La Fiera Literaria, dando mordiscos

Como me han parecido soberbios, audaces, transgresivos, salvajes (y muchos epítetos más) algunos textos de la mítica e imprescindible página La Fiera Literaria, los voy a poner aquí, íntegros, para que el lector de esta mi página también pueda disfrutar con ellos. Pocos grupos de intelectuales escriben mejor que estos, y pocas páginas actuales pueden jactarse de tener las ideas tan claras y de ser tan valientes en sus opiniones, fraguadas a base de criterio, amor por el arte, y absoluta convicción en lo que están diciendo:

Ideas sobre la literatura

En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista, y dotada —desde los dispositivos de la Institución literaria— con ese “aura” de excelencia que tiene la función de un valor añadido dentro de los circuitos de intercambio.

A esta situación responde la bagatela conformista que hace furor en los últimos años (esa literatura insulsa, apática, escrita por buenos chicos, complaciente con todo y con todos: una literatura sin esperanza). Pero también desde aquí cabe abogar a partir de ahora no exactamente por una literatura del afuera, como por la escritura misma en tanto afuera de la literatura. Es decir: una escritura que la Institución literaria tenga que expulsar de sí, igual que el organismo expulsa un cuerpo extraño.

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Lowry perseguía la iluminación.

Proust, la rama dorada del tiempo.

Dostoievsky consumió su vida en la defensa militante de una quimera absurda a la que él denominaba “el Cristo ruso”…

El Grial que persiguen los escritores de hoy puede nombrarse con sólo dos palabras: fama y dinero. Su deseo es un deseo cutre, de tonadillera o de paleto; y da la medida exacta de la riqueza y la profundidad de su experiencia, como también —sobra decirlo— de su lamentable catadura moral.

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Hoy la nómina de los escritores está compuesta mayoritariamente —y a partes iguales— por imbéciles y por canallas, sin que haya que excluir en absoluto que estas dos notas definitorias puedan darse a la vez en un mismo sujeto.

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La literatura, en sus momentos más afortunados, era un campo de expresión y de conocimiento de lo humano, así como una exploración de sus posibilidades y de sus modos de experiencia inéditos. Para que esto pueda ser así, obviamente, resulta imprescindible que haya una sociedad que lo necesite y lo reclame… Y estaría de más recordar que el capitalismo de guerra funciona precisamente sobre el trasfondo de la represión sistemática y el “docto” desconocimiento de lo humano (consumados por el discurso de la ciencia y la invasión totalitaria de los dispositivos de la “comunicación”), como también sobre el cierre programado de cualquier horizonte de posibilidad, y el control y la monitorización crecientes de las formas de la experiencia.

A fecha de hoy, pues, este panorama de pesadilla orwelliana se traduce en un estado de narcosis generalizada (apuntalado sobre lo que la psiquiatría de Janet denominaba un “descenso del nivel mental”); con lo cual todo llamamiento a la responsabilidad y la transformación por parte de la conciencia artística no puede sino hundirse en ese territorio profundamente gelatinoso de la opacidad social.

Esta sociedad, en suma, no es sólo que no necesite ni reclame el núcleo excesivo —pasional, crítico y/o utópico— que cierta literatura vehiculaba en el pasado, sino que se defiende positivamente de él, a través de la represión (en todos sus modos), la asimilación (cuando le es posible), la producción y difusión */masiva de falsificaciones y sucedáneos, la indiferencia y el silencio.

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El divorcio entre escritura y sensibilidad, escritura y experiencia, escritura y saber ha alcanzado tal grado de acuidad, que cuando los autores de hoy intentan escapar a la rúbrica del “entretenimiento” ponen en boca de sus narradores el tipo de sutilezas filosóficas que se puede leer/escuchar en los artículos de los dominicales, los programas de radio de medianoche, los magazines de divulgación científica o los telefilmes de corte dramático.

Ahora bien: denunciar esto es perfectamente inútil, puesto que no se trata tanto de que la Institución literaria no lo sepa como de que no lo quiere saber, o —lo que es lo mismo— de que es precisamente la legitimación a gran escala de esta impostura lo que avala su status de privilegio en la trama de la dominación.

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La estrategia más frecuente entre los intelectuales colaboracionistas consiste hoy en un mecanismo de defensa que Zizek, tras las huellas de Lacan, ha llamado “atenuación”. Se explica muy sencillamente: la atenuación se basa en constatar un hecho de la realidad, y acto seguido disociar esta misma constatación de cualquier posible consecuencia en el plano de la conducta práctica. Su fórmula sería: “Sé perfectamente que esto es así… (pero me sigo comportando del mismo modo que si no lo supiera en absoluto)”. Ni que decir tiene que no hay que apresurarse a asimilar la atenuación a las prolijas justificaciones del cobarde o al intrincado fariseísmo del trepa. La atenuación no se sitúa exactamente en el plano de la labilidad moral. Su dimensión propia es aún más profunda, pues con ella, con el acto de disociación que la funda —y en el que se evaden la culpa subjetiva y el displacer de la contradicción—, es el propio sujeto lo que resulta disociado, son en realidad áreas enteras de percepción y sensibilidad las que terminan secuestradas, devastadas, por esta forma tan contemporánea de la conciencia sierva.

Es la atenuación la que hace posible que en los últimos tiempos estemos escuchando a los escritores “de éxito” hablar contra la mercantilización de la literatura, o viendo cómo algunos escritores que se reclaman “de izquierdas” firman contratos —sin que se les mueva un músculo de la cara— con los más reputados “padrinos” del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición. Por efecto de la atenuación, la necesidad de ser consecuente se olvida, se forcluye; un corte, un hiato se desliza entre mi saber, por una parte, y mi coherencia y mi responsabilidad como sujeto por otra… con lo que quedo convertido —irremisiblemente— en rehén del Amo que desea por mí, en objeto entregado al deseo del Otro. Los traidores, los lacayos, los vendidos de siempre, son figuras casi entrañables puestos al lado de esta nueva inconsecuencia abismal, de esta denegación de todo efecto vinculado a lo Simbólico, de esta anulación/extinción de sí que tiene un pie hundido en el cinismo, y el otro pie en las puertas de la psicosis.

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Eso que amo apasionadamente en la literatura (es decir: lo que en la práctica institucionalizada de la escritura aún conseguía sobrevivir —contra viento y marea— de la poesía y del mito), ni tiene modo de alojarse ya en los recientes productos editoriales, ni puede articularse —de no ser como estorbo y anomalía— con las nuevas condiciones de producción y reproducción de lo social.

La literatura nació con el ascenso de la burguesía y morirá con ella, ahogada en una misma espiral de agotamiento, banalidad, zafiedad, delirio narcisista, indecencia y mentira.

La poesía y el mito, en cambio, son —mucho más allá de lo que nombraría la palabra “actividades”— modos de lo humano.

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La práctica consolidada por la burguesía del siglo XVII bajo el nombre de “Bellas Letras”, “Literatura”, etc., era ya una acomodación de la fecundidad poética y mítica (de la relación esencial de esta misma espontaneidad con el desbordamiento y el gasto) a las condiciones de producción intensiva, reglada, sometida a control, económica y acumulativa que el capitalismo en auge empezaba a proyectar sobre el conjunto de la existencia social. De ahí que a medio plazo comportara —bajo el nombre de “realismo”— la promoción al rango de paradigma de las formas de percepción y representación del mundo de los nuevos amos o, dicho de otra manera: una idealización de la sensibilidad que distingue a los funcionarios de abastos, los dentistas y los tenderos.

Esto hace que la muerte de la literatura —a la que estamos asistiendo en los últimos años— no sea sino el advenimiento final de un origen, la realización de una latencia; y tenga mucho menos de “traición” o “fracaso” que de consumación de un proyecto, a saber: el de la transformación de la poesía y el mito en un dispositivo de producción (asistido por las “técnicas” que le son propias), el de la expropiación de lo humano en cualquiera de sus formas de surgimiento, para su conversión en beneficio.

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La literatura, pues, se realiza hoy abiertamente como una instancia más del beneficio (y se dedica a apuntalar con todos los recursos a su alcance la preeminencia mítica del capital); con lo cual es este mismo cumplimiento de su proyecto histórico —el advenimiento de su verdad última—, lo que vuelve a dejar en franquía su núcleo “traumático”, excesivo, a-histórico (aquello que en la obra literaria era siempre más y otra cosa que “literatura”)… a condición de que la poesía y el mito no intenten realojarse en los salones de una casa en ruinas, a condición de que acierten a dotarse, por si mismos, de nuevos territorios y nuevas vías de realización.

Ángel Zapata


Por qué España no es una democracia

Por varias causas concatenadas  cuyos eslabones  históricos nos dan la perspectiva de la singularidad española en el contexto europeo.  Pero antes de sopesar la cadena que retiene a los españoles en la servidumbre voluntaria, conviene saber a qué nos referimos con la palabra democracia, un vocablo que tiene dos significados, dos dimensiones y dos valoraciones distintas.  La democracia política o formal y la democracia social o material. Aquella se define por la naturaleza no ideológica de las reglas de juego garantistas de la libertad política. Ésta, por la extensión del campo de aplicación de la igualdad social.

La democracia política puede ser definida científicamente por sus dos requisitos sine qua non: sistema representativo de la sociedad civil y separación en origen de los tres poderes estatales. El primero lo cumplen en Europa solamente Suiza, Francia y Gran Bretaña. El segundo, Suiza y a medias Francia, pues su  Gobierno presidencial, necesitado de la confianza de la Asamblea legislativa, no realiza la separación de poderes.

Acabadas las experiencias socialistas en Europa oriental, la democracia social ya no indica un Régimen de poder, ni un concepto definible, pues solamente designa la tendencia a la igualdad social como criterio legislativo. En oscilación pendular contra la tradición del Estado autoritario, España ha pasado a uno de los primeros lugares europeos en igualdad de derechos sociales, salvo los de propiedad y los económicos, uniendo así la mayor potencia política de la oligarquía financiera a la mayor demagogia en los partidos,  medios de comunicación y opinión. Por lo que aquí se dice, somos el pueblo más izquierdista de Europa. Por lo que se hace, el más derechista. Desde el punto de vista de la libertad política, que no tiene, somos el más reaccionario, es decir, el que menos la quiere tener. Y en lo referente a la honestidad pública, cuyo primer lugar corresponde a Suiza, España es la más corrupta.  Incluso más que Italia.

En España no hay democracia por una razón moderna y dos razones tradicionales. Lo moderno fue el pacto de la vieja oligarquía económica con la nueva oligarquía política, fraguada con el consenso entre dirigentes fascistas y jefes de partidos clandestinos, que impuso, a la muerte de Franco, una Constitución fraudulenta, elaborada en secreto, aprobada por una asamblea  legislativa sin poderes constituyentes y ratificada en un plebiscito (no referéndum electivo), para salvar en bloque a la Monarquía y a la clase política franquista, a cambio de olvidar el pasado, licenciar el presente y entregar el futuro a una sinarquía de partidos y sindicatos financiados por el erario público y convertidos en órganos del Estado.

Aquel consenso constitucional, aquella traición a la causa democrática de la oposición al Régimen franquista, apadrinada por Kissinger y financiada por la socialdemocracia alemana, repartió todos los poderes del Estado entre  partidos estatales, según la cuota  obtenida por cada uno, en  elecciones proporcionales de candidatos obedientes al mandado imperativo del jefe de partido que hace las listas. De este modo, el  ganador en las urnas reuniría en  sus manos el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial, sin posibilidad de control,  pues también tendría mayoría en las Comisiones del Parlamento. Estando prohibido en la Constitución el mandato imperativo, se creó un Tribunal Constitucional, también designado por los partidos,  para impedir que todas las leyes fueran declaradas  inconstitucionales por infringir esa prohibición. Y para completar el reparto de poder en el zafarrancho de las ambiciones, se  otorgó carta blanca a los nacionalismos periféricos, llamando nacionalidades a las regiones y equiparándolas  con un régimen general de Autonomías.  El reparto autonómico multiplicaría  por diecisiete el gasto público y las ocasiones de corrupción.

Este Régimen partidocrático tropezaba con la dificultad de ser homologable con la Europa de los Seis, donde solo contaba con el beneplácito de Alemania. La Francia de Mitterrand despreciaba la reciente partidocracia española. Italia no la deseaba como rival mediterráneo. Y para que aquí no hubiera democracia vino en su auxilio la primera razón tradicional. El sacrificio de los ideales políticos a los intereses económicos. España aceptó su ingreso en la Comunidad Europea a cambio de verse reducida a un país de servicios, a un mercado para la industria alemana y la explotación de patentes y franquicias europeas, con una agricultura y ganadería  subvencionadas en función de las necesidades francesas e italianas.

La segunda razón tradicional de que no tengamos  democracia es la  razón cultural de la brevedad de la II República y la duración de la dictadura más allá de la generación vencida. El Renacimiento español, sin la potencia del italiano, el holandés o el inglés, no propició la recepción de la Reforma y acentuó el absolutismo de la Iglesia. La Ilustración española fue ridícula, comparada  con la francesa, la escocesa, la alemana y la napolitana.  La guerra de Independencia rechazó el afrancesamiento, la cultura ilustrada y la Revolución. La ausencia de industrialización trajo la sindicación anarquista y el desprecio a la investigación. La pequeña burguesía se asimiló a la clase obrera. La  grande, a la aristocracia. La profesional a  un modo decoroso de vivir sin pensamiento propio. La vida pública a un modo deshonesto de vivir sin libertad. Ante la quiebra financiera de la corrupta Monarquía de los Partidos, la desarrollada sociedad civil tiene condiciones objetivas para emprender la Revolución republicana de la libertad, si la parte más consciente de la sociedad le aporta las condiciones subjetivas.

Antonio García Trevijano

El diálogo de las culturas

La historia y la observación del presente nos ofrecen el rudo espectáculo del choque y del conflicto de las culturas. Muy de vez en cuando surge la visión del diálogo de las culturas. Ahora bien, el único futuro amable es el que discurre a través de este diálogo. Los demás futuros no son amables. De ahí la importancia de reflexionar acerca de los términos de este diálogo. Porque no se trata de una conversación distendida en tomo a una mesa o paseando bajo los pórticos de un ágora. El diálogo de las culturas pasa necesariamente por el conflicto. La diversidad es su caldo de cultivo, y la diversidad no se deja reducir fácilmente. Hay que mirarla frente a frente, sin temor y sin prejuicios, y si en algún extremo se revela irreductible, sépase aceptar que hay que contar con ella. Mejor conflicto abierto que guerra latente.

El trasvase de individuos de una cultura a otra es un hecho indiferente para el diálogo. Responde a un simple derecho humano, pero de suyo no contribuye al diálogo, y si viene organizado de forma masiva puede obstaculizarlo seriamente. La labor de las misiones cristianas en regiones de gran tradición cultural debe ser enjuiciada de acuerdo con este criterio.

La recta comprensión de lo ineludible del conflicto en la perspectiva del diálogo intelectual viene viciada por la interposición de un mito ideológico de origen occidental: el igualitarismo. El igualitarismo surge como una corrupción

“en el mejor de los casos como una simple banalización, como cuando las utopías quinquenales pretenden aplicarlo al régimen cotidiano de las instituciones basadas precisamente en la desigualdad específica de sus componentes, como los hospitales, los clubs deportivos o las universidades.”

de uno de los grandes principios que rigen la convivencia de los individuos en la sociedad, la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Este principio no tolera excepciones, pues la igualdad es un concepto que no admite grados: no se puede ser más o menos igual. De ahí la inadecuación de la extensión de la igualdad a otros ámbitos de las relaciones humanas, tales como la economía o la cultura, en los que la diversidad es ley insoslayable.

Occidente es palabra ambigua, excepto en el ámbito militar. Oriente es ambiguo en todos los ámbitos. Para comenzar, se trata de términos relativos: dependen de la posición geográfica relativa del grupo que impone el lenguaje. En la zona templada que va desde el Atlántico hasta el Mar de la China ha acabado instaurándose una semántica común que divide a la población en orientales y occidentales, sobre la base de un principio delimitador no territorial, sino cultural: el islam. La pertenencia al islam separa Oriente de Occidente en su punto de contacto. Más allá de este punto de contacto, las denominaciones se mantienen por aproximación y economía terminológica.

De esta manera, Israel y Australia son occidentales, mientras Marruecos y Azerbayán son orientales. Toda América pertenece al ámbito occidental. Africa queda fuera de este juego. Las naciones eslavas, por su parte, no son orientales, , sino, simplemente, del Este.

El concepto de Oriente requiere una subdivisión en el espacio, so pena de inoperatividad. Se suele así hablar de Oriente Próximo, Oriente Medio y Lejano Oriente, denomianciones tanto más imprecisas cuanto más alejadas del centro creador de este lenguaje.

Por su parte, el concepto de Occidente exige una delimitación de significados que remite, en última instancia, a una demarcación temporal. Hasta la Revolución Francesa, los conceptos de Occidente y de Cristiandad cubrían el mismo campo de significado, hasta el punto de que el primero apenas se utilizaba: frente al Islam (Oriente) se levantaba la Cristiandad (Occidente). A partir de principios del siglo XIX se fueron instaurando en Europa y en las Américas Estados de constitución laica inspirados en parte en las ideas políticas de la antigüedad griega y romana, en parte en las nueva ideas del liberalismo y depués del socialismo. En la actualidad no se puede decir en manera alguna que los grandes principios inspiradores de la vida pública de Occidente provengan del cristianismo. Bien al contrario. Las libertades individuales que constituyen la base de la actual convivencia democrática fueron en su momento negadas y combatidas por el cristianismo europeo, tanto católico como protestante. Así pues, en la actualidad es completamente equívoca una expresión como «Occidente cristiano».

Ahora bien, en el otro lado las cosas no han evolucionado de la misma manera. El Oriente (Próximo y Medio) no se ha desvinculado del Islam, a pesar de la aparición de movimientos políticos tímidamente laicistas. Y en los últimos anos, la definición islámica de las sociedades próximo y medio orientales se ha robustecido y se ha radicalizado. Oriente sigue siendo el Islam mientras Occidente ha dejado de ser la Cristiandad. Sin embargo, persiste la antigua ecuación. aducida sin asomo de duda por los Olientales e incautamente aceptada en ocasiones por la opinión occidental.

Durante la reciente guerra del Golfo. muchos observadores que se preciaban de leídos publicaron sabios análisis comparativos del Islam y del cristianismo, como si el juego anduviera realmente entre estos dos agentes.

CONTENIDOS CONCEPTUALES

Desbrozado ya el campo de los significados lingüísticos, pasemos al de los contenidos conceptuales. El tratamiento que les daré será desigual en intensidad, pues mis conocimientos de la cultura occidental son mucho más sólidos que mis conocimientos de la cultura oriental, que bastarán, sin embargo, para discernir las diferencias.

Hay dos ámbitos del conocimiento en los que la cultura occidental se diferencia cualitativa y cuantitativamente de todas las demás culturas de la franja templada: la ciencia y la teoría política.
Muchas civilizaciones antes de los griegos poseyeron conocimientos físicos, astronómicos, botánicos, químicos y matemáticos, entre otros. Los egipcios sabían realizar muchos cálculos matemáticos; los sumerios acumularon gran cantidad de observaciones astronómicas; los hindúes crearon una completa teoría lingüística; los chinos aplicaron una amplia gama de conocimientos tecnológicos. Pero la ciencia no consiste en una mera acumulación de conocimientos, y menos todavía en la posesión de técnicas para el manejo de los objetos. La ciencia es esencialmente un conocimiento sistemático de la realidad, conocimiento contrastado o contrastable con los hechos observados o experimentados. Las sucesivas precisiones que se han ido haciendo sobre el concepto de ciencia no alteran este significado esencial.

El sistema en el que debe expresarse todo conocimiento científico implica el establecimiento y el uso anterior de un pre-sistema de meta-conceptos lógicos y lingüísticos. Esta fue, según consta históricamente, la parte más ardua de la reflexión científica griega. Los primeros conatos de explicación de los fenómenos físicos por causas racionales surgieron a principios del siglo IV a C., pero el armazón lógico y lingüítico que debía sustentar estas investigaciones no fue puesto a punto hasta principios del siglo IV. La tremenda dificultad de este parto está perfectamente documentada en los escritos de Platón. La mitad de ellos son todavía «presocráticos», es decir, no conocen todavía el método de la sistematización científica; la otra mitad pertenecen de lleno a la historia de la ciencia occidental, que nació de golpe cuando el genial ateniense cayó en la cuenta de que el problema no consistía en relacionar las cosas con las ideas, sino en relacionar las ideas entre sí. A partir de este instrumental lógico los griegos crearon tres grandes ciencias que siguen asentadas en las bases que ellos pusieron: la geometría, la astronomía y la acústica. Los griegos sacaron a las matemáticas de la situación de mero instrumento de la técnica en que se hallaban y las convirtieron en la mismísima sustancia de la cultura occidental.

Pues bien, no hay rastro de este tipo de proceso intelectual en las actividades del Próximo Oriente.

En la India, las escuelas de Nyanya y de la Vaishesika crearon un sistema lógico muy completo, susceptible de ser aplicado a las ciencias observacionales. Pero fue utilizado sólo en la lingüística y en la teología. No fue aplicado ni a las matemáticas (a pesar de la extraordinaria invención del cero) ni a la astronomía, conocimientos que siguieron siendo cultivados a nivel empírico.

Más todavía. La posesión del instrumental lógico sistematizado facultó a los griegos para la explotación en provecho propio de los tesoros de observaciones empíricas acumulados en Egipto y en Mesopotamia. Este hecho fue particularmente relevante en astronomía y en medicina. Por otra parte, todos los pueblos de Oriente Próximo, hasta los confines de la India, recibieron y adoptaron los conocimientos teóricos y científicos de los griegos, dando lugar a importantes corrientes de progreso. El caso más notable es el de los matemáticos árabes medievales.

La ciencia teórica griega sufrió dos sucesivas olas de oscurantismo. La primera tuvo lugar durante el período helenístico-romano. El pensamiento griego se inclinó hacia la especulación metafísico-religiosa, abandonando la filosofía de la ciencia. Esta siguió medrando, pero, desconectada de su raíz teórica, volvió a dispersarse en la empeiría. La segunda ola fue la implantación de la religiosidad semítica del cristianismo en toda la cuenca mediterránea, que acabó de liquidar lo poco que quedaba del humanismo racionalista griego. No sobrevivieron más que algunos manuscritos.

Parte de los manuscritos griegos se salvaron en la corte bizantina, cuyos inquilinos mantuvieron siempre algunas estancias fuera del alcance de los monjes incendiarios. Otra parte fue traducida al siríaco, de aquí al árabe y del árabe al latín Caveces por el intermediario judío que traducía del árabe al castellano).

Las ciudades griegas, a partir del siglo VII a C., crearon el sistema de convivencia social que recibió primero el nombre de «ciudad» y después el de «Estado». La ciudad se basaba en leyes escritas, frente a las cuales todos los ciudadanos gozaban de igualdad de derechos. Esta situación era compatible con diversos sistemas de gobierno, aunque fue la democracia la que creó la teoría política más coherente y completa. La ciudad eliminó casi por completo las normas basadas en la tradición religiosa, relegando el sacerdocio a funciones casi puramente cultuales. La igualdad de los ciudadanos ante la ley y la electividad de los cargos públicos fueron los dos pilares del sistema político de la racionalidad griega. Después del naufragio bimilenario, Occidente recuperó estas dos condiciones esenciales de la convivencia social.

Ningún pueblo del Oriente se rigió por sistemas políticos racionales. En todos los lugares persistieron (y persisten) profundas divisiones sociales (raciales, religiosas, tribales …) en las que se basaron los sistemas políticos.

La existencia de códigos escritos (Harnmurabi, Torah…) es un hecho, ciertamente progresivo, que debe diferenciarse del principio de la igualdad de los ciudadanos ante una ley humana y modificable.

Durante el primer milenio a C. existieron en el valle del Ganges ciudades-estado que gozaron de un notable grado de libertades individuales. No se creó, sin embargo -o no ha llegado hasta nosotros-, una teoría política concomitante, y aquellas pequeñas repúblicas fueron absorbidas por los imperios subsiguientes.

Estos dos factores -el científico y el político- son los dos únicos trazos diferenciales totales entre Occidente y Oriente. Ni en religión, ni en arte, ni en filosofía, ni en ética, ni en ningún otro ámbito cultural o humano son detectables diferencias que agrupen a Oriente y Occidente como dos todos frente a frente. En cada uno de estos campos Oriente y Occidente pueden aducir logros y carencias que equilibran los logros y carencias del otro lado. Sólo en ciencia y en política se da la circunstancia diferencial absoluta: Occidente posee como propio lo que Oriente no posee o posee de prestado. Esta constatación libera a la reflexión comparatista de su más difícil escollo: el cotejo de creaciones culturales. Aquí no hay nada que cotejar, pues ninguna civilización oriental presenta un sistema teórico de la ciencia ni un sistema teórico de la democracia.

APLICACION DE LOS VALORES

Resta la parte más vidriosa del argumento: la aplicación de valores.

En modo alguno procederé por medio de la justificación de un sistema de valores con pretensiones de objetividad. El pensamiento occidental hace tiempo que ha abandonado las axiologías absolutas. Quedan, sin embargo, las axiologías relativas, aquéllas que la sociología y la etología buscan en las conductas de los individuos en la sociedad. Hay cosas -objetos, situaciones, principios- a los que un cierto número de ciudadanos atribuye valor. El ingrediente cuantitativo es aquí importante, aunque su expresión sea sólo aproximada y estadística. Cabe preguntarse, pues, si aquellos elementos diferenciadores que hemos establecido son susceptibles de recibir un valor relativo por vía de consenso social. Examinaré únicamente el conocimiento científico, pues la teoría política de la democracia requeriría una argumentación mucho más compleja que la que puedo abordar en estas páginas.

¿Hay consenso universal respecto al valor de la ciencia occidental? La respuesta se limita por el momento a la ciencia. Más adelante se extenderá a la tecnología.

La respuesta es obviamente afirmativa. No hay en la actualidad raza, nación, país ni sociedad alguna que no luche arduamente por adquirir la mayor cantidad posible de conocimientos científicos. No hay oposición ni polémica alguna -mayoritarias- contra la ciencia. No hay tampoco alternativa alguna: ningún grupo humano ha propuesto una constelación científica para sustituir a la occidental. Ninguna creación del espíritu humano ha tenido una aceptación incondicional como la de la ciencia occidental: ni la religión, ni el arte, ni la escritura, ni el urbanismo … La ciencia es el más alto de los valores relativos del mundo actual.

En los reducidos círculos donde se cultiva el trascendentismo filosófico o religioso -de raigambre occidental u oriental- suele medrar una visión totalmente negativa de la ciencia. La ciencia sería instrínsecamente perversa; conduciría al hombre a la negación de sus valores esenciales; imposibilitaría la convivencia humana; implicaría un desarrollo tecnológico deletéreo para la humanidad. Esta actitud sólo puede justificarse partiendo del establecimiento de valores absolutos ante los cuales la razón humana debe plegarse sin crítica alguna: Dios, el Trascendente, el alma inmortal, las realidades espirituales… Ya he observado que no hay valores absolutos. La dogmática trascendentista declara erróneo el aprecio que la inmensa mayoría de los hombres profesa a la ciencia, y propone como alternativa un sistema de creencias gratuito, infundamentado y heterogéneo.

Conviene observar que la mayoría de corrientes del espiritualismo dogmático actual no es en absoluto opuesta al progreso científico. Es decir, no ve contradicción entre sus valores v los principios científicos.

¿Cuál es el contenido de la ciencia que le ha valido este plebiscito universal? Contestaré a este interrogante proponiendo una hipótesis para proceder después a su contrastación sociológica intuitiva.

La ciencia occidental ha constituido la condición insustituible para la eliminación del dolor físico humano. El dolor humano tiene tres modalidades principales: el hambre, la enfermedad, la intemperie. La ciencia occidental ha permitido crear los instrumentos tecnológicos para paliar o erradicar todas estas variedades del dolor. Sirva como único ejemplo la erradicación de la viruela gracias a la medicina occidental. Ningún otro sistema de conocimientos puede pretender estos resultados.

Ahora bien, si hay un tipo de mal que puede merecer el calificativo de absoluto, éste es precisamente el dolor. El dolor no tiene ninguna dimensión positiva: es el mal por antonomasia. El lenguaje corriente identifica dolor y mal. Pues bien, si el mal puede ser tildado de valor negativo absoluto, aquel agente que elimine el mal podrá optar, en el grado de su eficacia, al escurridizo valor de «bien». Para aquéllos que consideran, pues, que el dolor es el mal absoluto, la ciencia es un bien próximo a la absolutez.

El trascendentismo dogmático -tanto el anticientífico como el que no lo es- suele ostentar una notable indiferencia ante el dolor físico humano. Llega a otorgarle valores (dentro de su gama, naturalmente), que no residen en la actitud del que sufre (obviamente susceptible de valoración ética), sino en el dolor en sí mismo, que puede convertirse en instrumento divino para el bien de los seres humanos. Frente a esta inhumana visión de la religión puede levantarse el argumento de Aliosha: ¿Qué valor puede revestir el sufrimiento de un niño? Mi definición del valor de la ciencia, queda, pues, frente a la crueldad trascendentista, formulada de este modo: capacidad de eliminación del sufrimiento de los niños.

¿Tendré ahora que desgañitarme para demostrar que la humanidad en su inmensa mayoría rehuye el dolor (por lo menos, el de los niños)? Creo que no hace falta, y puedo pasar a razonar que este rechazo del dolor implica la aceptación de los medios que lo eliminan, entre los cuales tiene un lugar principal la tecnología dependiente de la ciencia occidental.

Objetan: la ciencia y la tecnología han conducido a la fabricación de armas de destrucción masiva, y a un consumo que amenaza con destruir la vida humana.
Respuesta 1: aun así sirven para eliminar el dolor de los niños.
Respuesta 2: la ciencia en sí misma es indiferente; si le otorgamos un valor es en relación con sus usos buenos. Es propio de la mentalidad dogmática sostener el valor absoluto (positivo o negativo) de una realidad.
Respuesta 3, en forma de pregunta: ¿En su eliminación de la tecnología procederían a eliminar los arneses de los caballos? Fueron un adelanto tecnológico de la Edad Media.

He intentado trazar la imagen de un voluminoso hecho diferenciador    entre Oriente y Occidente. He calificado, con argumentos objetivos, este hecho, de valor
relativo reconocido por toda la humanidad, y por ende por los orientales. Henos aquí ante una constatación crucial: Occidente posee como propio un valor reconocido como tal por la inmensa mayoría de Oriente. ¿Se da la situación complementaria? ¿Posee Oriente un valor reconocido como tal por la inmensa mayoría de Occidente? Por mi parte, desconozco la existencia de este valor. En consecuencia, concluyamos que, en un aspecto sustancial de la vida humana, la relación entre Oriente y Occidente es asimétrica, hallándose Oriente en la situación de receptor puro.

He tenido que esforzarme por desarrollar y mostrar cosas que una mirada simple consideraría obvias y banales. En realidad, lo son para los que no miran a la realidad a través de los anteojos de sus prejuicios, ancestrales o recientes. El peso de la asimetría que he señalado se halla, explícito o implícito, en todas las relaciones entre orientales y occidentales. Si este valor de fuerza es relegado al subconsciente, generará actitudes tales como odio, envidia, condescendencia, desprecio … Si se lo deja aflorar y se lo mira cara a cara, el diálogo podrá fluir, y a la postre se desvelará la realidad que hay detrás de tanta historia: que la ciencia y la razón no tienen más patria que la humanidad.

J. Montserrat Torrents