Mi padre

Hoy, voy a escribir sobre mi padre. Se preguntarán algunos: ¿y por qué?. Pues no hay una razón específica. ¿Es que se ha muerto? ¿Es que os habéis peleado? ¿Es que te ha entrado algo de ñoñería o, en su defecto, algo de rencor que curar? ¿Es que ya no sabes sobre qué escribir? ¿No se llama esta puta mierda de blog Cuaderno Audiovisual (lo pone ahí arriba, justo encima de tu nombre, haciéndote el importante: “…de Adrián Massanet”) y por lo tanto no deberías hablar de audios, o de visuales, o de lo que sueles decir tú, eso de “lo que veo y oigo todos los días”, so gañán? ¿Es que te aburres? ¿Es que te vas a poner lírico? ¿Es que… ¿Es que…

¡A callar todo el mundo!

Voy a escribir sobre mi padre porque me ha dado una ventolera, de esas que me dan a mí. Alegraos de que la ventolera del día no ha sido, qué se yo, quemar el parlamento, o hacer una lista con las personas más garrulas que he conocido en mi vida, o hacer un concurso de las tonterías más grandes que leo en internet o de la cantidad de mocos extraídos en una hora (también cuenta peso y tamaño… y formas… y colores). Es lo bueno de las ventoleras, no necesitan justificación. Menos aún cuando se trata de hablar del autor de mis días, un tal Sebastián Massanet, que apareció en este desgraciado mundo hace un poquito más de sesenta y dos años y que en 1979 tuvo la desgracia de fabricarme a mí, aunque la fortuna de que con el lío de ponerse a fabricar hijos le vinieron dos a la vez, y apareció también Jorge Massanet ese mismo día. También es cierto que si hubiéramos sido gemelos, en vez de mellizos, podría haber sido más divertida la cosa, pero tampoco reviste de verdadera importancia.

¿Cómo definiría yo a mi padre en una palabra?… Nah, es muy difícil con una sola palabra. Probemos con una sola frase… Puff, tampoco es fácil. Mi padre es de esas personas que no son de una sola pieza. Es decir, hay mucha gente que es tal cual la ves o tal cual se muestra, y aunque estaremos de acuerdo en que en el fondo casi todos los seres humanos son mucho más de lo que quizá llegues a conocer, también estaremos no poco de acuerdo en que lo máximo que puedes llegar a conocer de mucha gente deja bastante que desear. No por ese rollo infumable de las buenas y las malas personas, sino porque su cutrez mental es espantosa. Mi padre, sin embargo, nunca ha adolecido de cutrez mental. Lo cierto es que es un tipo muy inteligente. Más aún porque posee esa clase de inteligencia poco común consistente en ser inteligente en lo práctico y en lo abstracto, en lo cotidiano y en lo íntimo. Cierto que no siempre la demuestra o la comparte, pero cuando uno es hijo de Sebastián sabe perfectamente que esa cabeza nunca está quieta. Yo, por ejemplo, no poseo ni un ápice de inteligencia práctica. Y mi hermano anda sobrado de ella. Realmente somos el producto de una división.

Como mi padre nunca ha tenido mucha suerte, ni en lo familiar, ni en lo económico, ni en lo emocional, ni en casi nada, esa inteligencia no ha llegado quizá a explotar todo lo que podría haber dado de sí. Habla un inglés excelente (depauperado por el desuso, sobre todo), y ha sido capaz de defenderse con el francés y el alemán por el solo hecho de escuchar a sus clientes, lo cual, teniendo en cuenta los avatares de su vida, es un logro notable. Además, como posee esa curiosidad absurda hacia todo lo que le rodea, síndrome de las personas verdaderamente cultas, sabe cosas sobre los temas más dispares, y se interesa a fondo por ellas. Esto conlleva otro detalle, claro, y es que es tremendamente crítico con todo. Como ya no es ningún chaval este rasgo se ha vuelto más pétreo, y no suele estar de acuerdo con nada ni con nadie. Sospecho siempre un orgullo inaccesible por todo ello que le ayuda a seguir tirando. Como una isla de calma en lo más profundo de su ser.

Es algo torpe en las relaciones sociales. Pero en el buen sentido. Es tan buena gente que no tiene dobleces emocionales. Es como un niño listo que disfruta de un encuentro, de una charla amena con un desconocido. Me gusta verle hablar con alguien al cruzarse en la escalera. Y es una persona educada. Siempre espera lo mejor de todo el mundo, y por eso mucha gente le decepciona.

Sólo le he visto llorar dos veces. Una fue por culpa mía. Pero de eso no tengo intención de hablar. La vez que no le hice llorar yo fue tan terrible que he procurado borrarla de mi mente.

Es un hombre muy guapo. Posee ese atractivo de los hombres serenos capaces de explotar en cualquier momento. Rudeza y suavidad en un mismo cuerpo de hombre. De joven creo que era un rompecorazones. La forma de los ojos, intensa y noble, la ha heredado mi hermano. La voz la hemos heredado ambos, claro, y aunque todavía fuma (y a este paso, no lo va a dejar nunca…joder) sigue siendo una voz bien atenorada, que solo le traiciona cuando algo le molesta mucho, o cuando está muy cansado. Me acuerdo de él cuando yo era bastante pequeño, antes de salir a dar una vuelta por la noche de Mallorca, acompañado de mi madre. Tenía estilo, y lo sigue teniendo. Como buen tauro, come y bebe a veces sin mesura. Los placeres cotidianos de la vida le hacen sentir bien, le hacen sentir vivo.

Hace no demasiado tiempo me fijé en algo que nunca antes había visto en él. Sus ojos son marrones, de un marrón miel. Y alrededor de ambos, en la cara externa del iris, existe un anillo muy verde, muy luminoso. Es alucinante, de verdad. Él no le concede importancia. Es más, le trae sin cuidado.

Recuerdo algunos días en la playa hace muchos años. El pelo mojado sobre su frente. Poniéndose muy pronto moreno por efecto del sol, como mi hermano. Llevándonos a los dos pequeñajos y a su mujer en el viejo Corsa a playas distantes. Encontrando un restaurante estupendo en el que disfrutar de una buena paella con vistas al mar. Disfrutando del sol y de la sal. Se le daban, y se le dan, muy bien los deportes, aunque no es muy fuerte ni muy alto. Pero tiene una destreza natural compitiendo, y te pone a prueba siempre.

Le recuerdo a menudo agotado de trabajar. Sintiéndose incapaz de una sonrisa o de una palabra amistosa.

Gracias a él mi hermano y yo no íbamos a ver mierdas de películas. Cuando éramos muy enanos nos llevó a ver ‘Lawrence de Arabia’ y cosas por el estilo. Películas que para él eran importantes, valiosas. Tenía una colección de VHS estupenda, y me insistía con Frank Capra y John Ford, con el western, con las películas bien hechas y las historias bien contadas. Se emocionaba, porque es muy pasional. Es capaz de ver la misma película cien veces porque para él, como quizá para mí, son como viejos amigos con los que poder contar. No es de extrañar que le guste tanto Clint Eastwood, y que le guste tanto la música de su juventud. Recuerdo perfectamente sentarme con él a escuchar a The Beatles, siguiendo la letra de la canción y enseñándome la pronunciación correcta en inglés.

A veces creo que mi anarquía, mi rebeldía innata, le molestan, le desagradan. Me siento fatal en esos momentos. Su enfado es como un volcán. Muchas veces no pasa nada, pero sientes que el aire se carga de calor. No siempre nos hemos llevado bien él y yo. A veces no sé qué espera de mí. Si le satisface lo idiota que soy, o lo oscuro que soy muchas veces. No tengo ni idea.

Pero todo eso es irrelevante en comparación con su corazón. Tiene un corazón muy grande y muy escondido. Es imposible saber lo que siente o lo que le conmueve, porque lo tiene cerrado a cal y canto. Si no lo tuviese así, quién sabe cuantas cosas, infiernos, paraísos, dolores, remembranzas, anhelos, pérdidas, victorias, nostalgias, triunfos íntimos, podrían salir… Yo creo que explotaría.

Mi padre es un guerrero. Quizá el tipo más duro que he conocido jamás. Ojalá tuviera yo un diez por ciento de esa dureza. Una dureza que sin embargo refleja, nítida, apasionadamente, la fragilidad vehemente de su interior. Él me ha inspirado muchos personajes de mis cuentos.

Finalmente dí con la frase que le define: mi padre es el tipo más fuerte, y más frágil, que conoceré jamás.