Esperanza

Hoy uno de los lectores que todavía me soporta (el resto entra por la cantidad de fotos de mujeres desnudas que cuelgo en Cuaderno Audiovisual…o mejor, por el morbo de ver qué parida se me ocurre) ha entablado un diálogo muy interesante conmigo vía Twitter y, a raíz de mi post de ayer, ‘Antidisturbios=Antidemocracia’, se ha animado a escribir un post en su propio blog, que lleva por título ‘El sexo en los tiempos de crisis’, en el que por una parte deja claro que le gusta lo que escribo y por otra parte me da una buena colleja por el último párrafo de ese post, o artículo, o texto, o lo que sea, que al parecer no le ha gustado nada porque, según su punto de vista, estoy muy equivocado, y lo contextualiza escribiendo cosas con las que estoy parcialmente de acuerdo, como que España es un país muy complejo que no se va a culturizar por arte de magia, y que no es un país que no te puedes tomar en serio.

El párrafo en cuestión, con el que según él intento “vender la moto” (no sé muy bien qué significa eso), y que no le ha gustado nada, era el siguiente:

“La vitalidad de los oprimidos terminará venciendo por mucho miedo que nos metan en el cuerpo, por muchas hostias que nos den. Estoy plenamente convencido de ello”

Él, que creo que es chileno, supongo que se lo habrá tomado como que yo me refería a España solamente, aunque en realidad me refería al mundo entero. Aunque no pasa nada. Creo que es chileno (si no lo es, espero me disculpe mi ignorancia), y este chaval (u hombre, o anciano, no sé qué edad tiene) me ha demostrado dos cosas que me han animado bastante. La primera es que se puede estar en desacuerdo conmigo sin faltarme al respeto (quizá porque a diferencia de otros que no saben diferenciar una coma de un punto, o que poseen el mismo vocabulario que un adolescente semianalfabeto, sé escribir bastante bien, en caso contrario creo que me merecería que me mandaran callar de una vez), y la segunda que se me puede hacer pensar dándome una colleja, y que no necesito que se casen conmigo para ponerme las pilas. Su respuesta me ha hecho pensar bastante durante toda la tarde, una tarde marcada por protestas y manifestaciones en toda España de muchos a los que no les sale de los huevos acatar las órdenes de los poderosos.

Me ha hecho pensar en mi forma de tomarme la vida, el hombre y el mundo.

Me he dado cuenta de que a veces escribo en este blog sobre la sociedad, sobre la deriva del mundo, sobre cuestiones reales que son muy jodidas, pero que luego suelo ser bastante esperanzador en mis conclusiones finales. De que puedo ser muy cañero con la gente, de que puedo destilar mucha mala hostia, pero que al final me “ablando” un poco y dejo patente una cierta esperanza, un cierto ánimo. Es así, ciertamente. Al contrario que uno de mis escritores más admirados de la actualidad, el terrible Palazón con su blog Arcángeles, puedo ser muy pesimista pero luego me relajo un poco. Esto puede parecer una forma de bipolaridad intelectual, o incluso una contradicción insuperable. Pero no lo es. Palazón cree que el hombre es una puta mierda pinchada en un palo. Yo también. Palazón cree que no hay posibilidad de redención. Yo tampoco.

Pero creo más cosas. Y la palabra creer para mí es muy importante. Vamos por partes.

Confieso que cada vez que leo una frase pronunciada por Martin Luther King, uno de mis héroes (más aún cuando no creo en la resistencia pacífica que él predicaba, porque mal que me pese soy un tipo bastante violento y visceral) me conmuevo hasta lo más profundo. No sé muy bien por qué, pero es así. Amo a ese hombre, amo todo lo que hizo y lo que significó su estancia en este mundo desgraciado. Él dijo ésto:

Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.

Sin embargo, uno de mis gurús intelectuales, el genial Friedrich Nietzsche, en mi opinión uno de los más grandes sabios de la historia, escribió lo siguiente:

La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.

Mientras la primera frase me llena de una energía luminosa, la segunda me colma de una energía tenebrosa. No importa. Ambas son energía y bienvenidas sean. Lo que dijo el activista afroamericano es algo extraordinario, mucho más de lo que pueda parecer por sus catorce palabras. Significa, simple y llanamente, negar la muerte. Por otro lado, lo que escribió el sabio alemán, también catorce palabras (siempre en castellano, y según las versiones, claro…) es la negación de la vida.

Yo soy el tío más pesimista que imaginar quepa. Lo saben mis amistades perfectamente. Si se me requiere para un vaticinio, suelo dar el peor de todos. El más espeluznante. Me curo en salud. No quiero sorpresas. Cuando me preguntan cuál es el mejor día de la semana, no digo ni jueves, ni viernes ni sábado. Respondo que el lunes, porque el siguiente fin de semana ya está más cerca, mientras que el viernes, por ejemplo, ya se nos está escapando entre los dedos el fin de semana más próximo. Aunque no he vivido en Somalia ni mi familia ha sido violada primero, torturada después, y asesinada al fin de forma salvaje, mi vida no ha sido un camino de rosas. Por mi extraordinario instinto autodestructivo he sido capaz de juntarme con gente muy tarada, algunos de los cuales serían felices si muriese, o si sufriese una enfermedad terrible, o si lo perdiera todo y mi vida se convirtiera por fin en un infierno. Me consta. He pasado épocas tan terribles, tan oscuras, que la muerte para mí habría sido una liberación, no una maldición, y me he quedado a pesar de mí mismo por mi familia, convertido en un despojo humano, en un escombro emocional para el que hacerse el café por las mañanas era una hazaña hercúlea, aguijoneado por recuerdos terribles (terribles por lo hermosos que eran…), incapaz de pensar que merecía un ápice de felicidad, un pestañeo de alegría, una palabra amable, un ánimo, un beso, un abrazo, un halago, un empujón, un guiño, un cariño, una sonrisa, una conversación respetuosa, una danza, un polvo, una oportunidad…

Y sin embargo…

Sin embargo en lo más profundo me quedaba algo absolutamente demencial. Una chispa de esperanza. Y no sé de donde coño venía, ni cómo podía existir algo así. Pero ahí estaba. Intentaba expulsarlo de mí, pero ahí se quedaba.

¿Cómo tener esperanza? ¿Cómo tener ese ánimo? ¿Ese ánima?

¿Cómo cuando los idealistas mueren solos? ¿Cuando los grandes escritores mueren por una infección de oído en un motel de mala muerte (Wilde), o con los harapos de un mendigo que ni siquiera son suyos y tardan tres días en identificar su cadáver (Poe), o sufriendo una persecución implacable por parte del estado (Pasternak)? ¿Cómo cuando a los ancianos de este puto país se les deja en la miseria, condenándoles a morir mucho antes de que pueda llegar la ayuda, o de que llegue su cita con el transplante, con la operación que les permitirá vivir seis meses más? ¿Cómo cuando mueren millones de animales despedazados cada día para dar de comer a esa plaga que es el hombre? ¿Cómo cuando esa idiota no puede ni concebir que, detrás de ella en el metro, intenta entrar más gente en el vagón antes de que se cierren las puertas? ¿Cómo cuando amas la fuerza de un lobo en un documental pero sospechas que ese lobo ya ha muerto de inanición porque se lo han arrebatado todo? ¿Cómo cuando lees libros acerca del genocidio de indígenas de sociedades preindustriales que luchan por su supervivencia pero a los que llaman salvajes y les asesinan impunemente en aras del progreso? ¿Cómo cuando hay futbolistas que ganan más en un hora que tú en 35 años de trabajo honrado? ¿Cómo cuando el arte se ha convertido en marketing? ¿Cómo cuando publican libros los que deberían volver al parvulario mientras intelectuales de gran capacidad son ignorados?

¿Cómo?

Es estúpido, y canalla, y demente, y absurdo, y abyecto, y es infantil, y digno de un subnormal de baba.

Pero sigo teniendo esperanza. Aunque el dolor físico es algo sin necesidad biológica, porque muchos dolores físicos, que en teoría te advierten de que algo va mal en tu cuerpo, son desproporcionados, brutalmente desproporcionados. Aunque algunas criaturas vienen a este mundo a morir a los pocos segundos de nacer. Aunque todo parece digno de un Diabólico Creador que se divierte con el sufrimiento de los demás. Aunque a lo mejor no haya tal plan y nada signifique nada. Aunque por cada segundo de alegría haya mil horas de sufrimiento. Aunque el sufrimiento, cualquier sufrimiento, hasta el de la persona más imbécil y más odiosa, sea inmerecido.

Porque sonreír cuando todo va mal es mucho más que realizar las doce pruebas de Hércules. Porque aunque la hemos cagado mil veces, a nivel personal y global, algunas cositas buenas hemos hecho. Porque reconocer que eres mortal y eres una puta mierda, y aún así vivir es superar a los dioses, existan o no, y ellos lo saben, existan o no. Porque aún podemos luchar. Y luchar es mucho, muchísimo más hermoso que triunfar.