Sobre ‘Grupo salvaje’, y la autodestrucción

We want Angel – Pike Bishop

La penúltima frase que pronuncia William Holden, Pike Bishop, en la celebérrima ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’, Sam Peckinpah, 1968), podría traducirse por el literal “queremos a Ángel”, refiriéndose al compañero torturado y al que probablemente maten los esbirros del más sanguinario general que ha dado la historia del cine, y al que en un sacrificio bestial intentan salvar aún a sabiendas de que es prácticamente imposible lograrlo. Pero también por el más lírico, el metafórico, “queremos ángel”. Un doble sentido implícito en esa frase y en muchas otras frases, sonidos e imágenes de esta obra maestra del cine, tan espiritual y al mismo tiempo blasfema como las otras grandes películas de Peckinpah. Un director que mientras cabalgaba hacia una feroz autodestrucción fue capaz de levantar una obra no muy extensa en títulos pero arrolladora e inolvidable en sus conquistas estéticas, muchas de ellas basadas, precisamente, en la autodestrucción. Sin límites, sin piedad.
La extraña carrera de este cineasta legendario alcanzó muy pronto una madurez narrativa y en los temas que intentaba explorar, hasta el punto de que su segunda película ‘Ride the High Country’, que aquí se tituló ‘Duelo en la Alta Sierra’, estrenada en 1962, y quizá la muestra más pura del llamado ‘Western Crepuscular’, es un filme magistral que podía rivalizar en importancia, en vuelo poético, con el último Ford, con Raoul Walsh o con Howard Hawks, sobre todo en las aportaciones de todos ellos al western. El fracaso de ‘Major Dundee’ (1965) fue muy probablemente lo que le empujó a dirigir ‘Grupo salvaje’ no ya como si fuera la última película que quizá dirigiría jamás (por suerte, no fue así), sino como si fuera la última película que fuera a rodarse en la historia del cine. Así son los artistas: para ellos lo único que importa son sus películas, y las reglas que aplican para construirlas sólo sirven para ellos mismos. Todo lo demás carece de importancia. El resto del cine, el resto del mundo. Ahí radica gran parte de la fuerza de este filme excepcional, suicida: en que pareciera que después de él ya no puede haber nada más.
Personalmente, prefiero esa balada blasfema que es ‘Pat Garrett & Billy the Kid’ (1973), porque quizá con ella Peckinpah enterraba verdaderamente el western (enterrando a ese mito que es el pistolero con cara de niño), pero es imposible no rendirse a la evidencia: ‘Grupo salvaje’ es grandísimo, exquisito, cine, y con él no muere el western sino que propone nuevos caminos nunca antes indagados por ningún otro artista y que, sin ir más lejos, hacen posible la majestuosidad de esa obra maestra casi desconocida llamada ‘Deadwood’, una serie irrepetible que, estoy seguro, será recordada y estudiada por generaciones de cineastas que están por venir. Ya no hay lugar para un Oeste Americano heróico. Ni siquiera post-heróico. No hay ideales, ni romanticismo. Sólo una retorcida amistad, unos principios morales que se desangran con el recuerdo de los amigos muertos, una última misión suicida para ganar dinero (algo luego reinterpretado en el magistral ‘Sin perdón’ de Eastwood), la certeza de que el mundo, en los albores de la I Guerra Mundial, se derrumba a pasos agigantados mientras las aves de rapiña (mercenarios y aventureros de todo tipo) tratan de quedarse con los restos.
Una película sobre México
En realidad, a poco que el espectador de esta película sepa mirar (una cualidad más difícil de poseer de lo que parece, una cualidad que no se puede enseñar ni aprender) no está tan claro a qué grupo salvaje se refiere el título de la película. En principio, parece claro, que es la banda de ladrones profesionales, aventureros sin futuro, que comanda el terrible y ya avejentado Pike Bishop. Pero también podría serlo perfectamente el que les persigue, una panda de asesinos sin escrúpulos pagados por el ferrocarril y dirigido con amargura y resignación terribles por Deke Thornton. Pero también podría ser el numeroso grupo de soldados al mando del general Mapache. Y sin duda podría serlo el grupo de indios (indios puros los llama Ángel) que primero sorprende a los protagonistas, y luego, en la secuencia final, se reúne con el anciano Freddie Sykes y con Thornton para volver a empezar. Aunque quizá, pensándolo detenidamente, bien podrían ser los niños que, en las primeras imágenes de la película, se divierten entregando varios escorpiones a una colonia de hormigas rojas, para que los despedazen (y esta es una película sobre los niños también, sobre cómo quedan impresionados por la violencia, sobre su mirada, sobre su desamparo…es un niño el que mata a Pike…). O a lo mejor, simplemente, el grupo salvaje es el ser humano. Sin más.
Pero lo que está claro es que ‘Grupo salvaje’ es una película sobre México. Y se siente un amor casi reverencial hacia ese país, hacia sus gentes, su cultura y su luz. Con Estados Unidos convertido en un territorio cuarteado por las ambiciones y la codicia, México asemeja el paraíso perdido, el único lugar en el que aún pervive el Oeste. Porque en él se encuentran las raíces, la bella gente del pueblo humilde, confrontada de manera brutal, con los que van de salvadores, de revolucionarios, y son peores que aquellos caciques a los que se supone intentan derrocar. El emocionante, hermoso interludio en el que el grupo de Pike descansa en el pueblo natal de uno de ellos, Ángel, quizá el último momento de verdadera felicidad de los cinco protagonistas, concluye con la lírica despedida, convertido el quinteto de aventureros en algo parecido a semidioses quebradizos, borrachos y amados, hombres y leyendas, en lo más parecido al cielo que Peckinpah soñó en sus noches más febriles.
Pero, aún más. Porque México es en la película el cielo y el infierno. Unidos. Indisolubles. Peckinpah, artista eminente, sabía perfectamente que ambos mundos son el mismo y están en la Tierra. Que su grupo de bandidos termine allí refugiado y, en su desesperación, abocado a trabajar para un carnicero como Mapache, precisamente el abyecto canalla que mató al padre de uno de ellos y se llevó a su novia, por supuesto de Ángel, es una excusa para que este director extraordinario nos haga un dibujo de su visión del hombre, que es la más terrible que imaginar quepa. Sin embargo Peckinpah no juzga, no moraliza. No hay buenos o malos. Todos son malos. Pero algunos son valientes, lúcidos, leales.

Las imágenes y los sonidos de ‘Grupo salvaje’
Esta película se beneficia de un grupo de actores en estado de gracia. Por sobre todos ellos hay que colocar a cuatro. El efímero seductor convertido en figura trágica a su pesar William Holden. El recientemente desaparecido, pero siempre venerado, Ernest Borgnine. Un impresionante y melancólico Robert Ryan. Y el demente, salvaje Emilio Fernández, el indio, quien un día casi se lía a tiros con unos periodistas porque no recordaban el premio exacto que había ganado en Cannes, cineasta notable él mismo. Estos cuatro rostros irrepetibles cuenta con unos escuderos de lujo: Edmond O’Brien, Warren Oates, Ben Johnson, Jaime Sánchez, Stroher Martin, L.Q. Jones, Albert Dekker, Bo Hopkins y muchos otros. Todos ellos son una parte del corazón de Peckinpah. De sus muchos corazones. Con ellos puede el realizador demostrar lo grandísimo directores de actores que era, y desplegar una puesta en escena absolutamente entregada a los personajes, en la que cada encuadre, cada corte, cada sonido, es un ladrillo más en esta trágica narrativa de la desolación.
William Holden, que se mató completamente borracho dándose con la cabeza contra su mesilla de noche trece años después de esta película, convertido en una ruina humana, firma la que probablemente sea la más notable creación de su brillante carrera. Una carrera en la que hizo de todo, pero casi siempre de seductor torturado, y ya cuando alcanzó el estrellato, con ‘El puente sobre el río Kwai’ (‘Bridge on the River Kwai’, David Lean, 1957), con 39 años, ganando una fortuna por ella, y aún a pesar de que todavía retenía gran parte de su atractivo, ya se notaba lo demacrado de su rostro por efecto del alcohol. Once años después, siendo un hombre maduro, triunfa como el terrible Pike Bishop, verdadero alter-ego del director. Y es que Holden y Peckinpah se encontraron y se reconocieron como dos almas gemelas en su autodestrucción imparable. Es estremecedor ver a este apuesto hombre a punto de rozar una prematura vejez por efecto de sus adicciones, de su melancolía.
A su lado el gran Ernest Borgnine como Dutch Engstrom borda como si tal cosa el papel de escudero, de leal compañero de Pike. Siendo un intérprete capaz de dar vida a hombres muy nobles y también muy detestables, en esta película da un poco de ambos rasgos, convirtiendo a su maravilloso Dutch en otro mercenario crepuscular, que se emociona con las vicisitudes de sus compañeros y que es fiel a su amigo Pike, casi venerándolo, hasta el mismo final. Warren Oates, un actor tan Peckinpah, y Ben Johnson, tienen registros inferiores como los hermanos Gorch, pero son el perfecto reflejo de los “hermanos” que representan Pike y Dutch. Por último, Jaime Sánchez borda un precioso personaje, el del torturado Ángel, verdadero ancla y matriz de la historia, un mexicano en busca de venganza que encontrará un terrible final consumido por sus pasiones y que, en última instancia, provocará el pavoroso sacrificio final del grupo. Emilio Fernández, el indio, da la impresión de ser él mismo todo el tiempo, o lo que le habría gustado ser. Si se hiciera una lista entre los diez villanos más repulsivos de la historia del cine, su Mapache estaría sin dudarlo entre ellos. Y eso que sale en cuatro escenas. Y como coda la fascinante aportación de Robert Ryan, en un registro de melancolía y de sobriedad en verdad admirables, convirtiéndose en reflejo de los sentimientos del espectador, o lo que queremos que sean nuestros sentimientos.
Con estos mimbres, Peckinpah arma cada secuencia como si fuera la más importante de todas. Hay tantas antológicas que corta la respiración enumerarlas. Y todas ellas tienen un sentido interno, profundo, pero también una belleza y una energía incontestables. El sensacional momento en el que el grupo, atravesando el desierto a caballo, cae por la duna llenándose de arena, observado desde arriba por el miembro más hábil pero también más oscuro del grupo, Ángel, es sensacional. Porque el director aprovecha para dejar clara la mezquindad y el oportunismo de los hermanos Gorch. La decadencia de Pike. La admiración de Dutch por Pike. El patetismo de Sykes. La inteligencia de Ángel. Solamente esa secuencia podría ser un cortometraje, y sería brillantísimo. Pero hay muchas más. La ya mencionada del interludio en tierras mexicanas. El descubrimiento de que les han tendido una trampa, y que casi salen a tiros por unas arandelas, pero siendo capaces de terminar entre risas. El prólogo, brutal, y el epílogo, mucho más brutal, como si Peckinpah estuviera dispuesto a demostrar que si el comienzo era algo especial, podía superarse a sí mismo cuando quisiera. La escena de Pike con la puta decidiendo el sacrificio final. Prácticamente todas las escenas. O todas.
Con sensacional score de Jerry Fielding, con soberbia fotografía de Lucien Ballard, ‘Grupo salvaje’ es una de las películas más excepcionales que jamás he visto. Descarnada pero compasiva. Terrible pero bella. Serena pero compulsiva. Dolorosa pero liberadora. Magistral e inolvidable. La sensación de que la muerte está próxima a cada personaje, y a cada espectador, no empaña la energía de vida, la alegría de existir, de matar, de sufrir, de ser polvo que ama y muere.