DIRECTORES y directores

Jamás ha sido mi intención escribir sobre cine para sentirme más listo que otros, o para demostrar que “sé más de cine” (valiente soplapollez, digna de patio de colegio) que otros. En realidad, escribir sobre cine es un placer. Porque me gusta escribir sobre algunos temas cinematográficos (sobre otros, como se ha comprobado después de tantos años, no escribo ni aunque me paguen), y porque, mal que me pese, porque no me aporta nada realmente interesante salvo el hecho en sí mismo, yo conozco el cine. No soy purista ni academicista, como sí lo son el 99 % de personas que escriben sobre cine en este país y, lo que es peor, sin ni siquiera saberlo (en el supuesto caso, muy poco probable, de que sepan además lo que significa la palabra académico, o la palabra purismo, cuando algunos no diferencian una coma de un punto). No soy fanático ni fundamentalista, ni un alelado incapaz de reconocer los fallos de algún cineasta predilecto. Pero por encima de todo a mí se me da bien escribir sobre cine. Y nada tiene que ver con eso que yo haya mamado las críticas desde muy pequeño, que yo haya tenido una educación cinéfila privilegiada, que yo haya asistido a la Escuela de Cine de Madrid para salir despavorido de ella, que luego haya hecho muchas prácticas y me hayan ensanchado la mente individuos que conocían el cine y que lo vivían sin tapujos y sin complejos tan extendidos entre tantos otros. Tiene que ver, sobre todo, con la pasión con la que vivo las cosas, con mi rebeldía ante todo y ante todos, y con que, joder, se me da de puta madre divagar sobre películas y directores, polemizar, debatir, provocar, hacer pensar, hacer dudar, levantar también pasiones salvajes y fobias incurables.

Por eso, cuando hago listas o establezco argumentos acerca de lo que yo considero interesante y de lo que considero una falsedad, no lo hago para sentar cátedra, sino para dejar claros mis gustos. A los que me leen y, sobre todo, a mí mismo, que tengo mi cabeza siempre funcionando en 788 direcciones diferentes. Y, por eso, porque tengo la inequívoca y desmoralizadora sensación de que reflexiono sobre el cine mucho más de los que lo hacen otros. Así, llego a la conclusión, efímera como todas, de que, al igual que existen dos tipos de personas (las que vale la pena conocer, a pesar de sus tremendos defectos, y las que no la valen, en detrimento de sus virtudes), existen también dos tipos de directores. Los que son creadores, los que tienen un mundo propio, los que son valientes, audaces, terribles, imperfectos y a menudo bastante imbéciles. Y los que aunque son muy astutos en ocasiones, quizá muy listos, quizá muy célebres, y a menudo sabes que su próxima película se irá al abismo del olvido de las personas con buen gusto. DIRECTORES y directores.

Dentro de pocas semanas se estrena la tercera parte de la saga del hombre murciélago dirigida por Christopher Nolan. Y un poco más tarde se estrenará la no-precuela de ‘Alien’ dirigida por Ridley Scott. A finales de año se estrenará la primera mitad de ‘El Hobbit’ dirigida por Peter Jackson. Son tres casos muy parecidos en dos aspectos fundamentales. El primer aspecto es que no son DIRECTORES, sino directores. El segundo aspecto es que hace mucho que está claro que estos tres directores, que saben de técnica y de marketing una barbaridad, no son capaces de levantar un mundo propio. En otras palabras, no son más que mercenarios. Me explico.

Yo soy tan memo que me fío del criterio de un gran DIRECTOR, llamado Enrique Urbizu, quien dijo que Nolan no le gusta absolutamente nada. Ignoro si será por razones parecidas a las mías, y además me da igual, porque me da energía moral para dejar por escrito mis opiniones. No voy a cuestionar la astucia, la “listeza”, el dominio de las herramientas narrativas de C. Nolan. Es un tipo pertrechado con las herramientas del oficio quizá como ningún otro de su generación, sobre todo para organizar grandes espectáculos. Ahora bien, más allá de Batman, un icono del cómic que además es muy atractivo para llevarlo a la gran pantalla (porque participa mucho del cine negro, porque es muy psicológico al mismo tiempo que muy épico), la carrera de Nolan, con la salvedad de la valiente ‘Memento’ (que tampoco era una joya extraordinaria, pero que es muy estimulante), no es nada del otro jueves. Es más, podríamos definirla como insulsa. La inanidad de ‘Insomnia’, la gelidez de ‘El prestigio’, el bodrio infumable y muy afectado de ‘Inception’, son clara muestra de que cuando este hombre se sale de una creación portentosa que no ha sido suya, deja mucho que desear en cuanto a director, y deja nítidas sus enormes limitaciones.

Muchos le comparan con James Cameron, y como el canadiense es ahora mismo objeto de burla y de ceguera por ciertos sectores de la cinefilia (casi todos), dicen que el británico le ha superado en cuanto a formalización de grandes eventos que no dejan de lado el cine de autor. Yo, que como bien sabrá el lector, estoy convencido de que Cameron va a sobrevivir a tanto plumilla y a tanta ceguera, y no hace falta defenderlo porque ya se defiende él solo con sus aventuras. Baste decir que cuando el canadiense hace una secuela, es decir ‘Aliens’, supera con creces a su predecesora y levanta un mito de la sci-fi. Pero, además, ha creado un universo personal, cosa que Nolan nunca hizo, con el mundo de Terminator. Y, por si fuera poco, ha levantado una obra monumental con ‘Titanic’ (y despreciar esta película por ñoña es poco menos que demostrar una estulticia galopante, por su dirección de actores, docenas de ellos, por su reconstrucción histórica, por su tempo narrativo, independientemente de que te atraiga o no esta película…) y ha propuesto un nuevo universo con la absurdamente denostada por algunos ‘Avatar’.

Por cierto que el azul de la fotografía de ‘El caballero oscuro’ es una copia del azul metálico de ‘Terminator 2: el juicio final’ y de otras películas de Cameron.

El caso de Peter Jackson es muy similar al de Nolan. Es un director que era prometedor en sus inicios, con propuestas tan estimulantes como ‘Criaturas celestiales’, pero que luego se metió en el mundo de Tolkien y se aprovechó de eso para construirse un estatus que nada tiene que ver con su verdadera talla como director. Más allá de sus adaptaciones (algunas bastante brillantes) de Tolkien, a nadie, ni siquiera a los que le consideran un gran cineasta, le interesan sus películas fuera de ese universo. Algo quiere decir eso, digo yo. Su remake de King Kong fue un sonoro fracaso estético, y su ‘The Lovely Bones’ fue ignorado. Ahora, escaldado, vuelve a Tolkien y prepara dos películas más, esta vez sobre ‘El Hobbit’, y a juzgar por el trailer, sigue copiando las ilustraciones de los más célebres dibujantes y pintores del universo tolkiano, cuando no repite fórmulas ya empleadas en las anteriores películas. ¿Esto es un DIRECTOR? Bajo mi punto de vista, no.

Y para terminar, uno de mis directores preferidos para montar debates, el celebérrimo Ridley Scott, quien después de muchas películas demostrando su incompentencia narrativa, su nula dirección de actores, su cuestionable sentido visual, ahora vuelve a un universo que le hizo famoso, por mucho que digan que no, que no es una precuela. Tragarse eso es como tragarse que los Oscar son una guía para el buen gusto: algo digno de un parvulario. Dicen que ‘Prometheus’ no está mal, otros dicen que es una tontería de película. La veremos y comentaremos. Si me gusta no tendré problema en decirlo, igual que no tuve problema en decir que el Sherlock Holmes del capullo de Guy Ritchie es absolutamente brillante. Es la ventaja de no ser un fanático.

Ahora, estos tres directores qué tienen que hacer frente a otros verdaderos DIRECTORES. Y hablo de gente como Alfonso Cuarón, como Michael Haneke, como Paul Verhoeven, como Zhang Yimou, como Jacques Audiard, como David Chase, como David Simon, como Roman Polanski, como Paul Thomas Anderson, como James Gray. Absolutamente nada.

Pues eso. Ya hablaré con toda la sinceridad posible de estas tres películas en La Columnata.