Regalos: Federer, Montecristo, Orcasitas, Tierra Azul

Hoy cumplo treinta y tres años. Aunque algunos amigos de Twitter (como por ejemplo, Jose A. G. Bretones) se empeñen en que el momento llegue antes, o algunas personas muy queridas por mí se equivoquen de día o no se acuerden exactamente de la desgraciada fecha en que aparecí en este mundo por primera vez, el infausto Adrián Massanet Chacón se presentó en esta Tierra un 13 de mayo de 1979, y hoy, seis lustros y tres años después, podéis felicitarme todo lo que queráis, aunque yo sienta que el tiempo pasa volando y que se trata de una absurda efeméride, y que ya deje atrás la plenitud física (¿llegaré algún día a la plenitud intelectual, emocional, mental?), así que no creáis que me hace ni puñetera gracia que me felicitéis, porque me siento un viejo caduco y me pongo de un dramático que te cagas…
El caso es que como aún hay gente que me quiere bastante, entre otros muchos regalos maravillosos me han regalado un pase VIP a la Caja Mágica en las semifinales del Masters 1000 de Madrid, y he alucinado en colores de una forma tan increíble que me veo obligado a consignarlo aquí lo mejor que pueda, mientras me fumo el cigarro Montecristo que me dieron allí. Pero antes, hablemos un poco del partido:
Roger Federer ha aplastado sin contemplaciones a ese buen jugador que es Tipsarevic, y lo ha hecho en una hora y siete minutos con una clase, una convicción y un talento que si no lo ves en persona no puedes darte cuenta, realmente, de lo grande que es. Al llegar, lucía un sol asfixiante que me dejaba sin aliento, pero una vez dentro, como en una novela épica, se ha nublado el cielo y se ha levantado un viento terrible, que transfiguraba el escenario en un tapiz de leyenda con un solo individuo en el centro del universo: ha salido Roger Federer y el público ha enloquecido de admiración mientras el viento soplaba con violencia y entre la bruma de la pista un coloso se movía como un jodido semidiós, advirtiendo al otro de que cualquier movimiento en falso, cualquier duda, cualquier error, tendría el precio enorme de ver arrebatado su orgullo para que se lo tragara una voraz máquina de hacer tenis. Federer ha lanzado reveses sin mirar a la línea derecha del contrario como el que se pide un cubata y se queda mirando la ceniza de su cigarrillo.
Tras el partido nos hemos ido a la estupenda zona VIP. Yo, en mi ingenuidad, creía que en saraos como estos se juntaban doscientas o trescientas personas, y me he quedado de piedra al comprobar que éramos varios cientos o quizá un millar de asistentes (a un elitista como yo le sobraba chusma por allí…es broma, joder). Me han colocado con un arte increíble la pulserita que me daba acceso a todos los manjares del cosmos y he entrado en un pedazo de cielo infernal que todavía no me creo que hayan dejado pasar a un mestizo asturiano (la raza más falsa del mundo) – mallorquín (la raza más ignorante que existió jamás) a ese lugar privilegiado. Un lugar en el que, para empezar, me he pimplado una Estrella como un perfecto paleto. Pero, para seguir, me he puesto hasta arriba de queso curado recién cortado, de jamón de jabugo recién esculpido (porque estos cabrones lo esculpen). He alucinado no solamente con estupendos entremeses servidos por cocineros sonrientes y magníficos, sino con un ambiente en el que por un lado sentía que sobraba y por otro me hacía sentir el jodido rey del mundo (cuando tienes pasta…¿te debes creer que mereces solamente lo mejor?). Nos hemos sentado todos a una mesa en la que ya estaba dispuesto el vino helado y una cubertería magnífica, y en cuanto una copa se vaciaba había un camarero/a sonriente y diestro dispuesto a llenarla de nuevo. Y me han decorado el plato con sushi. Y nos han cortado unas costillas delante nuestro. Y me he ido al baño, uno de esos baños en los que en cuanto te alejas medio metro se limpia él solo sin necesidad de apretar un botón. Y he vuelto y tenía preparadas por nuestro magnífico anfitrión tres brochetas de fresas, melón, melocotón, embadurnadas del chocolate derretido más puro que jamás probé.
Y nos hemos bajado al lado del río en el que lucía una isleta artificial sobre cuya superficie se proyectaba la leyenda MUTUA OPEN MADRID. Y me he tomado cuatro Chivas 12 años con hielo recién picado. Y he visto algunos de los mejores culos que he visto en mucho tiempo. Y me han encendido un Montecristo dos muchachas de muy buen ver, sonrientes en todo momento. Y todos los putos camareros eran un jodido encanto con todos los capullos que acudían al pesebre de su necesidad alcohólica. Y había un tipo encantador con un carrito en el que paseaba trufas recién hechas. Y luego me han contado que había visto, comido y bebido cosas por valor de más de 1.000 € (¿por eso lo llaman Masters 1000, Adrián? noooo, agudo lector, es que el ganador se lleva mil puntitos de la clasificación anual ATP).
Y cuando he acabado un poco hasta arriba de tanto pijerío y tanto despilfarro, he regresado por el mismo camino: el del barrio pobre de Orcasitas, que tanto me recuerda a algunos barrios de Palma de Mallorca, en los que ni uno solo de sus habitantes se ha tomado un Chivas 12 años jamás de los jamases (ellos se lo pierden) y me he dado cuenta de que acababa de acceder a un pedazo de cielo servido y preparado por gángsters de diccionario (había algunos que harían palidecer a Tony Soprano…), y me he bajado en Sol con los cánticos y la gente y los timbales de siempre, y todo ha sido como pasar a través de un túnel en el que varias realidades se superponen y se niegan unas a otras. Y ni puta gracia me hizo encontrarme con algunos tarados/as de Democracia Real Ya (qué poco me gustan los arribistas alelaos de este grupo de fanáticos), y mucho ánimo me ha dado ver el ambiente de gente que tiene muchos más o muchos menos que treinta y tres años justos y que todavía cree en algo, o tiene mala hostia por algo (qué importante es la mala hostia…).
Así que ha sido un inicio muy curioso de mi cumpleaños. Me terminaré mi Montecristo. En unas horas Federer puede ser número 2 y Nadal número 3. En unas horas veré a mi hermano mellizo y le daré un fuerte abrazo por su cumpleaños. Y veré a algunos amigos queridos. Y no veré a otros a los que me encantaría ver y echaré de menos.
Mierda de arcilla azul. Gracias por leerme.