El provincianismo mental en España

El otro día, en una conversación sin mayores pretensiones filosóficas, una amiga mía me preguntó cuál sería la razón principal por la que abandonaría este triste y desgraciado país y me iría a cualquier otro. ¿Mejora de condiciones laborales o económicas? ¿Un clima que no alternase entre el frío más terrible y el calor más asfixiante? No, respondí yo: la razón primordial es el terrible provincianismo mental que permanece enquistado como un tumor en esta sociedad en la que España se reboza día a día. No soy partidario de las generalizaciones (aunque, de vez en cuando, resulta muy placentero practicarlas), pero tratar todos los días con esa subespecie del ser humano que habita en esta enorme piel de toro te provoca la casi irresistible tentación de pensar que España puede ser uno de los países poblados por mayor número de fanáticos, canallas e ignorantes. Todo ello consecuencia directa de ese provincianismo mental antes aludido que te encuentras incluso en mentes más o menos bien preparadas. Pero tener una cierta cultura, unas ciertas inquietudes o hasta estudios no pone a salvo al personal de ser unos verdaderos catetos envanecidos.
Recuerdo perfectamente cómo, hace años, asistiendo yo a una clase en una academia de inglés, un tipo algo mayor que yo y que al parecer estaba terminando alguna clase de ingeniería, comentó, a raíz de una conversación acerca del ambiente cultural neoyorquino, que cultura, lo que se dice cultura, no había mucha en Nueva York. Comentario sin duda nacido de su profundo conocimiento (ironía modo ON) de la ciudad estadounidense, de sus museos, sus artistas y su historia, acompañado de esa risa nerviosa y chocarrera que es afín a tantos individuos cercanos a la treintena que en su puta vida se han planteado nada acerca de sus propias y enormes limitaciones. Durante bastantes años (ahora he de reconocer que algo menos) he tenido conversaciones de este tipo, y nunca han faltado los castizos capaces de defender lo indefendible: que en España, por ejemplo, hay mucha más cultura y una sociedad más dinámica que en otros países, como el citado del otro lado del Atlántico. A mí, particularmente, se me cae la cara de vergüenza ajena ante semejantes afirmaciones, del mismo modo que me desmoralizo profundamente ante ejemplos de provincianismo mental como los siguientes:
1. En el Cine:
– He visto dos veces ‘Drive’ en una sala de cine. En ambas, varios asistentes se partían el culo en la secuencia en la que el protagonista, dentro de un ascensor, le reventaba la cabeza a patadas a un matón que venía a asesinarle a él y a la chica de la que está enamorado, hasta dejar su cara reducida a una pulpa gelatinosa.
– He visto varias veces ‘Titanic’ en el cine. En todas ellas, lo prometo, no eran pocos los espectadores que, cuando el buque se queda prácticamente vertical y un pasajero cae al vacío, golpeándose contra las hélices (lo que hace que su cuerpo se estrelle contra el agua girando sobre sí mismo), se morían de la risa…
– En el pase al que asistí hace años de la maravillosa ‘Brokeback Mountain’, espectadores que antes de entrar proferían comentarios cinéfilos supuestamente sesudos, se reían como chiquillos imbéciles la primera vez que los dos protagonistas mantienen relaciones sexuales, o cuando el dueño de las ovejas les sorprende besándose.
2. En la Literatura:
– Resulta descorazonador que individuos con los que trabajo o con los que me topo todos los días, que muchas veces adolecen de una falta absoluta de vocabulario, proclamen, con voz bien alta y el pecho henchido, que por ejemplo ‘Memorias de Adriano’ de Yourcenar o ‘El lobo estepario’ de Hesse son novelas elitistas, cuando no basura aburridisima, y que otros como Reverte o Follet son verdaderos novelistas porque se dedican a entretener al lector, que es para lo que están los escritores.
– En referencia al citado Reverte, entré yo una vez en el foro de su página web, en el que por cierto alguno me insultaba sin ni siquiera conocerme (denme al menos la oportunidad de demostrar lo capullo que soy, joder), y ese mismo individuo o individua, acorde con la cutrez mental que nos asola, afirmaba con palabras grandilocuentes que “personalmente Don Arturo me ha entregado unas claves con su obra que hasta ahora no ha superado ningún otro autor”. Más que asombro o desprecio, comentarios como ese me producen pena. Además de no saber qué es eso de “entregar unas claves” (¿de un correo electrónico?) si la obra de Reverte puede llegar a suscitar en un lector la idea de que no hay nada mejor, realmente está todo ya perdido.
– En un país en el que cualquier hijo de vecino sin la menor preparación se pone a escribir críticas de cine o libros con un lenguaje digno de un analfabeto semi-retrasado, no de es extrañar que la gran mayoría de novelas escritas por autores españoles y paridas por una industria cultural absolutamente mafiosa (en todos los ámbitos y disciplinas) sean una verdadera basura intelectual. La novela obra de arte (como la película obra de arte) se desprecia en España sistemáticamente en favor de los autores mediáticos y de los best-sellers estadounidenses (como las películas artísticas españolas se desprecian en favor de los blockbusters norteamericanos), todo a mayor gloria del “entretenimiento” de una masa que, a modo dictatorial, establece lo que es “bueno” y hunde lo que es “malo”, cuando la gran mayoría no distinguiría una obra maestra ni aunque se la pusieran delante de los ojos.
3. En la Música:
– ¿Cuántas veces habré oído yo que la música mal llamada clásica es tan relajante que te duerme? Y esto no solamente por parte del primer sujeto al que destetaron demasiado tarde. También, lo juro, por parte incluso de personas que han tenido mucho que ver con la música culta, como bailarinas, músicos, supuestos intelectualoides, o culturetas de salón. Bastaba que cambiara yo la emisora y pusiera alguna sinfonía de Wagner o una ópera de la Callas, para que me dijeran, varios, que esa cosa era “muy bonita” pero que “resultaba narcotizante” (narcotizante es una palabra demasiado culta para este país, creo que me decían que era perfecta “para sobar”). Cosas así me llevaban, y me llevan, a la desesperación absoluta.
4. En el Arte en general:
– Escalofríos en la espina dorsal cuando recuerdo cierta conversación en la que una supuesta estudiante de arte (que de arte sabía lo que de cualquier otra cosa: nada) me espetó que a ella el arte barroco “no le gustaba nada”. También cuando me acuerdo de una pintora que se pasó toda la tarde despotricando contra Miguel Ángel, lo cual no tendría nada de malo si no fuera merced a argumentos tan pedestres como que las figuras miguelangelescas eran demasiado irreales y excesivas. Argumentos aún más pedestres he escuchado sobre la obra de Bernini, o acerca de la de Goya. Yo, en contra de lo que quizás algunos lectores quieran anticipar, nunca respondo nada ante semejantes estupideces. Simplemente me confirman en mi sospecha de que el Arte no es para todo el mundo. Menos aún para chiquillos pontificadores que jamás supieron escuchar a quienes sí poseen inteligencia, sensibilidad y cultura, que en España proliferan.
Vuelvo a lo de siempre: España es el único país de Europa en el que triunfó y se consolidó el fascismo a mediados del siglo XX. De ese fascismo surgió una tremenda ignorancia (promovida por los ideólogos de esa dictadura en todos los órdenes culturales y sociales), y de esa ignorancia sólo pudieron surgir los actuales fanatismos, la chulería de quienes no saben absolutamente nada de nada pero han ido a la universidad a aprender su ingeniería como loros y ahora opinan sobre todo lo humano y lo divino. Y sobre todo surgió ese provincianismo terrible, que convierte a los turistas alemanes en ejemplares visitantes cada vez que visitan nuestro país, en comparación con el ridículo espantoso que hacemos muchos de nosotros en el extranjero. España es un erial. Intelectual, filosófica, cultural, socialmente. Por supuesto que hay gente maravillosa (sobre todo, menores de cuarenta años, aunque también de cualquier edad), pero siempre que conozco a alguno (véase el terrible y genial Palazón) les descubro encerrados en su propia isla, asqueados de todo cuanto les rodea.
No es casualidad.