Glenn Gould, el más grande pianista del siglo XX

Y no lo digo solamente yo, lo dicen muchos expertos en música (y yo no soy un experto, aunque nada me gusta más que la música) y muchos grandes pianistas que alcanzaron su cenit el siglo pasado y que aún viven bajo la sombra de este monstruo incomparable. Y es incomparable porque Glenn Gould (1932-1982) fue artista a la vez que erudito, filósofo al mismo tiempo que irreverente intelectual, y en su búsqueda de la obra de arte perfecta, él se convirtió en la obra de arte más inextricable. Desde que deslumbrara a un puñado de privilegiados con su interpretación del ‘Concierto para piano nº 4’ de Beethoven hasta que realizara su segunda grabación de las ‘Variaciones Goldberg’ de Bach en 1981, ningún otro pianista inyectó en todos y cada uno de sus conciertos y grabaciones semejante energía y vitalidad, semejante belleza y comunión con los artistas del pasado. Gould fue un genio que vivió en otro mundo, en otro cosmos: el del sonido como fuente de toda verdad y hasta de la existencia, como origen y explicación de todo, como forma de vida y de autoconocimiento.

En mi opinión, la privilegiada mente de Gould hay que ponerla a la altura de la de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Andrei Tarkovski o Vittore Carpaccio. Porque su misión de creador de sonidos se erige, sin lugar a dudas, y a través de su diabólica destreza, no ya en una obra fuera de sí mismo, sino en una estructura de su pensamiento. Hasta el punto de que en ocasiones era él, al piano, el que dirigía con su incontenible personalidad a toda la orquesta, en lugar de hacerlo el director, convertido en mero comparsa del espectáculo. Pero se retiró de los escenarios cuando era una renombrada figura internacional, a los 32 años (una edad muy corta), convencido de que era mucho más interesante experimentar en salas de grabación, y fue uno de los primeros en explorar las posibilidades de la tecnología digital.

Su ortodoxo repertorio (sobre todo Bach y Rachmaninov, nunca Chopin, pero sí Schoenberg y William Byrd), su extraña forma de tocar (con la nariz a ras del teclado, muchas veces tarareando para desesperación de sus técnicos de su sonido, anclado a su legendaria silla de niño pequeño, sin casi asiento, debido a un accidente de pequeño que le impedía mantener la espalda recta cuando estaba sentado), su excéntrica vestimenta (siempre aparecía con gorro, abrigo, mitones, bufanda), su aspecto de estrella del rock metido a música culta (luego traicionado por su pronta calvicie y su necesidad de llevar grandes gafas de pasta), la velocidad de sus manos al teclado y de sus palabras al hablar o escribir (escribió numerosas reseñas y críticas, muchas veces valiéndose de ingeniosos alter-ego). Todo ello viste a la figura del genio, pero no lo explica. Lo introduce, pero no lo muestra. Añado a continuación un interesante documental y la segunda grabación de las Variaciones Goldberg, para muchos la más mítica pieza de arte musical del siglo XX:

‘The Madness of Genius Glenn Gould’

Las ‘Variaciones Goldberg’ de 1981:

Gould vivió cincuenta años que valieron por varios siglos. Su mente se apagó por un infarto cerebral. Quizá era demasiado enorme para ser contenida en un cerebro humano.