El brillantísimo Sherlock Holmes de Robert Downey Jr.

¿Yo estoy escribiendo esto? Sí, me temo que sí. Estoy escribiendo que una película dirigida por uno de los capullos más recalcitrantes del cine actual (otros serían Darren Aronofsky, los en un tiempo muy lejano maravillosos hermanos Coen, Julio Médem y gente así)  el ex-marido de Madonna, Guy Ritchie, un individuo que ha perpetrado algunas de las más grandes estupideces audiovisuales que yo haya tenido la desgracia de ver en mi puta vida, es realmente brillante. Mejor dicho… ¡dos películas! La dos sobre el legendario detective imaginado hace más de un siglo por Arthur Conan Doyle copiándole la idea a Edgar Allan Poe. Y no tengo fiebre, ni me ha reventado la cabeza a causa de la tos (que ya no me martiriza tanto, gracias por preguntar), ni me encuentro en sospechoso estado de embriaguez. ¿Qué me estará ocurriendo? Ni idea. Pero lo que es seguro es que no me esperaba yo esto. Porque, con sinceridad, cuando me enteré de que este hombrecillo se había puesto tras las cámaras para dirigir una nueva adaptación de este apasionante mito literario, fue algo parecido a cuando me dijeron que Clint Eastwood iba a contar la historia de J. Edgar Hoover: hastío, indiferencia profunda, aburrimiento. Y cuando ví su éxito me dije: mal rollo. Y cuando hicieron la segunda parte me dije: más mal rollo todavía.
Y luego las veo y me lo he pasado en grande y me han parecido brillantes. Lo que es la vida.
Muchos se han echado las manos a la cabeza con este Sherlock bajito, travieso, más duro que un clavo oxidado y clavado en un ataúd, que en sus ratos libres se dedica al boxeo sin guantes (qué obsesión tiene el Ritchie éste con las peleas…), y cuyo Watson es más alto y espigado que él (¡horror! ¡blasfemia!). Como si se traicionara una leyenda o se cometiera un pecado imperdonable con todo ello. Cuando en verdad las leyendas están para eso, para traicionarlas y desmontarlas sin piedad, siempre que sea con inteligencia y buen gusto, y de ambas cosas andan sobradas estas dos películas. Porque sólo traicionándolas, actualizando un material tan vetusto (¿cuántos Sherlock han existido ya en el cine?) y dotándolo de frescura para las nuevas generaciones, tiene sentido y pertinencia un nuevo Sherlock (y si no, pensemos en el que están haciendo, estupendo y sorprendente, en la BBC). Y no voy a decir ahora que son dos joyas imperecederas del cine ni ninguna tontería por el estilo, pero la diferencia entre lo que buscan y lo que encuentran (y esto es lo más importante de todo en cualquier disciplina) es mínima, casi inexistente.
Son dos películas en las que, por encima de un diseño de producción absolutamente soberbio de Sarah Greenwood (con un vestuario realmente magnífico y unos decorados cuidados hasta en el más mínimo detalle), por encima de la sobresaliente fotografía de Philipe Rousselot (un operador realmente bueno que ya había dado cuenta de su gusto por lo decadente y lo gótico en ‘Entrevista con el vampiro’), por encima también de la vibrante música de Hans Zimmer, destaca por dos cuestiones mayores: sus intrincados y muy ingeniosos guiones (con diálogos que sorprenden por su viveza y capacidad de sugestión) y por la presencia irresistible de un Robert Downey Jr que, como en su papel de Tony Stark en cualquiera de las tres películas en las que lo ha interpretado, goza de un carisma arrollador y de una energía que le hacen perfecto para el papel.
Con evidentes influencias del estilo irreverente y la causticidad del ‘House’ de Hugh Laurie, que a su vez como todos sabemos estaba inspirado en el personaje de Conan Doyle, Sherlock nos enseñará a mirar, que de eso se trata, joder. Y nos pondremos tanto las pilas que miraremos en cada plano como si nos fuera la vida en ello, como si el más mínimo signo o elemento visual o sonoro que pertenezca al plano pudiera dar un giro en los acontecimientos (y, de hecho, lo hace). Así que miraremos cada esquina de cada encuadre, pero la película avanza a una velocidad tan endiablada (y sin perder jamás el ritmo) que a menudo este ejercicio resultará poco menos que imposible y tendremos que ver (literalmente, ver) la película de nuevo. Por si esto fuera poco, se trata de dos películas de aventuras en verdad vibrantes, de factura técnica (sonido, efectos sonoros, montaje, efectos digitales) impecable, capaz de competir en espectacularidad y sentido de la inmersión con un videojuego o con las series actuales más elaboradas a un nivel puramente visual. Y es que eran conscientes de que debían y de que podían competir con todo ello.
Luctuosas y apasionantes, bohemias y divertidísimas, poco importan en realidad los ataques de los espectadores más puristas. Imagino que harán una tercera parte. Ojalá sea tan brillante y gamberra como las dos anteriores. A fin de cuentas, para pasarlo bien en el cine pareciera que tenemos que hacer unas oposiciones o algo por el estilo. Qué aburrido, y académico y falto de estímulo se ha vuelto el cine, joder. Con sinceridad: no hay ganas de ver películas nuevas. Total, ya las he visto todas. O esa es la impresión que se tiene a menudo.