilla, y ha sido en este en 3D cuando por fin, creo, he accedido a su significado profundo, no por obvio quizá más resbaladizo. James Cameron siempre hace la misma película: una pareja (pueden ser amantes, o pueden ser madre e hijo, o un matrimonio en crisis) son situados en el ojo del huracán. Y ese huracán es global, mundial. El fin de la civilización, el colapso del mundo tal como lo conocemos. Y, con variaciones, es lo mismo en ‘Titanic’, en la que lo que más interesa al cineasta es luchar por sobrevivir, como en sus obras maestras más impresionantes. Pero aquí hay algo más que yo no he visto en ninguna otra película. ‘Titanic’ va, simplemente (“simplemente”) de elegir cómo vivir y, sobre todo, cómo morir. Varias docenas de personajes, cuya forma de vida, sus eleciones vitales pasadas o futuras, van a ser analizadas, una vez llegue el momento del hundimiento, van a tener que elegir a su vez cómo morir. Y Cameron se preocupa muchísimo de que la muerte sea algo real, inminente, físico.

Pongo un ejemplo tremendamente descriptivo de esto: los músicos. Es conocido que la orquesta del buque, compuesta por cuatro músicos de cuerda (evidentemente, no pudieron sacar el piano a cubierta) tocaron hasta el mismo final, o casi. Hay un momento estremecedor, y no es (aunque también resulta de un pudor admirable) ese en el que tocan ‘Nearer, My God To Thee’ y el sonido ambiente desaparece para narrar con ese himno el caos en cubierta, sino justo después, cuando terminan de tocarlo y damos paso, de manera soberbia, al tercer acto del hundimiento. Sucede así: dejan de tocar, el agua llega casi hasta sus pies, y el líder de la banda se despide de sus compañeros y amigos mirando fijamente a la muerte. Y sientes, como espectador, cómo llega la muerte, implacable. En ese primer plano del violinista sabiendo que va a morir, que engancha a la perfección con ese otro plano de Fabrizio (quien, después de insultar al asesino de su amigo, se olvida de todo esto y también mirando a la muerte, al agua, le arrebata al cadáver el ensangrentado chaleco salvavidas…), se encuentra el corazón, el núcleo de la película. Todo ello sublimado por un equipo de especialistas, de extras, de directores de segunda unidad, verdaderamente portentoso, pues en los planos generales de caos y locura, todos ellos dificilísimos de hacer y aún más difíciles de hacer verosímiles, somos capaces de entender lo que tuvo que ser esa agonía.

Y en una concepción magistral de puesta en escena, esa despedida de los músicos es el principio del tercer acto del hundimiento, pues para Cameron, como para todo gran cineasta, es imperativo ordenar el espacio y el tiempo en un orden musical, casi operístico, y al primer acto de confusión y casi extraña placidez, le sobreviene un segundo de incertidumbre y relativo caos, para desembocar en un tercero de destrucción absoluta, de aplastamiento anímico definitivo, con el que Cameron cuenta, literamente, el fin del mundo, transformado el buque en una parábola del mundo real, con sus clases sociales y con su inminente colapso provocado por el más ciego de los cinismos. La cámara del cineasta lo captura todo con pudor y sin concesiones. Es una mirada dolorida y avergonzada la que Cameron despliega en los gigantescos planos generales, con el buque totalmente inclinado, con cientos de personas corriendo para salvar la vida. Unos deciden morir agarrados a una columna. Otros tomando un brandy. Otros rezando. Otros luchando. En algunos casos, deciden morir de forma muy distinta a como han decidido vivir. En otros, como Caledon Hockley, de la misma manera: pisando y maltratando a la gente (echando a la gente del bote para no hundirse él también). El capitán, en lugar de ayudar a sus hombres, en estado de shock, decide morir en el puente de mando, completamente abatido. Y así hay docenas de diferentes formas de vivir y morir que Cameron intenta evocar en toda su intensidad a lo largo de toda la película.

Claro que, siendo la protagonista Rose, es en su peripecia vital en la que con mayor empeño el cineasta se apoya para contextualizar su discurso. Interpretada por Kate Winslet, cosagrada ya como una de las mejores actrices de su generación, ‘Titanic’ es sobre todo el relato de la lucha de una mujer asombrosa que se enfrenta contra las normas sociales y la represión masculina, y que lo arriesga todo para vivir una vida plena y satisfactoria, más que una historia de amor sentimentalista. En comparación, el dibujo de Jack Dawson (aunque encarnado por DiCaprio en uno de los papeles más luminosos y vitalistas de su irregular carrera), es mucho menos interesante, erigiéndose en la figura idealizada de un bohemio irredento, un superviviente a partir de cuyo mandato (la promesa de que no importa lo desesperada que esté, tiene que seguir adelante) Rose puede luchar por sobrevivir a solas. Todo esto, ya digo, estaba en la película original pero ahora, con el 3D, parece renovado, impulsado de nuevo hacia el futuro, como si nunca la hubiéramos visto, devolviéndonos la emoción inicial, convocando a los espectadores de nuevo a las salas para revivir lo que fue este impacto en 1997.