Cielo e infierno, aquí y ahora

Hay dos opciones. Dos, nada más. Que los gobernantes que nos desgobiernan y nos toman por imbéciles de baba sean una panda de garrulos ávidos de poder y de dinero, o que sean, como declaran los paranoicos fantasiosos, una raza alienígena (esos illuminati reptilianos…) cuyo plan maestro, a muy largo plazo, consista en esclavizar a la raza humana a base de capitalismo, neoliberalismo, miedo, represión. De las dos opciones, la que más me aterroriza es la primera, porque si fuera la segunda todo sería más divertido, sin duda, y porque al final, cuando mostraran su verdadera naturaleza, sería mucho más fácil identificarlos y llevarse a alguno por delante en el fragor y la locura de los últimos días…

En realidad, todo sigue más o menos como siempre, pero peor. Existen tres niveles. El que se sitúa a la mitad del espectrógrafo, que somos la gran mayoría. El que se mueve en el subsuelo de la realidad, que son unos pocos. Y el que se mueve por encima de todos los demás, que son todavía menos. Apestados luchadores, proletarios que tragan con todo, y privilegiados que llevan al límite la Regla de Oro: el que tiene el oro hace las reglas. Las leyes. La forma de vivir. Los límites de la esclavitud. Y así, a grandes rasgos, todo se dibuja como en un tapiz clásico de representación de Tierra, Cielo e Infierno. En el cielo están los poderosos, los mandamases, los que deciden qué es lo bueno y qué lo malo. En el infierno los diablillos que intentan subvertir el orden establecido. En la Tierra los pringaos manipulados por los de arriba y llamados al despertar por los de abajo. Dicen que si eres bueno (tengo pendiente escribir una reflexión sobre lo que significa ser “buena pesona”…) vas a un cielo lleno de luz y de nubes moradas, con angelitos niños desnudos y tocando el arpa… Sin embargo, dicen que si eres malo, te irás a una suerte de cueva enorme en la que todo se cuece a fuego lento. Personalmente, prefiero una diablilla con cuerpazo de infarto dándome latigazos que un niño desnudo. Cada cual con sus gustos, yo no me meto con los de algunos curas.

Interludio 1: cómo me he divertido con ‘Los Vengadores’ (‘The Avengers’, Joss Whedon, 2012), una película que si bien no es ninguna joya, te hace pasar en grande las dos horas y media que dura, con buenos diálogos, situaciones brillantes y un clímax que te deja con la boca abierta de lo espectacular que es.

¿Y a qué viene ese Interludio, Massanet? Pues viene al hilo de lo que estaba contando. En ‘Los Vengadores’ los malos vienen del cielo, de un enorme agujero por el que se cuelan miles de enemigos terribles que nos dan estopa de la buena. Algo así como una maldición que sufren, claro, las personitas corrientes que habitan la ciudad de Nueva York. Y el que los lidera es el Dios del Mal Loki, un tipo con un casco en el que lucen dos enormes cuernos y un cayado que le otorga un poder inmenso. Pero, este tipo…viene del cielo… Y casi de las entrañas de la Tierra emerge por dos veces un coloso bestial teñido de verde que le agarra de una pierna al tal Loki y le suelta una hondonada de hostias que le deja tieso, para terminar diciendo “Dioses a mí…”. Vamos, todo al revés, pero lo mismo de siempre. Y es que por alguna razón el mito de lo celestial, de lo infernal y de lo terrenal ha repetido sus esquemas desde el principio de los tiempos. Quizá porque son reales, pero no en la forma de los cuentos y las películas, sino en nuestra jodida mente, tan adiestrada para no pensar más que en términos de “bueno” o “malo”, de “sí” o “no”, y de los puntos intermedios entre ambos extremos. Es decir, una mente inmadura, infantil.

Interludio 2: Rafa Nadal ha perdido en el Open Madrid (pa una puta vez que voy!!) contra Fernando Verdasco, y luego ha protestado por la tierra azul, por la pista de patinaje que era la superficie, y por muchas cosas más. A Nadal tampoco le convence el azul celestial, prefiere la arcilla de rojo infierno.

(Ocasional lector: Massanet, se te ha ido la olla por fin…)

De toda la vida, el rojo es malo y el azul bueno. El rojo es el color de la violencia, de la sangre, del diablo. De los comunistas, de los socialistas de mierda. El azul de los peperos, de los ángeles, de los dioses bondadosos. Yo prefiero pensar que el rojo es la vida, la energía, la lucha, y que el azul es un color muy bonito solamente para ciertas películas, pero jamás pintarías tu casa de azul, y hay muy pocos coches azules, y ciertos tonos azules dan bastante asco, bastante grima. Ni siquiera el mar es azul, sino verde e irisado, y recoge el reflejo del azul del cielo. El azul es el color de la muerte, es la hipnosis de lo que no tiene vida. El rojo es la pasión. Y no, no voy a hacer un interludio 3 hablando de la bandera americana (roja, blanca y azul) ni de los colores del Barça. Ya se me ha ido la olla suficiente por hoy.