El río, el árbol y la muchacha

Una vez soñé algo que luego he recordado durante muchos años. No estoy seguro de en qué momento exacto tuvo lugar ese sueño, pero lo más probable es que yo fuera muy pequeño. No tendría mucho más de cinco o seis primaveras. De lo que estoy seguro es que solamente lo he tenido una vez, este sueño que voy a contar, mientras otros han sido mucho más recurrentes. Y sin embargo sus imágenes se me han quedado marcadas por algún extraño hechizo de la mente…

Caminaba yo por un parque, un parque urbano, que luego se transformaba en un bosque. Es decir, que desaparecía cualquier rasgo de la ciudad. A través de ese bosque llegaba a un río. Era un río muy agitado, muy bullicioso. Y, detrás de él, en la otra orilla del río, había una figura femenina. Se encontraba apoyada contra un enorme tronco derribado y cuyas raíces se levantaban muy cerca de la orilla del río. Ella estaba apoyada contra ese enorme tronco, mucho más alto que ella, y que poseía ramas también enormes, sinuosas. Esa figura femenina me saludaba. Yo, sin embargo, no conseguía ver su rostro. ya fuera por la luz del sol, que a su altura ofrecía algunas sombras mientras a mí me cegaban sus reflejos contra el agua, o bien por la distancia, que era la justa para no distinguir sus rasgos faciales. Creo que era una mujer, o una chica, de pelo castaño.

Me saludaba y me decía que fuera hasta allí. Y yo, hechizado por su presencia, estaba seguro de que debía ir hasta allí, pero no podía cruzar el río a nado. Así que me proponía encontrar un puente para llegar hasta ella. Subí por la orilla del río, en sentido opuesto a donde se encontraba ella. Y no encontraba ningún puente. Así que seguía subiendo. Caminaba tanto que el sol bajaba y llegaba el atardecer. Al fin, encontraba un puente, una pasarela sin barandilla ni apoyo de ninguna clase, que se balanceaba peligrosamente. Pero conseguía pasar, bastante atemorizado. Y a continuación bajé en sentido opuesto deseando ver la cara de aquella muchacha o mujer que me saludaba y que me resultaba tan intrigante.

Pero me perdía. Ni siquiera encontraba el árbol derribado. Caminaba hasta más allá del bosque y llegaba a una zona de colinas totalmente solitaria. Dejaba muy atrás el río. Se hacía de noche. Cuando estaba a punto de desfallecer de sueño, encontraba una valla, cerrada por un portón enorme de hierro negro. Y, detrás de esa puerta, una enorme mansión, también negra. Y en ese momento me quedaba dormido dentro de mi sueño.

A veces pienso en esa chica con el rostro borroso que no soy capaz de ver con claridad. También pienso en el tronco derribado. A menudo me he encontrado troncos caídos en bosques o en campo abierto, y el sueño vuelve otra vez a mí, como si ahora pudiera tocarlo. De modo que toco el maldito tronco caído que me encuentro en alguna parte y me vuelvo a sentir un poco más adentro de mi sueño, de aquel sueño.

Cuento este sueño porque estoy convencido de que no se sueña esto o aquello por el mero azar. Dicen algunos que los sueños son nada más que imágenes que el cerebro guarda y luego ordena a su antojo hasta formar muchas veces narraciones que nos hipnotizan y a las que es fácil encontrar símbolos o metáforas de la propia vida. No ha faltado gente que me ha comentado que esa mujer es mi madre, o que explica algunos sentimientos míos acerca de las mujeres, o cosas por el estilo. También que esa mujer es la muerte (acentuado, claro, por la presencia del río…), y que algún día la encontraré, etc… Pero más que explicaciones o enigmas, más allá de que pueden ser imágenes que el cerebro recolecta para mantenerse activo en las horas nocturnas, lo que me interesa es lo que hacen sentir a cada uno los sueños.

A mí, particularmente, pensar en ese sueño me ayuda a regresar, por razones que se me escapan, a las zonas más recónditas y misteriosas  y tenebrosas de mi infancia. A sentirme de nuevo en esos territorios, en los que casi cualquier cosa podía pasar. Ahora solamente sueño con mi trabajo, con mis padres, con personas a las que echo de menos y que nunca más volveré a ver, con situaciones terribles, humillantes, violentísimas, que me ha tocado vivir, con miedos, con frustraciones, o con anhelos que no sé si algún podrán cumplirse.

Es decir, ya no sueño. Ya no soy libre. Y cuando era un enano cabezón y feliz (porque era muy cabezón) tenía unos sueños acojonantes.