‘Centauros del desierto’, el vengador errante (II)

Profanaciones

Del primer bloque pasamos al segundo, y sin demasiado tiempo para recuperar el resuello. Otra soberbia composición espacial: el entierro de la familia muerta, con las tumbas en segundo término arriba del todo de la colina, algunos asistentes en primero, y las montañas en tercero. El funeral se ve interrumpido por un furioso Ethan, que no tiene tiempo que perder: “¡Acaba de una vez! ¡No hay tiempo para plegarias, Amén!”. Será la primera de las varias profanaciones que cometerá este ser abyecto. Si antes se limitaba a ocultar crímenes, o le regalaba su sable a su sobrino para luego seguir reclamando su propiedad, ahora llega mucho más allá. No habrá ritual social o litúrgico que Ethan se prive de pisotear y de violentar.
Así, los rangers parten de nuevo, esta vez en misión de rescate de las dos niñas, Lucy y Debbie, secuestradas por los indios y en principio todavía vivas. Pronto encuentran la tumba de un comanche, a quien posiblemente Aaron hirió de muerte antes de caer (al actor semienterrado se le ve respirar por un momento, detalle simpático). Esta secuencia es perturbadora: Brad (Harry Carey Jr., hijo de Harry Carey, un gran amigo, por entonces ya fallecido, de Ford) no puede reprimirse, agarra una enorme roca, y golpea con ella (en off) al cadáver, para consternación de todos. Sin embargo, Ethan, que siempre ha de tener la última palabra, llega mucho más lejos. Desenfunda y dispara a los ojos del muerto. Ante la pregunta de Clayton: “¿De qué te vale eso?”, Ethan vuelve a demostrar su profundo conocimiento de la cultura y las creencias comanches: “Según su credo de nada. Pero según la creencia comanche, sin ojos no puede entrar en la tierra de sus espíritus, deberá vagar eternamente entre los vientos”. Huelga decir que semejante atrocidad pone los pelos de punta, sobre todo porque Ethan disfruta haciéndolo (mientras Mose, el otro “loco”, se sonríe y le da la razón).

Siendo un relato de itinerario, de viaje incesante, las secuencias se conectan entre sí como circunferencias cuyo centro van compartiendo de una a otra. Poco a poco se acercan a los comanches, y Ethan propone atacar, aunque Clayton sabe que eso supone la muerte de las chicas y ordena intentar espantar a sus caballos. Cuando Martin le da la razón al reverendo (preocupado por su medio-hermana) Ethan no pierde el tiempo despreciándole: “qué sabrá un medio-cherokee de estas cosas”. Estos durísimos diálogos parten de situaciones parecidas en la novela, magníficamente depurados por el guionista habitual de Ford, Frank S. Nugent.
Por supuesto, el reverendo Clayton se equivoca, y los comanches se les escurren entre los dedos por la noche. Es curioso que para la secuencia del abandonado campamento comanche, Ford vuelve a rodar en estudio. No se nota demasiado para un ojo poco experto, pero contrasta con los fabulosos exteriores naturales de las escenas diurnas. Se trata de un detalle menor aunque destacable, muy propio de grandes producciones de aquella época. 
La identificación visual que Ford realiza entre comanches y su tierra es total. No sólo por el indio semi-enterrado, porque más adelante, cuando por fin los comanches les rodean en pleno día, surgen del horizonte como si la misma tierra les vomitase. El famoso plano que recoge a la columna de rangers en encuadre lateral, de derecha a izquierda, con las enormes formaciones rocosas, y un grupo de comanches subiendo y bajando esa ladera, es una buena muestra de la fusión total del nativo con esas tierras, de su capacidad de adaptación a ellas, y de la incapacidad de los blancos para entenderlas del todo.
Los rangers no tienen otra opción que cruzar el río (probablemente el Mississippi) a todo galope, con la esperanza de poder defenderse al otro lado del mismo. Así lo hacen. Vemos de nuevo a Scar, en un momento impresionante, ponerse su corona de plumas, preparándose para el ataque. Mose, por su parte, imita infantilmente los cánticos de los comanches. Este personaje no parece tener miedo jamás de la muerte, como si la vida fuera un juego sin importancia. En gran contraste con él, el pobre Nesby, malherido, recibe la Biblia de Clayton, porque según el reverendo “le reconfortará”. Este tipo de contrastes entre creencias y formas de entender la muerte, es un nivel narrativo muy importante en ‘The Searchers’, más aún cuando el personaje principal, Ethan, está siempre dispuesto a trasgredir cualquier tipo de ritual o creencia.

En este combate Ford es perfectamente capaz de narrar con brío la acción, mientras introduce la ingenuidad de un Martin muy joven al que aún impresiona la violencia, el humor de ver a Clayton quedarse sin balas y perdiendo los nervios, y hasta una nueva profanación de Ethan, que aprovecha la retirada de los comanches recogiendo a sus muertos y heridos para seguir disparándoles. Clayton se interpone entre él y los comanches en retirada, y Ethan termina explotando en otro momento violentísimo, gritándole que está harto de él y que continuará solo. Pese a su mal genio, no puede evitar que se le peguen Brad y Martin, pero como sabe que en comparación con él son unos blandos, y podrá manejarles a su antojo, consiente en que le acompañen.
Persiguiendo los tres a los indios, descubren la asombrosa resistencia de los comanches, y cuando Ethan vuelve a repetir “si es que están vivas”, Brad estalla y le grita que deje de decir lo mismo una y otra vez o se enfrentará con él, Wayne dice una frase bastante lúgubre que repetirá unas cuantas veces a lo largo de la película: “That’ll be the day” (Ese será el día), que en España tradujeron, con poco tino, como “Cuando las ranas críen pelo”. Sobran comentarios.
Terminan encontrando dos rastros, como si los comanches se hubieran dividido momentáneamente. Ethan, temiéndose lo peor, coge el segundo rastro para investigarlo. Luego sabremos que encontró el cadáver de Lucy y lo enterró con su propio cuchillo, pero cuando se reúne con sus dos compañeros, en otra escena violentísima, está turbado, hunde su cuchillo en la arena repetidas veces, para eliminar los restos de sangre, y les cuenta mentiras, para ocultarles el hallazgo del cadáver. Luego dirá que es con la excusa de que pensaba que sería mejor para ellos, pero en realidad es mejor para él, porque quiere olvidar lo que ha visto. Es una escena muy misteriosa y muy inquietante, seguida por una que todavía lo es más, cuando Brad cree haber visto a Lucy en el campamento indio. La escasísima (por decir algo) empatía de Ethan gritándole a Brad que eso no era Lucy, que está muerta, que lo que ha visto es a un piel roja con las ropas de Lucy, nos duele como espectadores. Harry Carey Jr. está muy bien en ésta, su última, escena. Pierde finalmente el control y ataca solo el campamento indio, en off. Como resultado, muere. Ethan coge a Martin del cuello como un colegial e impide que vaya a rescatarle, porque también terminaría muerto.

Con esta última escena, filmada en “noche americana” (en pleno día, con el diafragma muy cerrado, para simular una noche con luz lunar, un procedimiento muy habitual en la época), y dos imágenes más, con Ethan y Martin llegando al invierno en su búsqueda, concluye este segundo bloque. Los dos centauros han fracasado en su búsqueda, al menos de momento, y regresan a casa. Comienza, a partir de aquí, otro relato, otra película, que conecta con la primera. Este relato ha quedado agotado a los 42 minutos, y es necesario que Ford recapitule y proponga un nuevo comienzo para la búsqueda, algo bastante criticado por cierto sector de la crítica, que argumenta que de este modo, el relato pierde cohesión. En opinión de quien esto firma, el relato se enriquece así muchísimo más, pues a partir de este momento, los niveles narrativos se irán alimentando con mayor fuerza, y se torna imprescindible que el fundamental personaje de Laurie (guapísima y perfecta Vera Miles) tome mayor protagonismo.