El horror, el horror…

Antes vivía con la ilusión de que me vida transcurría en algún sitio entre el cielo y el infierno. Pero ahora no puedo convencerme de que no vivo completamente en el infierno. El espacio ocupado por esta organización política llamada Massachussets está por lo que se refiera a la moral cubierta de escoria volcánica y ceniza, tal como describe Milton las regiones del infierno. Si existe algún infierno más falto de principios que nuestros gobernantes y nosotros, los gobernados, siento curiosidad por verlo. Al perder valor la vida, todo con ella, todo lo que contribuye a vivir, pierde valor. 

(‘La Esclavitud en Massachussets’, Henry David Thoreau)

Yo vivo en el infierno. Lo sé. Estoy convencido de ello desde que tengo uso de razón. No es el infierno de las regiones infernales de Milton, es uno mucho peor. Si viviéramos en parajes parecidos a los que describió el genio de Londres, me sentiría mucho más cómodo, porque el yermo que percibo en mi interior todos los días sería el mismo yermo en el que me arrastro, y no tendría la percepción de que estoy siendo engañado, y de que todo lo que me rodea es completamente falso. Mi hambre es mía, dijo otro genio, y mi infierno también, digo yo, y me desespera que no quieran mostrárnoslo tal cual es, y que la ceniza infernal se vea disfrazada de luces de neón, de anuncios de colonia, de carteles de películas, de escaparates resplandecientes. Pero como no soy la noble y valiente persona que fue, durante toda su vida, Henry David Thoreau, no me hago arrestar por vivir acorde con mis convicciones, ni renuncio a formar parte de una sociedad manipulada, encanallada, adormecida, que se merece todas y cada una de las cosas que le suceden. La más importante y terrible de todas ellas: que ponga el pescuezo, sonriente y convencida de que es lo necesario, para que la decapiten en honor al progreso, al futuro, a las ideas de lo que está bien y es justo.

Comento todo esto porque está más que meridianamente claro, es más, está quizá demasiado claro que algo está sucediendo. Pero también está clarísimo, también demasiado, que estamos completamente, trágicamente, dormidos. Anestesiados. Muertos en vida.

Y es que quizá el pensamiento humano, que ha alcanzado grandes cimas de genio universal en casos aislados, esté muy sobrevalorado:

Sólo así puede explicarse que tanta, tantísima, gente, acepte lo que hay como lo único que puede haber, y lo que llamamos vida no solamente como la única vida posible, sino también como la única razonable. Y más aún, que aceptemos, como en un acuerdo no escrito, que la muerte es el final, y que no hay nada más, y que todo se reduce a aguantar y después a morirse. No sé si el que lea estas líneas me creerá o  no, y en el fondo me importa un huevo, pero pienso algo sinceramente: me asombra infinitamente que el personal pueda ser tan rematadamente imbécil, y que se deje matar en vida con una energía encomiable que podría dedicar a cuestiones mucho más urgentes. Sólo así puede explicarse, por ejemplo, que la expresión artística (quizá algún que otro lector de estas líneas haya oído hablar de eso) se haya convertido en algo tan inexpresivo. Pues he descubierto que es absolutamente imposible que un verdadero artista no hable de otra que de sí mismo y de las sombras más tenebrosas y las luces más deslumbrantes de su interior, y sin ni siquiera proponérselo (y en realidad, por eso es un verdadero artista, y eso es un artista, alguien que no puede hacer otra cosa que mostrarse a sí mismo tal como es de una forma poética, artística, bella). Y, sin embargo, en la industria cultural que nos asola, los llamados artistas que tienen reconocimiento hoy día han logrado el milagro de no hablar jamás de sí mismos ni de las emociones más profundas y devastadoras de su propia alma.

Y por eso, cuando está cristalinamente claro que, por ejemplo Estados Unidos financió el ejército de ese estado genocida y racista de Israel (un estado que no debió fundarse nunca, porque no ha traído más que desgracias y muerte al mundo, arrebatando por la fuerza un país a sus legítimos herederos), y que lo hizo para desestabilizar la zona de Oriente Próximo y que así el petróleo fuera más caro, sin embargo muchos estaban, y aún están, convencidos de que los “malos” eran los palestinos. ¿Es que estamos locos? No, es que estamos manipulados, controlados. Somos como ovejas en el matadero, incluso los más felices y realizados de entre nosotros. Por la sencilla razón de que no podemos, no sabemos, escuchar, pensamientos nuevos, críticos, no sabemos luchar, prender fuego a las santas instituciones (la única iglesia que ilumina es la que arde, dijo otro genio). Y por eso sé, desde que tengo dos dedos de frente, que vivo en el infierno: el infierno del odio, de la ignorancia, de pelearse por un ego o por unos celos, de creernos los amos del universo para que llegue una ola gigante y mande nuestros bonitos hoteles a pie de playa a freír puñetas, de estar siempre enfadados, siempre tristes, siempre histéricos, siempre defendiendo fascinantes ideas que no llevan a ninguna parte.

Es como si viviera, cada puto día de mi puta vida, una pelea en la que los dos contendientes no van a ganar absolutamente nada valioso.

Pelear por quién tiene razón. Pelear por quién es mejor. Pelear por ver quién es más rápido, más fuerte, más guapo, más macho, más hembra, más follador, más malo, más bueno, más cabrón, más compasivo, pelear, pelear, pelear…

Por lo que a mí respecta, yo ya estoy cansado de pelear.