Sobre ‘J.F.K’, y sobre el fin del mundo

Hay un momento importantísimo en esta extraordinaria película, que supone la secuencia culminante en el largo excavar del fiscal de Nueva Orleans Jim Garrison hacia lo más profundo no solamente del asesinato del presidente Kennedy, sobre todo de la forma en que el aparato militar estadounidense comenzaba a tragarse, hasta que finalmente se ha tragado del todo, el estado de derecho y las garantías de libertad en Estados Unidos y el mundo entero. Es ese momento en el que acude a Washington a entrevistarse con un misterioso individuo que Garrison cree que va a soltarle algunas amenazas más, pero que le indica lo cerca que está de la jodida, la nauseabunda, la luminosa verdad. Este individuo, que rehúsa decirle su nombre y que se presenta como X, tuvo parte muy activa en el tinglado que los Estados Unidos llevaban a cabo como autoproclamada policía universal, que no es sino puro fascismo encubierto. Cuando Garrison no da crédito, quizá porque en el fondo sabe que es cierto, a todo lo que le cuenta el señor X, éste le dice algo que yo escuché por primera vez con trece años, y que desde entonces no me ha abandonado jamás:
“El principio organizador de toda sociedad es la guerra. La autoridad del gobierno sobre los gobernados se basa en el poder bélico.”
Esta tremenda sentencia, que es una verdad como una casa, debería bastar para que todos los que creen vivir en el cuento de hadas que es la sociedad moderna se replantearan muy seriamente cuáles son sus convicciones. Pero es bien sabido que ni las palabras ni las películas van a cambiar el mundo, porque de otro modo la realidad sería bien diferente. Es más, si el mundo no fuera siempre el peor posible, las películas y las palabras quizá ya no fueran necesarias. Pero por eso algunos seguimos viéndolas y leyéndolas. Porque soñamos con otro mundo. O quizá porque aún creemos que es posible. Precisamente el mundo que se asomaba a finales de la II Guerra Mundial, aprendidos los errores, atemorizados todos porque sabíamos que por fin teníamos capacidad suficiente para aniquilarnos a nosotros mismos. Y vieron la luz, tal como dijo el gran García Viñó, la pléyade de genios-sabios más importante de todos los tiempos (decía Viñó: “ni el siglo de Pericles se le puede comparar”), y la segunda mitad del siglo XX se antojaba, en las artes, en la cultura, en la ciencia, en la sociedad, esplendorosa. Pero al mismo tiempo que esos genios-sabios, otros aprendían otra lección: que la guerra es el negocio más importante desde que el hombre salió de la jungla. Y tenían todo el interés en aplicar tal lección. Pero antes que nada, dejo al lector con la secuencia de ‘J.F.K’ de la que hablaba en un principio:
‘J.F.K.’ es una película extraordinaria, inolvidable y de visionado obligatorio para todos los amantes del cine y personas cultas en general por numerosas razones. La más grande de todas ellas, quizá, que tratándose de una investigación sobre uno de los asesinatos más importantes de los últimos siglos, se trata de una pieza de arte que reflexiona en igual medida sobre el hombre, la sociedad y el propio cine, tanto como lo hace sobre el magnicidio. Pero hay otras razones de no menor calado: es un filme en el que con insólita precisión y elegancia se abre el vientre de la mentira americana, con un bisturí helado no exento de profundísima compasión. Con una endiablada estructura narrativa y secuencial, Oliver Stone, uno de los más complejos directores de la actualidad, crea una arquitectura shakesperiana en la que un solo hombre, un fiscal valiente y entregado a una causa, con una fe ciega en sus convicciones, se enfrenta al todopoderoso gobierno que está destruyendo el mundo. Así, como un Hamlet maduro, Garrison, interpretado por un Kevin Costner en el mejor trabajo de su carrera, sabrá lo que es el miedo, y se sobrepondrá a él.
Son más de tres horas de investigación y desvelamientos progresivos de cómo funciona el mundo. Y nunca tres horas de papeleo, fotos y despachos resultaron tan épicos, tan apasionantes. Merced a la gloriosa fotografía (que mezcla color con el blanco y negro, imágenes de archivo con recreaciones de la época) de Robert Richardson, y a un primoroso montaje de Joe Hutshing y Pietro Scalia, todo funciona como un espectáculo sin falla ninguna, y como la constatación de que estamos perdidos. De que el mundo se fue a tomar por culo y que no va a redimirse. Porque está en manos de:
-Los contratistas de defensa
-Los banqueros
-Los petroleros
A cuyo lado los petimetres, los mequetrefes que se las dan de reyes, ministros y presidentes no tienen nada que hacer, porque no manejan los hilos, como algunos creen, sino que son una parte más de un enorme entramado, cuya coraza es impenetrable, y cuyas reglas del juego (algunos las llaman “leyes”), son las que debemos aceptar en aras de una “paz social”. Y si las rompemos nosotros se trata de activismo (incluso de terrorismo) pero si las rompen ellos se trata de una necesidad, de afrontar una crisis o de algo que nos va a beneficiar en conjunto, aunque no lo hayamos decidido nosotros o aunque no sepamos concretamente de qué se trata. Básicamente, todo es una mascarada así dispuesta para que los privilegiados se queden hasta con las migajas, y para que los desposeídos jueguen con palabras como democracia, libertad, política, izquierda, derecha, mercados, estado de bienestar, y otras subnormalidades por el estilo.
Con uno de los repartos más impresionantes que se recuerdan (no solamente los ya referidos Kevin Costner o Donald Sutherland, también Tommy Lee Jones, Joe Pesci, Sissy Spacek, Jack Lemmon, Walter Matthau, Gary Oldman, Vincent D’Onofrio, Laurie Metcalf, Kevin Bacon, un alucinante John Candy…), con una música que es de las obras magnas del insigne John Williams, no queda más que certificar dos cosas. Que ‘J.F.K.’ es una de las más importantes películas de las últimas décadas, y que todo se terminó ya. ¿Habrá un Stone para el fin del mundo? Ya no lo creo. Sólo nos queda el maravilloso tema inicial, al principio fúnebre, y luego luminosamente optimista…