‘Los Soprano’ y la nada

Se ha escrito tanto sobre ‘Los Soprano’ (no tanto sobre otra serie mítica de la HBO que es ‘A dos metros bajo tierra’… de hecho creo que el ensayo que escribí sobre la serie de Alan Ball podría ser fácilmente el primero en todo el mundo…un ensayo que tiene una docena de lecturas todos los días, lo cual me llena de orgullo como si hubiera escrito una novela y hubiera vendido cien mil ejemplares ) que escribir algo sobre ella en este momento, aunque sea un humilde post, suena a poco pertinente. No existe indicio mayor del impacto de una creación audiovisual que no poder escribir un simple post sobre esa creación en un blog que no conocen más que cuatrocientas personas sin sentir que estás fuera de lugar. Aún así, como soy más cabezón que una mula, lo escribo igual. Aunque he de reconocer que me queman las yemas de los dedos cada vez que rozan una tecla…

He de dejar clara una cuestión, antes que nada. Desprecio a los gangsters. A pesar de que en cierto modo respeto a los que mandan a tomar por saco las convenciones sociales, aunque sea valiéndose de la violencia (no toda violencia es mala…la violencia no es mala, es violencia…el hombre es malo, la mujer es cruel), y hasta admiro a los que se hacen a sí mismos y no se dejan engañar por la hipocresía de una sociedad demente, me caen muy mal los matones. Los que se abusan de su fuerza. Contaré una cosa: con unos ocho años de edad, un retrasado de quince que iba a mi colegio y que se dedicaba a amedrentar a los chavales, me empujó. Le di tal patada en los huevos que se lo tomó fatal, y me sacudió hasta hacerme sangrar. Nunca me han gustado los abusones (los que abusan de su fuerza, de su autoridad, o de su suerte). Y la mayoría de los gángsters es lo que son. Muy pocos tienen clase, o estilo, o inteligencia. Les odio. Sólo saben amenazar y no tienen cojones para pelear en condiciones equitativas.

Voy a decir aún más: a David Chase, creador de ‘Los Soprano’, da la impresión de que tampoco le gustan los gángsters, aunque se ha criado en ese ambiente y ha parido la que posiblemente sea, junto con ‘The Wire’ (la extraordinaria serie de David Simon sobre la vida, la puta vida, en cualquier ciudad) la serie más grande, más completa, emocionante, compleja y terrible de todos los tiempos. Sin embargo, aunque no le gustan, es capaz de extraer de ellos un patetismo, una humanidad y una compasión que son el verdadero rasgo catedralicio de la peripecia de Tony Soprano y sus dos familias: la mafiosa y la real. Lo más difícil no es hablar sobre buenas y malas personas. Lo más difícil es llegar a la conclusión de que el ser humano es una puta mierda, pero que esa puta mierda aún posee un halo de enigma, de redención, de belleza. Y mostrarlo.

Crear es amar, amar es odiar

Cuentan que la primera motivación de David Chase (cuyo verdadero apellido es DeCesare) para dar a luz esta serie, después de muchos años trabajando como guionista asalariado en creaciones de segunda fila, como mucho, fue hablar de sus propias experiencias con su madre. ¿Cuándo va a aprender tanto plumilla despistado, tanto supuesto crítico, que solamente desde el mundo interior es capaz un artista de hablar del mundo y de la condición humana? Chase, en su plenitud, vendió la idea a la HBO. La idea de un mafioso que tiene problemas con su madre y que sufre de estrés en su trabajo, y que recurre a un psiquiatra para aliviar su sufrimiento. Una idea que luego sería plagiada (porque solo las ideas son plagiadas, las novelas y las películas no pueden serlo) en esa muy mediocre película titulada ‘Una terapia peligrosa’ (‘Analyze This’, Harold Ramis, 1999), que se estrenó el mismo año en que empezó la serie de Chase, y que no supone ni una milésima parte de la emoción y el ingenio que Chase y su insuperable equipo lograron.

Porque Chase, DeCesare, alcanza la alquimia de convertir una serie sobre gángsters, con los referentes ineludibles de ‘El padrino’ y de algunos filmes de Scorsese, en algo completamente nuevo. Y, sobre todo, en un microcosmos en sí mismo. Como si todo lo demás fuera la periferia. ¿Acaso los artistas no son criaturas inseguras cuyos sentimientos construyen un dique, un universo, en torno a sus propios miedos, y todo lo demás no puede ni siquiera hacer un eco de sus imágenes? Y lo hizo esculpiendo a un golem. Tony Soprano. El personaje más fascinante de la historia de la televisión junto con Gregory House. Una bestia asesina con sentimientos que, en su fragilidad, en su mezquindad, en lo más miserable de su condición, se hermana con todos y cada uno de los seres humanos. Ahí es nada. Chase sabe que no se puede odiar sin haber amado antes. Que el odio de ahora es directamente proporcional al amor que sentiste antes. Y que solamente amando sin límites puede crearse algo. Él creó este golem, esta bestia. Y sintió placer con ello, no me cabe la menor duda.

A DeCesare todo le importa una mierda, y actúa en consecuencia. Y por eso todo le importa demasiado. Hasta muchos de sus actores son parte del reparto de una película sublime dirigida por Martin Scorsese. Quizá la más inolvidable sobre la mafia real: ‘Uno de los nuestros’ (‘Goodfellas’, 1990). Lorraine Bracco, la mujer del protagonista, es la psiquiatra de la serie. Michael Imperioli, que en Los Soprano da vida a un personaje fundamental, el patético Christopher Moltisanti, era el capullo del bar al que primero Joe Pesci agujerea un pie y luego termina acribillado en la película de Scorsese. ¿Tony Darrow, al que Paulie desangra en la película de Scorsese? Un capo en la serie de Chase. ¿Tony Sirico? otro capo importantísimo, brutal, que salía en la película de Scorsese. ¿Frank Vincent, el mafioso al que apalizan y liquidan con un cuchillo de acero y a tiros y entierran, y exhuman, y vuelven a enterrar? El más terrible enemigo de Tony Soprano en las últimas temporadas. Amigo íntimo de Joe Pesci, por cierto. Otros, como Chuck Low, también gozaron de apariciones efímeras, pero muy poderosas, en ambas creaciones. El portentoso actor Dominic Chianese, que en Los Soprano interpreta al vital personaje Corrado Soprano, fue más difícil de detectar para mí, hasta que llegó IMDb y descubrí que, claro, que era Johnny Ola en una de las mejores películas de todos los tiempos, ‘El padrino, parte II’ (‘The Godfather, part II’, Francis Ford Coppola, 1974).

Chase, DeCesare, coge todo eso, y hace suyos muchos de los mitos, arquetipos, clichés, tópicos, de la mafia, y crea algo absolutamente único. Muchas de las secuencias de muchos de los episodios de Los Soprano son tan jodidamente geniales que dan miedo. Cada gesto, cada acción de Tony, significa mucho más de lo que debe ser en la narración superficial. Ir a ver a su tío a una consulta médica, y empezar la secuencia con Tony armando un mecano del cuerpo humano, o cualquier otra idea de las cientos que jalonan esta obra maestra, es para ponerse de rodillas y certificar la supremacía, la inteligencia superlativa, de un creador y unos guionistas que saben de sobra que están pariendo algo tan vital, tan sensual, que da miedo verlo. Una obra maestra en la que se habla de la dificultad de ser padre (¡y qué desastrosos padres son Tony y Carmela!), de la dificultad de ser marido, del sufrimiento de ser un macho en el mundo moderno, del arte, de la cultura ancestral que se desvanece, de la amistad traicionada, de la corrupción de todos los miembros de la sociedad, del placer efímero y de la sangre infernal que tiñe las pesadillas. Y sobre todo de la nada. De la Nada. Del ser sin ser nada. La Nada como única respuesta a tanta furia, a tanta desesperación. A tanta adrenalina.