El espectáculo audiovisual de Londres 2012

Joder, ya han pasado cuatro años desde Pekín. Ya está aquí otro año olímpico y de nuevo inmersos en esa vorágine deportiva y cultural que son los JJOO. Así que ya estarán aquí de nuevo todos los lugares comunes: que si esto es un negocio (¡claro que lo es!), que si es siempre lo mismo, que si el desfile de los deportistas (no van todos al desfile, por cierto) es un coñazo, que si esto de las Olimpiadas es muy bonito y muy emotivo, que cuánto dinero despilfarrado, que España no se va a comer un torrao como siempre, y un largo etc… Lo cierto, bajo mi punto de vista, es que una vez más la ceremonia de apertura de los juegos es una película en sí misma, y un documento perdurable sobre cómo funciona el mundo. Dirigida por un cineasta, el irregular Danny Boyle, después de que en los de Pekín el asunto le fuera encargado a otro cineasta, el legendario Zhang Yimou, ha sido una ceremonia bastante nostálgica, punk, ingeniosa y cinéfila. Más de lo mismo pero con el incontestable encanto de la capital británica, que por tercera es anfitriona de los JJOO (más que ninguna otra), una ciudad que, sin embargo, está claro ya no es la ideal para un acontecimiento de estas características. Porque las olimpiadas deberían transformar el ánimo de una ciudad entera, y esto no puede ocurrir con una urbe tan vasta como Londres. Pero esa es otra cuestión.

Aunque algunos puristas más aburridos que un partido de ajedrez retransmitido por radio insisten en la pureza de un cierto cine, en realidad todo es lo mismo. Las películas narrativas, las anti-narrativas, las series de televisión, los videoclips, las piezas de videoarte, la realización de eventos televisivos, los documentales. Todo participa de lo mismo: convertirse en una expresión de la vida. Y también en más cosas. En un espejo moral, social, global. Esto y muchas otras cosas fue esta ceremonia, en la que cuajó, como no puede ser de otra manera, un espejo del mundo, de este mundo, pero deformado y alterado, distorsionado aunque igualmente real. Siguiendo las reglas no escritas de lo que debe ser una narración con principio, nudo y desenlace. Con principales y secundarios. Con dirección de fotografía y con diseño de producción. Con la intriga del desenlace (¿qué se inventarán este año con la antorcha olímpica y el pebetero?). Con artistas invitados. Con mensaje. Con imágenes y sonidos que intentan trascender a la posteridad. En fin, con todo.

Estoy muy de acuerdo con esa afirmación, que Palazón repite incansable en su blog, de que el deporte es el opio del pueblo, de la misma forma que lo era el Coliseo en Roma. Una forma de distracción y una forma de falacia. Un microcosmos en el que millonarios (en muchos casos) disputan el premio con millonarios. Pero también es verdad que el deporte inspira, que el esfuerzo de un chaval o de una muchacha, por alcanzar el oro, viéndole sufrir y luchar durante días, es inspirador. Y llena de energía. Hay mucho de belleza en ello, por mucho que los JJOO sean otro negocio para los privilegiados y un dispendio para los humildes. También es verdad que las ceremonias de apertura y de clausura son un despilfarro, por mucho que quieran ir de austeros. Uno de los muchos despilfarros del ser humano que podrían emplearse para paliar algunas de las muchísimas necesidades que hay en el mundo. Pero al menos este despilfarro es para que todo el mundo disfrute y se una y se olvide de fronteras. Es ciertamente emocionante, aunque sólo sea para quien esto firma, observar desfilar a las naciones, muchas de ellas en guerra virtual o económica, compartiendo un mismo ideal de fraternidad. Para muchos será una chorrada, para mí no.

En ese sentido debo ser un bicho raro cuando a mí lo que más me gusta es observar el desfile. Por varias razones. La más poderosa de todos ellas es el plano/contraplano que ofrecen los deportistas y luego los mandamases levantándose y saludando desde la tribuna, como los perfectos mediocres que son. Ver al capullo tirano de Araubia Saudí sonriendo como un imbécil, levantando los pulgares cual chaval, ante el paso de sus compatriotas, es algo digno de enmarcar. Pero también, aunque hay que fijarse un poco más, ver el carácter de cada una de las naciones: los gélidos países del norte con sus guapas rubias deportistas, y los jubilosos miembros de los países africanos, sonriendo y bailando y haciendo el ganso, con sus bellos rostros y sus bellos cuerpos demostrando que algo queda del espíritu humano. Los de las naciones ricas con sus representaciones multitudinarias, y los de las naciones pobres, mucho más exiguos en número, pero con la cabeza bien alta. Con el público enfervorizado cuando pasa EUA, o Canadá, y con el público callado cuando pasa Kenya. Con las superestrellas pasando de todo, y con los jovencitos que nadie conoce exhibiendo orgullosos una mirada de niño, extasiados por todo lo que les rodea.

Ver a Muhammad Ali convertido en una ruina humana rompe el corazón, lo mismo que los comentarios de los periodistas de RTVE. Suerte que en las competiciones no hay ruinas humanas, sino jóvenes radiantes y pletóricos siendo felices de demostrar que no todo en la puta vida es ganar. Que lo suyo es luchar. Y eso es espectáculo, tan grande, colorido y febril como los fuegos artificiales que iluminaron Londres en la madrugada del viernes al sábado. Pero espectáculo noble, no el de demostrar, sino el de ser, el de estar vivo y presentar batalla. Sin más.