Sobre ‘The Dark Knight Rises’ y ‘Los Vengadores’

Vista ya la tercera parte sobre las peripecias del hombre murciélago dirigida por Christopher Nolan, he de comentar inicialmente dos cosas: que me la esperaba bastante peor y que ya escribiré un extenso y concienzudo análisis de esta película, así como de lo que significa esta saga en su globalidad, en pocos días, pero en La Columnata, Diario de Opinión Independiente que va a ser algo verdaderamente especial, por la gente que va a colaborar en él, por la ilusión que tenemos, y porque es probablemente uno de los proyectos culturales más interesantes que van a surgir en los próximos meses. Hasta entonces me limitaré a esgrimir algunos argumentos acerca de esta nueva película del niño mimado de Hollywood en la actualidad y a compararla sin el menor atisbo de vergüenza ni de objetividad con la otra gran película de superhéroes del año, la magnífica ‘Los vengadores’, y la comparo porque me apetece, porque es divertido, estimulante, quizá absurdo pero también luctuoso. Y no sobran las razones luctuosas hoy en día para llevar a cabo absolutamente ninguna empresa. Menos aún, una empresa intelectual.

Estaba claro que la última película de la trilogía de Nolan no iba a suponer la segunda venida de Cristo. Estaba claro para todos menos para los fanáticos, por supuesto. Y España está llenita de fanáticos, en todos los órdenes. Así las cosas, con la increíble expectación levantada, con el agravante de la matanza en un cine de EUA, era inevitable que muchos salieran decepcionados y que otros se reafirmaran en la genialidad de Nolan y en su veneración por tres películas que ciertamente, y pese a sus fallos (no pocos), está bastante bien. La capacidad de sorpresa ha desaparecido y Christopher Nolan, que es un director tremendamente inteligente, hace lo que puede, desplegando el talento del que dispone, y cierra su visión del vigilante enmascarado con un tono otoñal muy de agradecer y armando su película más como una coda, como una despedida, que con la intención de superar la anterior película. ‘The Dark Knight’ nos gustó mucho a todos, es la más sólida y la más impresionante. Y el cineasta parece aceptar que no puede superar aquello y se entrega con pasión y con cierta humildad a una despedida que cuando no bordea peligrosamente la cursilería, es ciertamente hermosa. Porque al contrario que en la segunda entrega, aquí vuelve a dedicarse con compasión en la figura de Bruce Wayne, como hiciera en la primera película.

De tal forma que sus virtudes y sus defectos como cineasta quedan perfectamente grabados en cada secuencia de esta película, en la que la humildad y la ambición se dan la mano de forma un tanto esquizoide, demostrando que no sabe dirigir secuencias de acción con la destreza de los grandes maestros del género y que su estilo a la hora de planificar puede demostrar en ocasiones muy buen gusto y en otras la desidia de un director de segunda fila. Y en la historia, en la trama, se acerca extrañamente a ‘Los vengadores’, la épica película de aventuras que nos llegó hace pocos meses y en la que se demostró que con cientos de millones de dólares aún se puede montar un gran espectáculo lleno de inteligencia y buen gusto sin llamarse James Cameron. Son dos películas en cierto modo complementarias, pues nos narran un mundo en ruinas en el que el hombre común se ve subyugado, sojuzgado, por fuerzas mayores que él mismo, y en el que los fuertes han de tomar posiciones morales para definirse dentro de él, compartiendo ese mundo, o destruyendo ese mundo. No me parece pues circunstancial que ambas terminen con la amenaza de una bomba nuclear que puede acabar con un icono de la sociedad occidental (Nueva York en ambos casos, aunque en la película de Nolan tenemos que sospecharlo por algunas imágenes de las lindes de Gotham) y ambas concluyen con un sacrificio. Pero en la forma está la clave.

Porque mientras la película de Nolan es tremendamente opaca, autocomplaciente, convencida de su importancia, la de Whedon es realmente sensual, vitalista, bella. No quiere convencer de ninguna importancia, sino que se limita a ser feliz y a hacer feliz al espectador. Y lo consigue con creces. Y valiéndose de imágenes de tremendo sentido de la aventura. Un sentido de la aventura infinito que entrega al espectador una cierta fe, una cierta esperanza. Además lo hace con sentido del humor, con ironía, y con un sentido de la maravilla que devuelve al depauperado género de aventuras una cierta dignidad, una cierta belleza, una gran vitalidad, un optimismo que no está reñido con una concepción trágica del hombre. Y con grandes secuencias, ninguna de las cuales puede ser igualada por la de Nolan, un director más psicológico que aventurero. Nolan no es un cineasta tan apasionado como Whedon, que firma un clímax de aventuras al final de ‘Los vengadores’ que deja con la boca abierta. Por su ritmo, por su intensidad, por su imaginación, por su ironía, ayudado por un grupo de intérpretes en estado de gracia que se creen cada puta frase que dicen como si les fuera la vida en ello.

Dicen que habrá más Batman, pero ninguno ya dirigido por Nolan. Bueno, el cineasta ha dado su aportación y le ha reportado fama y muchísimo dinero. Que lo disfrute y que haga más películas. Batman es mucho, mucho más, que Nolan.