‘Centauros del desierto’, el vengador errante (IV)

Narraciones abstractas: los caminos del odio

Comienza aquí el segmento más criticado por los puristas, gran parte del cual se narra a través de la carta (la única en cinco años…) que Marty le escribe a Laurie, y cuya lectura por parte de ella, propicia una narración cuanto menos heterodoxa, pues se relatan acontecimientos de la búsqueda de la niña en pasado, mientras que el presente está constituido por la frustración que empuja a Laurie a empezar relaciones con otro pretendiente, con el fin de no quedarse solterona.
Todo empieza con la aparición del interesante personaje Jerem Futterman (Peter Mamakos), un mezquino dueño de un local en la frontera con Mexico, que tiene una pista sobre la niña, y que por primera vez les nombra al jefe guerrero Scar, un misterioso comanche al que muy pocos han visto, pero que parece ser el responsable de la masacre de la granja Edwards y del secuestro de la pequeña Debbie. Futterman piensa aprovecharse de ellos, engañarles y robarles todo su dinero. Ethan parece no confiar nada en él.
La secuencia de la emboscada por parte de Futterman demuestra hasta qué punto Ford podía aunar en su puesta en escena tensión y violencia, con humor. Ethan es muy consciente de que les siguen, aunque se guarda mucho de decírselo a Martin, que también desconfía. En lugar de pactar con él para tender una trampa a sus perseguidores, le deja sólo cerca del fuego, simula que se queda durmiendo a su lado, y se esconde a esperar a Futterman. Durante toda su tortuosa relación, Ethan es algo así como un tutor y un maestro para Martin, sobre todo en lo tocante a la supervivencia en campo abierto. Ahora que Martin demuestra que sabe lo que hace (“nos siguen…estos caballos están muy nerviosos”), Ethan contradice sus bien fundadas sospechas (“es tu parte india, duérmete….los caballos huelen cambio en el tiempo”), se burla de él y le deja como cebo.
Ethan sabe que Futterman disparará primero a su sombrero, esperando matarle a él antes que a Martin. Y acierta, pero Ethan es más astuto, grita “¡Futterman!”, y espera a que se de la vuelta para huir y le dispara. También dispara por la espalda (interesante plano detalle de sus brazos y manos únicamente, nunca de su cara, acribillando a sus enemigos) al resto de sus perseguidores. Una cosa está clara: Ethan no tiene escrúpulos poniendo la vida de su acompañante en peligro, y dispara por la espalda a sus enemigos, pero en astucia y en precisión asesina no le gana nadie. Por cierto que esta importante escena nocturna vuelve a estar filmada en un estudio, y es una de las veces que más se nota. Todo termina con un golpe de humor tan del gusto de Ford, con Marty furioso por haber estado a punto de morir, ante un impasible Ethan que asegura que nunca ha fallado.
En el rancho de los Jorgensen, Charlie McCorry trae una carta para Laurie (además de tener intención de galantear con Laurie, pues le trae unos dulces y viene bastante arreglado), y ella ha de leerla delante de todos, a pesar de que esperaba leerla con intimidad. El padre Jorgensen vuelve a ponerse las gafas a pesar de que ni va a leer, ni sabe hacerlo.
La vida, la naturalidad y el tono jocoso que presiden esta pequeña escena son dignos de todo elogio. Marty ni siquiera escribe su nombre apropiadamente, pues empieza la carta con un “Querida Laury”, lo que pone furiosa a la excitable hija de los Jorgensen. De nuevo en la secuencia se alterna el humor con la tensión, y con un pequeño segundo plano narrativo en el que observamos a Charlie observar fijamente a Laurie sin atender a lo que lee, más preocupado por la forma de ganarse su corazón.
Con su lectura sobre la búsqueda del rastro de Scar, regresamos con Martin y Ethan, en unos acontecimientos que tuvieron lugar quizá un año antes, teniendo en cuenta la lentitud de los correos de mediados del siglo XIX en Texas. Para algunos, desgajar así una búsqueda que en principio se presentaba lineal y regular, es un error, pues el relato pierde intensidad y avanza a grandes saltos. No estoy de acuerdo con estos exégetas. Esta forma narrativa, que además dura poco metraje, enriquece muchísimo el relato, por la simple razón de que lo va volviendo más abstracto, al manipular de forma consciente el tiempo y el espacio, como si Martin y Ethan viajaran o se movieran en un tiempo y un espacio inasibles, indefinidos, indeterminados, como si para rastrear la pista de Scar se volvieran incorpóreos, en un paisaje tan melancólico y vasto como ese.
El hecho de que Martin (un medio indio), compre sin darse cuenta una esposa comanche, es divertido y perturbador al mismo tiempo. Divertido porque Ethan, cómo no, se burla de él constantemente. Perturbador porque un medio indio de incierto futuro como Martin, que buscando a Debbie también busca ganarse el sitio entre los blancos, se ve de pronto en una tesitura que es parte de su herencia genética. El verdadero héroe de esta historia, sin duda, es Martin, porque es el que emprende un viaje casi idéntico con Ethan, y el que saca un provecho más positivo de todo ello, sin convertirse en un villano como el personaje de Wayne.
En la carta que lee Laurie, Martin le cuenta el hecho con la poca delicadeza y sentido común de un hombre casi iletrado como él. Al enterarse de que “ha conseguido una esposa comanche”, Laurie estalla y lanza la carta al fuego. He sido testigo, incluso en un cine, de una reacción airada por parte de un sector de los espectadores, que clamaban contra un acto tan supuestamente “racista” como el de Laurie. Tal idea no sólo es absurda, también es producto de una mentalidad que no alcanzo a comprender. No sólo una granja pacífica como la de los Edwards fue arrasada sin motivo (cobrándose cuatro vidas y una niña secuestrada), sino que la de los Jorgensen pudo haber sufrido idéntico destino, y el hermano de Laurie, Brad, murió a manos de los comanches. El lector puede aducir que, a fin de cuentas, los blancos colonos europeos les robaron las tierras a los comanches, y que la respuesta de los nativos está justificada en cierto sentido. Me parecería una argumentación muy pobre, pero es que además hay que tener en cuenta que Ford en ningún momento tiene la intención de realizar un panfleto ideológico de ninguna clase. Se limitaba a contar hechos que en muchos casos históricos fueron muy parecidos. Nos encontramos en un contexto que ha sido una constante en la historia del hombre: los invasores de gran superioridad tecnológica aplastan a los nativos y se quedan con sus tierras. Ford no establece ninguna superioridad moral. Es más, otorga a los comanches y a los nativos en general (aquí y en toda su filmografía) una dignidad indescriptible. No juzga, si no que expone unos hechos. Habla del resultado de la violencia y el odio.
Pero Ford, ese supuesto “reaccionario” según algunos, aún puede acabar la escena con humor. Laurie regresa y recupera la carta del fuego. Continúa leyendo: “No era tan mayor como tú…¡¿qué edad se ha creido que tengo?!”. Volvemos con los centauros: Martin lo está pasando mal intentando hacerle comprender a la comanche que no era su intención comprarla, mientras soporta las burlas de Ethan. Finalmente, cuando ella se acuesta a su lado sin su permiso, Martin no puede más y de una patada la hace rodar por el terraplén. Estamos en el mismo territorio de ‘El hombre tranquilo’, con aquella dama de avanzada edad entregando una vara a Sean Thornton para poder “domar” mejor a su mujercita. Lo que algunos creen que es una extraña justificación de los malos tratos, es siempre una muestra de la difícil mezcla de culturas que tanto preocupó a Ford en su carrera.
Cuando la comanche les oye nombrar a Scar, deciden interrogarla. Realmente Scar es tratado en esta historia como un misterioso y peligroso comanche, una representación física de la venganza cultural de los indios, un escurridizo guerrero que aterroriza a todos allá por donde va con su grupo de comanches. La comanche escapa de ellos. 
Prosiguiendo con la narración de Martin en la carta que lee Laurie, se abandona ya para siempre el tono jocoso (salvo en un par de momentos aislados de lo que queda de metraje) y se ahonda mucho más en la locura y el odio que Ethan siente por los comanches. Literalmente Martin dice: “ocurrió algo que aún no he terminado de comprender”, cuando cuenta el momento en que, en un paisaje nevado, Ethan se pone a disparar como un poseso contra los búfalos para que no sirvan de comida a ningún comanche. Martin intenta detener a un Ethan encolerizado, y como resultado recibe un golpe tremendo en la cara. La violencia de este acto, aún hoy casi medio siglo más tarde, pone la piel de gallina.
¿Responde Martin a la violencia con violencia, o incluso con odio? En absoluto. Se levanta sin rencor y advierte el sonido de la caballería acercándose. Estos planos están entre lo más enigmático y bello de la película: una columna de jinetes atraviesa un río helado, en un corte de montaje que es como un hachazo. Tanto la música de Steiner como los majestuosos planos de Ford se pueden considerar, sin temor a equivocarnos, un homenaje a este cuerpo del ejército al que tanto admiró Ford. Por otra parte, la planificación es extraña: jinetes azules cruzando el río de derecha a izquierda, squaws nativas cruzándolo de izquierda a derecha. Menos antiacadémico imposible.
Por otra parte lo que parecía un subjetivo de Martin o Ethan, en realidad no lo es, pues les vemos bajar una amplia colina nevada a continuación, para descubrir un campamento comanche arrasado. Ford llega más lejos que nunca a la hora de estilizar hasta la abstracción todos los aspectos narrativos de su película, volviéndola intensamente psicológica. Allí, entre las ruinas, descubren el cadáver de la comanche comprada por Martin, sin llegar a saber si había ido para avisarles o para traer a Debbie con ella.

La euforia de la música de Max Steiner, que imita un himno de la caballería, contrasta con las penosas imágenes de un campamento de refugiados de nativos, al que Ethan y Martin llegan con la esperanza de encontrar a Debbie. Una vez más, no está entre las chicas rescatadas, pero hay un detalle demoledor: la mirada que Ethan dedica a una de las blancas ahora convertida en squaw comanche, pocas veces se ha visto en un plano del cine americano semejante mirada de odio contenida en un primer plano. Hoch y Ford aprovechan la baja iluminación de ese interior para acentuar la sombra debajo del ala del sombrero de Ethan, que le cubre la cara. Pero podemos adivinar sus ojos de asco y furia. Indescriptible momento.
Termina así el segmento en que Laurie lee la carta, que tiene como resultado que la hija de los Jorgensen se canse de esperar a Martin y empiece a fijarse en un insistente Charlie McCorry. Y terminan aquí los caminos del odio de Ethan, y las narraciones abstractas, para desembocar en el segmento final de la película.