Sobre ‘Están vivos’ y la sana paranoia

La cuestión no es si estás paranoico. La cuestión es si estás lo bastante paranoico…
– Max Peltier (Tom Sizemore en ‘Días extraños’ – ‘Strange Days’, Kathryn Bigelow, 1995)
Cada vez lo tengo más claro en un par de cosas elementales. En otras no, claro. En otras estoy más perdido que un pingüino en un garaje. Pero esto de observar y luego darle al coco (el que sepa observar y el que tenga coco, con lo que me temo que la mayoría no va a poder, o no va a querer) es lo que tiene: uno va despertando. Al hilo de lo que proclama el inefable Max Peltier en la tremebunda (irregular, desequilibrada, enfática, pero muy poderosa) ‘Días extraños’, escrita por James Cameron y dirigida por su ya ex-mujer en aquel entonces Kathryn Bigelow, y tirando aún más del hilo y yéndonos a los clásicos, en cuyas obras subyace la inequívoca idea de que el loco es el único cuerdo, y de que todos los cuerdos están pirados, en realidad la cosa es sumamente sencilla: todo es mentira. Y resulta que los artistas, los verdaderos, los que hablan de otro mundo u otros mundos (esos artistas de salón que hablan de este mundo para que nos reconciliemos con él y, de paso, nos traicionemos una vez más, no me interesan para nada, y cada vez me interesan menos) saben cosas. Nadie se las ha enseñado, pero las saben. Debe ser una intuición, una conexión espiritual, o vete tú a saber qué demonios será, pero son capaces de penetrar en la mentira que es este mundo y demostrarnos, a susurros, como en los sueños, que hay otras cosas ahí, aunque a simple vista no se vean.
Los hay que lo intentan, joder. Hablan de paranoias tales como que los artefactos que utilizamos todos los días están diseñados para estropearse. Que estamos vigilados por un Gran Hermano. O, incluso, que esta crisis es una mentira para disfrazar un nuevo Orden Mundial.
Yo iría mucho más allá.
Si el ser humano ha sido capaz de prodigios tales como convertirse en la raza dominante de este desgraciado Planeta Tierra cuando durante varios años su progenie es totalmente dependiente de la madre y es incapaz de sobrevivir por sí sola (mientras que otras razas echan a correr y a luchar por su vida nada más nacer), como construir artefactos con los que poder volar a la velocidad del sonido, de llegar a otros planetas, de trasplantes de corazón y hasta de esclavizar a los suyos a base de fanatismos durante milenios, yo creo que es capaz de muchas más cosas, y de que ya las está llevando a la práctica. Por eso cuando hay un terremoto en Haití que justamente (lo que son las cosas…) convierte en escombros los barrios pobres mientras que las casas de los ricos no sufren ni un rasguño a pesar de que el seísmo llega casi hasta sus puertas, sé que es muy posible que esté controlado. Por eso cuando se produce un cataclismo en la costa de Japón que pone al país de rodillas y a punto está de convertir Tokyo en un inmenso refugio nuclear, sé de sobra que esto está controlado, producido, proyectado por otros seres humanos. Soy así de paranoico. Sé perfectamente que las tormentas que asolan los territorios que menos acondicionados están para ellas, y que las sequías que tienen lugar en los sitios en los que más agua se necesita, no son casualidad.
Lo sé yo, y lo sabe John Carpenter, el grande. Porque es un gran artista, esto es, un profeta. Películas suyas como ‘Están vivos’ (‘They Live’, 1988), sobre la que ya he escrito bastante y volveré a escribir, yo las venero no solamente porque sean gran cine, que lo son, sino por que además hablan de los temas que a mí más me interesan. El que no la haya visto y esté leyendo estás líneas que se la apunte en su cuaderno de obligatorias y que la subraye bien fuerte, porque tiene que verla antes de morir. No solamente es un divertimento insuperable, es un puñetazo de verdad, una de esas metáforas que, mientras se ven, uno tiene la escalofriante sospecha de que lo que te cuenta puede ser muy cierto, y que el ser humano es un cordero, y que hay que despertar de una puta vez, antes de que sea tarde, o quizá porque ya es demasiado tarde. Que somos como niños jugando en la inmensa guardería que es el mundo aparente, y que en sus orillas se encuentra la jodida, la terrible, la estremecedora verdad (porque la verdad nunca es pura ni simple, como dijera Oscar Wilde, otro grande). Que la realidad no es más que un tapiz mugriento, y que al rascarlo, aunque ello conlleve grandes sacrificios, se encuentran los colores y las formas de un terror que no tiene forma. Poe, Lovecraft, Wilde, Hesse, Nietzsche y otros genios ya lo vieron y nos lo avisaron. Y Carpenter toma el relevo de todos ellos, y en un ejercicio disfrazado de película menor (ojalá todas las películas menores echas con cuatro cuartos fueran como esta) dice lo que el cine debería decir siempre: mira.
Yo tenía un sueño recurrente hace un tiempo, que parece haberse disipado, porque no he vuelto a experimentarlo. Soñaba que me encontraba sólo en un ascensor, pulsaba un botón para ir hasta el piso x, y el trasto subía y subía, se pasaba el piso al que yo aparentemente quería ir, aceleraba, me entraba el pánico porque pensaba, muy lógicamente (…), que terminaría saliendo disparado por el techo del edificio, y llegaría hasta el cielo vertiginosamente. No termino de decidir si era un sueño angustioso o liberador. Ahora tengo otro sueño recurrente. Que no estamos solos. O que llegan a la Tierra alienígenas que nos dan una buena hondonada de hostias. Suelen tener forma reptilesca, como en los fenomenales libros de Richard Corben, y nos esclavizan y hacen del mundo su hogar. No creo ser el único que sueñe cosas parecidas. Y tampoco creo en las casualidades. En la película de Carpenter, un hombre común, un pringado vagabundo (que, para colmo, se llama Nada…), accede por azar a unas gafas de sol que le muestran una escalofriante realidad: que estamos rodeados, que muchos que parecen seres humanos no lo son (casualmente, los más poderosos o los que tienen más éxito), y que la publicidad que nos rodea camufla mensajes subliminales de obediencia y sumisión. Hay un plano que me vuelve loco: Nada se pone las gafas y mira hacia la mano que sostiene el dinero, y el billete lleva impresa la frase “este es tu Dios”.
Y ahora me voy a hacer un rato el crítico de cine. La película es soberbia. Escrita y dirigida por Carpenter después de varios fracasos económicos consecutivos, la hizo con unos exiguos tres millones y medio de dólares, pero con toneladas de imaginación. Pienso que podría ser su joya más imperecedera. La que con menos consigue más. Nunca será nombrada entre las, por ejemplo, más brillantes películas norteamericanas de los ochenta, pero a mí sí me parece excelente. Por la pericia narrativa de Carpenter (quien con mano maestra nos cuenta las cosas serenamente, sin prisas, atrapándonos y cautivándonos, creyendo ciegamente en su historia), por su impecable planificación visual y montaje, por la ejemplar dirección de actores (todos ellos, aún los más desconocidos, principalmente el absurdamente ninguneado Roddy Piper, que está perfecto), por su ritmazo impresionante (ayudado por la música también compuesta por Carpenter), por sus golpes de humor maravillosos (sobre todo en esa pelea, dicen que la más larga de la historia del cine, entre los dos amigos), por la increíble atmósfera de suspense y sci-fi que levanta ante nuestros ojos con una facilidad pasmosa. En suma, por ser una película magnífica en todos sus aspectos que confirma al bueno de Carpenter (que lleva veinte años muriéndose del mismo cáncer) como uno de los grandes:
P.S. : Está enterita en Youtube. De hecho, este clip que pongo es la cuarta parte y el lector puede acceder a todas las partes de forma gratuita. ¡Así que no hay excusa!