‘Centauros del desierto’, el vengador errante (y V)

Vagando entre los vientos

El último tercio de la película comienzan en New Mexico, con Martin y Ethan encontrando a Mose Harper allí, y también a un mexicano que sabe dónde están Scar, su gente y Debbie. Hay un detalle importante en esta secuencia, cómo Ethan echa al fuego (después de impedirle beber) el tequila de Martin, casi provocando un incendio. Una imagen que dice mucho del carácter de Ethan.
Una vez en el campamento de Scar, percibimos el tratamiento de Ford, que con fuertes vientos y nubes de polvo convierte ese campamento en un inquietante y casi fantasmagórico lugar. Además, Ford iguala a Scar y a Ethan en sus respectivos odios y psicopatías contra la otra raza. Ambos son parecidos y además conocen mucho de la cultura de su enemigo. En la tienda de Scar por fin ven a Debbie. Scar les provoca para poder matarlos a placer, y casi lo consigue: les enseña las cabelleras de los Edwards, portadas por la propia Debbie, y luego la medalla francesa que le regaló. Ethan mantiene la compostura a duras penas. Acampan al otro lado del río, y allí va Debbie a encontrarse con ellos. En lugar de querer irse, les pide que la dejen allí. Es muy hermoso el plano en el que ella desciende corriendo la ladera antes de que la vean. Ethan, como suponíamos, intenta matarla, pero Martin se interpone entre ambos. Parece que todo va a acabar aquí, pero un comanche lanza una flecha a Ethan de improviso, antes de ser acribillado por Martin (cuánto ha cambiado este personaje en estos años), y ambos se ven obligados a huir a la desesperada. Consiguen refugiarse en una cueva en las montañas, y Martin derriba el caballo de Scar de un tiro.
Es notable ese plano en el que Ford, quizá la única panorámica en vacío de toda la película, en el que muestra las grietas rocosas en descenso. ¿Quizá una descripción del interior torturado y demente de Ethan? Martin, que tiene una paciencia y una bondad increíbles, se dispone a curar el veneno del hombro de Ethan. Pero antes Ethan le entrega su testamento. A Martin ya le da igual que le entregue a él todo su patrimonio, porque nunca olvidará que estuvo a punto de matar a Debbie. “¡Es una comanche!”. Martin está a punto de clavarle un cuchillo, fuera de sí, pero simplemente dice: “ojalá te mueras”.
Termina así la búsqueda, porque vamos a la boda de Laurie. Una boda que es la excusa perfecta para los bailes tradicionales que tanto gustan a Ford. Quedan muy bien en pantalla la verdad, y Ford filma y monta con mucho ritmo. Vuelve así el reverendo Samuel Clayton, que va a casar a la pareja. Que Martin y Ethan vuelvan justo en ese momento a casa, podría haber resultado forzado, pero por alguna extraña razón queda bien, quizá porque “necesitamos” como espectadores que interrumpan la celebración. Martin no puede creer que Laurie vaya a casarse (¡a pesar de haberle escrito una carta en cinco años!), y tiene lugar la famosa y cómica pelea con Charlie, además de un empujón que al tirarle junto con el banco de la cocina, incide en el carácter circular de la historia. Además, hay cargos de asesinato (por Futterman) contra ellos.
Pero también eso se ve interrumpido, pues llega un soldado de la caballería para traerles a un prisionero de los comanches y para avisarles de un acto punitivo contra ellos, acampados en teoría en los alrededores. Además, son los comanches de Scar. La figura de un relato circular, con los héroes encontrando lo que buscaban en el mismo sitio en que comenzaron la búsqueda, es algo clásico en la tragedia griega, y esta sin duda lo es. Ford, además, solía leer a Homero, y llevaba ‘La odisea’ durante el rodaje de esta obra maestra.
Es Martin, convertido en un hombre seguro de sí y en un guerrero formidable, el que descubre lo que quiere decir Mose Harper sobre el escondite de los comanches, y el que se ofrece voluntario, aún con la oposición esperada de Ethan, a sacar a Debbie del campamento de incógnito (aprovechando su piel oscura y la oscuridad de la noche). Debbie esta vez decide ir con él, pero les descubre Scar. Martin también mata al jefe comanche.
El posterior ataque de los rangers acaba con las defensas de los comanches, y Ethan encuentra el cadáver de Scar y le arranca la cabellera. Luego descubre a Martin con Debbie. Martin, temiéndose lo peor, intenta parar a Ethan, pero este se lo quita de encima a base de golpes. Debbie sale corriendo, pero Ethan la atrapa y con su caballo le impide correr más. Cuando parece que va a matarla, la alza de idéntica manera a como hiciera siete años antes en casa de su hermano, ella está aterrorizada. Duda por un segundo, luego la alza en posición horizontal, como si fuera su hija: “vámonos a casa, Debbie”.
Martin no sólo es un guerrero ya comparable a Ethan, el gran maestro, también es una persona bondadosa que ha recuperado a Laurie y se ha ganado un puesto en la sociedad blanca. Ethan lleva en brazos a Debbie hasta la casa de los Jorgensen. Todos la rodean y la llevan al interior. Nadie le dice nada a Ethan. Después de tres fracasos (la guerra de secesión, la guerra de México y la pérdida de Martha y su hermano) parece en paz por haber recuperado a su sobrina (o quizá hija secreta). Se toca el brazo como hiciera Harry Carey en sus películas mudas para Ford, se da la vuelta y echa a caminar entre intensos vientos. Maldito como el comanche al que arrancó los ojos a tiros para que no pudiera acceder al paraíso, Ethan se queda solo, en tierra de nadie, para toda la eternidad. Se cierra la puerta de la casa, en perfecta circularidad con la que abría el relato. ¿Significa esto una defensa por parte de Ford de la estructura social blanca por encima de la de los nativos norteamericanos? Puede ser. Pero el personaje protagonista, con el que sin duda más se siente identificado el director, se queda fuera, en busca de su alma. Los espectadores, al cerrarse la puerta, nos quedamos dentro. Esa es la puerta que tenemos que decidir, como seres humanos, cruzar o no.