‘Centauros del desierto’, el vengador errante (III)

Imprescindible alto en el camino

Que la búsqueda de la desaparecida Debbie se convierte en algo así como la excusa para Ethan, con la cual puede continuar incidiendo en su carácter errante, en su necesidad de cabalgar y cabalgar como forma de vida, parece bastante claro. No nos cansaremos de afirmar la genial interpretación de John Wayne, un actor muchas veces ninguneado (sobre todo en España, por la legión de progres sin rumbo), que aquí hace quizá el trabajo de su vida, en una progresión sin retorno hacia los abismos del odio y la locura. Esta vez, Ethan, acompañado de Martin, vuelve a la casa de los Jorgensen, tras dos años de búsqueda. El tratamiento visual es parecido al de la llegada de Ethan a casa de los Edwards. La señora Jorgensen viste un traje azul, como Martha, y se cubre del sol con la mano. Los padres Jorgensen observan que no traen consigo ninguna niña, con lo que la expedición ha fracasado. A Laurie Jorgensen parece importarle bien poco. Lo único que le interesa es que Martin ha vuelto, y que quizá se queden y se casen. Se lanza a sus brazos y le estampa un apasionado beso, pero un exhausto Martin apenas acierta a llamarla por su nombre, aunque es capaz de soltarle una galantería. A Ethan sólo el señor Jorgensen se acerca a saludarle.
Este segmento es un claro intermedio dramático en el que, sin embargo, suceden muchas cosas importantísimas. Le sirve también a Ford para relajarse, y relajar al público, regresando a sus tonalidades cómicas, con Laurie echando agua fría a Martin mientras se baña, o con el señor Jorgensen poniéndose las gafas cada vez que otros leen una carta, pues no sabe leer.
Ethan continúa con sus mentiras y sus poses de héroe trágico, cuando admite que “dejé que mataran a su hijo”, refiriéndose a Brad, cuando en realidad no trató de impedirlo en ningún momento. En este diálogo se introduce uno de los temas de la película, que no es otro que la dificultad de vivir en una región tan dura e inhóspita, en la que tardarán mucho tiempo en vivir en paz, tal vez cien años. Todo esto lo comenta la señora Jorgensen, antes de ordenar a todo el mundo irse a la cama. El comentario de su marido es puro Ford: “ella solía ser maestra de escuela, ¿sabes?”. En todo momento se nota que Ethan no está a gusto en casa de los Jorgensen, que simplemente aparenta una tranquilidad, pero que está deseando marcharse de allí. Puro lenguaje corporal de Wayne. Gracias a la carta que le mandaron, y que contiene una posible pista, puede reanudar camino el día siguiente a llegar, y quizá dejar a Martin allí con Laurie, mientras él hace “lo que tiene que hacer”.
En escasas ocasiones se ha comentado nada acerca del espectacular trabajo de dirección artística de James Basevi y Frank Hotaling. En el hogar de los Jorgensen se puede apreciar su mimo por el detalle, su capacidad para convertir un decorado en una casa llena de vida del último tercio del siglo XIX. Aún más, dado que en esa casa será donde cinco años después tenga lugar la fallida boda entre Laurie y Charlie McCorry, podemos apreciar el trabajo de los responsables de atrezzo y decoración envejeciendo los adornos de la casa, y cambiando pequeños detalles aquí y allá, dando una maravillosa impresión del paso del tiempo.
Es notable el momento en que Laurie da las buenas noches a ambos centauros, pero ante la mirada despreciativa de Ethan, corre a darle un beso en la boca a Martin como despedida. Gestos como ese recuerdan mucho a las maneras y el carácter de Mary Kate Danaher (Maureen O’Hara) en la proverbial ‘El hombre tranquilo’ (1952). Allí, como aquí, las mujeres declaran lo que desean en base a sus actos, y la propiedad de las cosas (y de los hombres), forman parte inseparable de ellas mismas. Causa cierta grima el escaso aprecio que ciertos sectores de la crítica (y del público) tienen por el tratamiento femenino en el cine de Ford, cuando en verdad es uno de los más certeros de su tiempo, teniendo en cuenta, además, que sus historias estaban centradas en épocas, y culturas, tan predominantemente machistas.
Por supuesto, la intención de Ethan es dejar atrás a Martin para proseguir sin oposición su demente cruzada personal. Martin es bien consciente de esto, aunque se priva mucho de decírselo al propio Ethan. Conversando antes de dormir Ethan primero le pregunta por qué quiere continuar, y luego cómo va a hacerlo. Martin es un pobre diablo sin familia ni posibles, pero su determinación es inquebrantable. Él es el verdadero héroe de esta historia, no Ethan.
Por la mañana, Ethan ha partido ya mientras Martin, ignorante de ello, flirtea con Laurie en la hora del desayuno. Hay que decir que la química entre Jeffrey Hunter y Vera Miles es estupenda, ambos parecen chiquillos besándose y jugando. Pero en cuanto Laurie le advierte que Ethan se marchó hace rato, Martin le pide prestados caballo y municiones para alcanzarle. Por supuesto, Laurie se pone furiosa, porque no quiere acabar como una solterona. Martin le asegura que sospecha que Ethan se está volviendo loco y que lo que precisamente teme es que encuentre a Debbie. En pocas palabras, Martin confirma lo que el espectador se imaginaba hacía rato. Y esto no hace más que agrandar la sospecha de que Debbie es en verdad la hija secreta de Martha y Ethan, y que la sola idea de que una hija suya se haga comanche le enloquece. A Laurie todo eso le da igual, empuja a Martin hasta tirarle junto con el banco en el que se sentaba, y aunque le da una montura y munición, le manda al infierno. Precioso el plano final (tan teatral, muy del gusto de Ford) con Laurie en primer término apoyada en la valla de madera, frontalmente a cámara, y con Martin cabalgando tras ella, alejándose en pos de Ethan.