¿Leo Messi o Cristiano Ronaldo?: Rafael Nadal

Ahora que por fin el Madrid ha sellado la liga a su favor y que parece prácticamente imposible (aunque, en el deporte, bien es sabido que todo puede suceder mientras haya probabilidades matemáticas) que el FC Barcelona le gane este año, muchos seguirán hablando de otras cuestiones que, para mí, carecen completamente de importancia, pero que divertidas, la verdad sea dicha, son bastante divertidas, o al menos te distraen bastante de problemas verdaderamente importantes que nos atañen a todos y de los que nos vemos continuamente desconcentrados con el aluvión de tonterías que nos ahogan por prensa, radio y televisión; la más grande de todas ellas: ¿quién es el mejor jugador del mundo? ¿Leo Messi o Cristiano Ronaldo? Una de esas discusiones de barra de bar con los amigotes, o dignas de un debate en un descanso del curro, por eso de no hablar de que los amos del mundo se están riendo de todos en nuestro careto, mientras agitan la Mentira Universal de la Crisis. Tiene su morbo, oye, mandar al carajo el futuro mientras perdemos el tiempo decidiendo si el genio al que parece que le faltan dos primaveras (aunque seguramente es muy inteligente) Messi o el Adonis poligonero y chuleta capaz de dejar helado al Nou Camp con un gol extraordinario son el más grande jugador de fútbol de la actualidad.

Es uno de mis pasatiempos favoritos desmontar frases mal construidas. Las mejores, las reiteraciones o las preguntas capciosas. “Voy a subir arriba”. “Para verlo tienes que salir afuera”. Como subir abajo o salir adentro sí que es imposible, porque podríamos explotar, esas frases son un disparate total, pero son ampliamente utilizadas por muchas personas. Y yo las oigo todos los días. La pregunta capciosa de los últimos meses es “¿Quien es el mejor jugador del mundo?”. El mejor jugador del mundo es Rafael Nadal. Pero como en este país de mierda solamente existe el fútbol, pues una pregunta como esa sólo puede tener una contestación futbolera. Debería ser “¿Quién es el mejor jugador de fútbol del mundo?”. O, mejor aún, “¿Quién es el mejor jugador del mundo de fútbol, ese deporte enfangado y corrupto hasta la médula?”. Pero antes de explicar por qué Nadal es el mejor jugador del mundo, voy a mojarme con el fútbol.

Yo prefiero a Cristiano antes que a Messi. Y voy a explicar muy brevemente por qué.

Messi, ese muchacho con cara de no haber roto un plato, que les hace unos rotos a los defensas adversarios ya sea a base de fenomenales pases o de regates o cabalgadas imposibles, ejemplifica a la perfección esa falsedad de base del espíritu blaugrana de esfuerzo, humildad y juego solidario. Messi es tan creído, ególatra, mezquino y violento como lo es Cristiano Ronaldo. Pero lo es a la chita callando, a lo hipócrita, a lo cool. Cristiano no. Cristiano no esconde nada. Es chulo, creído, egoísta, mezquino, despreciativo, y no lo esconde. Por otro lado, Messi es indeciblemente feo, antierótico, mientras que Ronaldo, aunque tiene un gusto para vestir y para peinarse verdaderamente lamentable, es un animal hermoso, sobre todo en la derrota, cuando es más humano. Y mete goles tan increíbles como los de Messi, como el de ayer noche, que le hizo pensar que podía, como un pequeño dios vestido de blanco, enfrentarse de modo no verbal a decenas de miles de barcelonistas que asistieron atónitos a la destrucción de su sueño de ganar la liga otra vez. Como un niño malcriado que jugara un partido de barrio, Ronaldo no se daba cuenta de que su imagen de imbécil trallado es idolatrada por millones de chiquillos de todo el mundo. Pero el fútbol es ya el pozo en el que se vierten todos los malos instintos, y sólo podemos quedarnos con una cosa, no por superficial menos placentera: que se mueran los feos.

Ahora bien, esta tarde se juega la final de Montecarlo, y volverá a estar allí Nadal. Y volveremos a sufrir viéndole enfrentarse a esa bestia parda llamada Novak Djokovic.

Ya que en España estamos atestados de canallas y cobardes, de ignorantes y de fanáticos, me parece absolutamente normal que se dedique mucho más fervor a dos individuos tan detestables como Leo Messi y Cristiano Ronaldo, por muy buenos jugadores de fútbol que puedan ser, antes que a un genio universal como es Rafael Nadal, quien, cuando se retire y mande al carajo todo para dedicarse a cualquier otra cosa, va a dejar en verdad huérfano a este país deleznable, que no se merece a un tipo como él.

Las buenas jugadas de Leo y de Cristiano, que de vez en cuando maravillan a propios y extraños en un campo de fútbol, me parecen pedestres en comparación con las numerosas hazañas físicas, mentales y de puro instinto que lleva a cabo el chaval de Manacor. Para muestra un botón:

La capacidad de trabajo y sacrificio, la pasión descomunal que este genio irrepetible otorga a su deporte, deja a los dos mentados futbolistas como simples brillantes mercenarios. Un tipo que ganó Roland Garros en su año de debut, un deportista que siempre es absolutamente respetuoso con todos sus compañeros y con el público, que nunca efectúa triquiñuelas psicológicas de taimado tahúr como sí hace Djokovic, que ha ganado siete años consecutivos en Montecarlo, y que en 2011 las pasó putas con el Nole maldito, pero que aún así está dispuesto a seguir intentándolo. Hoy, posiblemente, pierda de nuevo. O quizá no, quizá se saque la espinita clavada en seis finales de 2011. Eso no es lo importante. Lo importante es que seguirá luchando hasta volver a ganarle. Y que, si no le gana, lo aceptará con deportividad. Con ese orgullo retorcido que da la humildad. Algo de lo que por cierto carecen los seguidores del Madrid y del Barcelona (sobre todo, no me lo nieguen, los del Barcelona): terribles y fanáticos en la derrota, pero aún mucho más en la victoria, cuando se creen justificados para hacer y decir cualquier cosa.

En ese circuito titánico que es el del tenis mundial, sobre todo en la élite, hay mucha más belleza que en el campeonato nacional de liga. Sobre todo con un hombre tan formidable como Nadal dejándose la piel en cada maldito punto (acudiendo a la red a bolas a las que otros renuncian antes de empezar). Hoy, aunque pierda, algunos vibraremos delante de un televisor como no vibramos con los goles de Cristiano o de Messi.