Adoro provocar

Pues bien, ese es mi vicio. Me gusta provocar, adoro ese suplicio.

-Cyrano

Provocar es todo un arte. Requiere de una destreza y un valor muy considerables, y a mí, vete tú a saber por qué, se me da de puta madre. Pero antes de entrar en faena sigamos con los versos de Cyrano, que son una maravilla:

¿Qué quieres que haga? ¿Buscarme un protector, un amo tal vez?

¿Y, como hiedra oscura que sube la pared medrando, sibilina y con adulación?

¿Cambiar de camisa, para obtener posición?

No, gracias.

¿Dedicar, si llega el caso, versos a los banqueros?

¿Convertirme en payaso, adular con vileza los cuernos de un cabestro por temor a que me lance un gesto siniestro?

No gracias. 

¿Desayunar cada día un sapo? ¿Tener el vientre panzón?

¿Un papo que me llegue a las rodillas con dolencias pestilentes de tanto hacer reverencias?

No, gracias.

¿Adular el talento de los camelos? ¿Vivir atemorizado por infames libelos y repetir sin tregua: señores, soy un loro, quiero ver mi nombre escrito en letras de oro?

No, gracias.

¿Sentir terror a los anatemas, preferir las calumnias a los poemas?

¿Coleccionar medallas, urdir falacias?

No, gracias. No, gracias. No, gracias.

Pero cantar, soñar, reír, vivir, estar solo, ser libre, tener el ojo avizor, la voz…que vibre…, ponerme por sombrero el universo, por un sí o por un no…batirme, o hacer un verso.

Despreciar con valor la gloria y la fortuna. 

Viajar con la imaginación…a la luna. 

Sólo al que vale reconocer los méritos. 

No pagar jamás por favores pretéritos.

Renunciar para siempre a cadenas…y protocolo.

Posiblemente no volar muy alto…pero solo.

Bueno, ya he tenido mi orgasmo estético del día, gracias a ese palimpsesto genial que en su día se llevó a cabo con el texto de Edmond Rostand, y pronunciados por esa fuerza de la naturaleza llamada Gérard Depardieu. Sigamos. Hoy día a la gente no le gusta que la provoquen, aunque se haga de manera noble. Es decir, no hablamos, por supuesto, de provocar una pelea. Sino de provocar pensamientos “nuevos”. Pero estoy convencido, por mi propia experiencia de provocador nato, que la gran mayoría entrarían antes al trapo en una pelea a puñetazos que en una pelea verbal, en la que se exige un mínimo de ingenio. Y sospecho que esto es así porque todos (o casi todos) tienen puños, aunque no sepan usarlos, y pocos (o casi ninguno) posee ingenio.

Para mí, la razón fundamental de que muchos no acepten pensamientos nuevos es que se sienten intimidados, acomplejados o sufren grandes carencias de personalidad, y por eso responden con agresividad, como niños malcriados incapaces de sostener un argumento en contra. A mí, que me han llamado de todo simplemente por no pensar en ocasiones como lo hace la mayoría, me ha quedado bastante claro que todos esos que exigen para ellos la libertad de expresión la cual, precisamente, están negando ante alguien que expresa unas ideas, no merecen otra cosa que revolcarse con su propio cerebro agusanado. Porque de merecimientos hablamos, y como decía Cyrano, “sólo al que vale reconocer los méritos”. También se me “ha acusado” alguna que otra vez de fabricar argumentos para provocar polémica. Aún en el caso de que fuera cierto que los fabricara, los que así piensan no saben que las ideas más valiosas, los movimientos intelectuales más fructíferos, tuvieron lugar en la polémica. Pero en esta sociedad de podredumbre no puede uno esperar el mayor de los cumplidos: que le pregunten qué es lo que piensa y que aguarden la respuesta en silencio.

El ingenio es como una espada afilada, y el instinto también. En realidad la mente es la mejor y más fulgurante de las dagas, y sus tajos pueden herir de muerte a los pacatos que jamás leyeron diez páginas de verdadera literatura o diez minutos de verdadero cine. Si viviéramos en una sociedad civilizada, en lugar de en las alcantarillas en las que todos chapoteamos, la provocación, la buena, sería una actividad remunerada, porque “provocaría” una reacción, un movimiento, una curiosidad, y la curiosidad es lo que convierte a chavales con ínfulas en personas verdaderamente cultas. Y más lúcidas. Yo nunca he dicho algo que no pensara, sino que digo lo que pienso. Por ejemplo, si escribo lo siguiente, en letras más grandes, para llamar más la atención que:

Billy Wilder era un director brillante y un escritor magnífico que sin embargo fue un moralista recalcitrante y un falso creador de deleznables cuentos de hadas.

Si escribo esto es porque lo pienso verdaderamente. Y aún más:

John Ford era un poeta, pero también un artista incoherente que se contradecía continuamente en sus temas y en su forma de entender el cine.

Es porque también lo pienso. Y algunos dirán: te encanta llamar la atención criticando a vacas sagradas. Pero yo diré lo siguiente: estoy convencido de que conozco mucho mejor el cine de estos dos grandes directores que todos los que proclaman que cada mínima cosa que hicieron era una obra maestra. Porque como me gustan mucho soy capaz de decir las cosas como son, y no de escribir libros tan lamentables como ‘John Ford’ de Francisco Javier Urkijo (ed. Cátedra), en el que el autor, en un esfuerzo estéril, repite incansable que Ford fue perfeccionando su estilo y su técnica, sin explicar en qué cuestiones. Es decir, sin contextualizar sus ideas. Eso sí, tiene bien asimilados los “temas” de Ford. Y es que he descubierto que los críticos de pacotilla (la gran mayoría, lamentablemente) se creen muy inteligentes o muy profundos hablando de los temas obsesivos de un autor, cuando cualquier espectador puede hacerlo sin necesidad de leer sus magníficas explicaciones. Mucho más difícil es hablar del cómo, que del qué. Y por eso la gran mayoría de los críticos que se leen hoy día tendrían más éxito dedicándose a cualquier otra cosa.

También pienso que Hemingway era una mierda de escritor. Y que Aronofsky y Scott son dos infradotados para esto de hacer películas. El otro día dije que Aronofsky es un retrasado mental y hubo alguna reacción indignada al respecto. Evidentemente, no conozco al individuo en persona, y no me cabe duda de que es una persona muy inteligente (debe serlo, para haber estado liado con Rachel Weisz siendo un hombre tan feo), pero para el arte es un retrasado mental, tal como prueban sus películas, o sus abortos de películas. En su día escribí sobre esa chorrada suprema de ‘Cisne negro’ y muchos, en algunas páginas web, se encolerizaron ante un texto bastante contenido, teniendo en cuenta lo que pienso de directores como estos. Porque cada vez que un director con cierto poder o conocimientos técnicos se hace el artista (véase Ridley Scott) me dan ganas de vomitar. No me importa decir que les odio con toda mi alma, porque en su privilegiada situación, y gracias al aparato de marketing de la industria americana, acaparan una atención mediática que cientos de directores mucho más preparados y refinados que ellos merecerían y que nunca obtienen.

Pero a lo que íbamos: provocar no vale de nada si lo que uno dice al provocar no lo piensa y está convencido de ello. Porque se nota. Ahora bien, los pacatos, los mequetrefes, los tartufos, se escandalizan y se revuelcan en su mierda de ideas cada vez que erosionas su confianza en sí mismos, porque saben que no tienen nada que hacer ante alguien que cree en lo que dice.