Es absolutamente increíble, dantesco

Es como sentarse en la noria del tiempo y, al regresar al punto de partida de la noria, constatar que nada cambia, que todo sigue igual, que lo que supuestamente dejaste atrás sigue estando ahí, con el mismo vigor de antes, dispuesto a morderte. La noria sigue girando y tienes la engañosa sensación de que lo dejaste atrás, de que en lugar de estar a bordo de una noria, estás subido al carro del progreso mental. Pero es todo mentira. Vuelves al mismo sitio, y el espanto sucede a la incredulidad. Desde estas páginas en las que hablo de lo que veo, de lo que siento, de mi familia, de mis errores, de mis deseos, de mis percepciones, he sostenido más de una vez (y a este ritmo no creo que deje de sostenerlo jamás) que la panda de sinvergüenzas que nos (des)gobierna están locos de atar y son peligrosos, que no vivimos en una democracia sino en un estado policial tiránico, y que todo sigue exactamente igual que hace quinientos años, con los señores feudales y los campesinos, solo que con el escenario cambiado, con lo superficial distinto, pero lo profundo idéntico.

Todo esto viene a cuento de lo que quiere hacer Gallardón con el derecho a abortar. Todos los que votaron a esta panda de canallas yo no sé qué estarán pensando ahora, pero sí se que si Gallardón dejara preñada a alguna infeliz que tuviera los redaños de follarse a semejante engendro (nunca me decido de qué dirigente del PP es más feo, y es que todos los tiranos, todos los canallas, todos los cobardes, todos los paletos, son más feos que pegarle a un padre), y resultara que la chica en cuestión debiera permanecer en el anonimato, o si el futuro bebé tuviera una malformación, este lumbrera que devuelve a España al lugar del que nunca salió, la caverna, querría abortar, si es que no lo ha hecho ya. No sé en qué red social leí, creo que en Twitter, que no sería mala idea si todos pudieran pagar los futuros cuidados médicos de la infortunada criatura. Pero como no se puede, la ignominia alcanza niveles grotescos, inenarrables.

La cosa es la siguiente. Los poderosos, los que deciden por los demás, que son mayoría, aún en contra de lo que quiere la mayoría (y eso que yo, que no soy demócrata, no creo en la validez de la mayoría, muchas veces injusta y hasta cruel, pero menos aún creo en la validez de una minoría de privilegiados), están decididos, en realidad lo estuvieron siempre, a aherrojar al hombre común hasta encadenarle y exprimirle y escupirle. Bien. Esto es así, siempre fue así, y no va a dejar de ser así. Lo acojonante del asunto es que además de imponer sus leyes sobre la forma de ganarse la vida, sobre el capital, sobre lo material, estos individuos luchan también por imponerse en lo moral, en lo abstracto. Es tan dantesco que da risa, y las futuras generaciones, si llegan, se reirán pero de nosotros al constatar lo inmensamente estúpidos que fuimos.

Es decir: además de asfixiarnos con el capital, lo que quieren es decirnos cómo vivir. Por una parte imponen un sistema de producción demencial. Por otro, establecen lo que está bien en el ámbito privado. En las creencias, en el sexo, en la muerte, en la reproducción. Es tan increíble, que mientras lo escribo me cuesta asimilarlo. Los mismos que te roban y te hacen pasar por un malhechor a ti, te están ordenando con quién tienes que follar, qué hacer a la hora de la muerte, y qué hacer en el caso de un nacimiento. Y lo peor de todo es que hay gente que lo acata sin rechistar, como corderos en el matadero. ¿Es que todavía no nos damos cuenta de que todo gobierno, cualquier gobierno, no es más que una inconveniencia, una ridiculez innecesaria que, mientras dice dirigirnos a no sé qué lugar absurdo, se hace con todo y aplasta la vida mientras tanto? Me pregunto qué coño hace falta para que los hombres comunes digan basta. Digan no. Digan hasta aquí hemos llegado.

Una casta de cínicos, que convierte la deuda privada en deuda pública, que condena a millones de trabajadores honrados, personas humildes, a la pobreza y a la desesperación, además les está diciendo qué hacer cuando se queden preñados. La broma sería cósmica si no estuviera al nivel del estiércol. El tal Gallardón, un don nadie que se cree alguien, un engendro indescriptible, está cometiendo el gran error de tocarles los ovarios a las mujeres, probablemente el ser más inteligente, con mayor capacidad de indignación y de respuesta, que ha dado este desgraciado planeta. Él verá. A largo plazo tiene todas las de perder.

Este sistema decadente, al borde de la autodestrucción, de devorarse a sí mismo en su voracidad, es el mismo de siempre: los privilegiados contra los humildes. Con ligeros cambios. Lo malo es que en Egipto o en Mesopotamia, por ejemplo, cuando los poderosos señores obligaban a la plebe a hacer sacrificios de vida, o a levantar monumentos absurdos a su ego, no existía esa idea tan dañina, la más dañina de todas en verdad, de la equidistancia, de la mesura, de que toda vida merece ser respetada y salvaguardada. La Ilustración no ha servido para otra cosa que para que el hombre se mantenga prudente, pacífico, mientras le están desangrando, para defender que la violencia no sirve de nada. Pero no toda violencia es mala. Y todo arde. Y ya va siendo hora de prender una fogata del tamaño de un continente.