La Nostalgia: una terrible enfermedad

No voy a ocultarlo. Llegar a la conclusión de que la Nostalgia es una enfermedad incurable, paralizadora, destructiva y arrasadora, ha sido gracias a las magníficas reflexiones de Andrei Tarkovski en su obligado ‘Esculpir en el tiempo’, así como resultado directo de las imágenes de su ‘Nostalghia’ (1983), la primera película que hizo fuera de su país natal, aunque con dinero ruso y con el beneplácito de las “autoridades” culturales rusas. A la sazón, era la historia de un poeta ruso que viaja a Italia para documentarse sobre un músico ruso exiliado y que, en ese viaje si retorno, tendrá que llevar a cabo un gran sacrificio espiritual para poder seguir mirándose al espejo. El mil veces maldito y torturado Tarkovski, artista eminente, sin poder continuar ejerciendo su misión de escultor de imágenes y de sonidos en su tierra, decidió largarse y dejar a su familia atrás, sin permiso para acompañarle en su exilio creativo. Y empezó haciéndolo hablando de sí mismo, de su desamparo emocional, de su aislamiento espiritual. De su cancerígena nostalgia.

La RAE define a la nostalgia como una pena, una melancolía. Es mucho más que eso. La melancolía, bien lo sabe Lars Von Trier, es una fuerza destructora que amenaza convertir en cenizas todo lo que rodea al afectado. La nostalgia, por su parte, reclama en su víctima la energía para mantener vivas las imágenes del pasado, aunque hace mucho que se fueron y aunque el tiempo las fagocitó y las tiñó con el carácter de lo irrecuperable. La energía del nostálgico se ve exprimida por la necesidad de negar el presente, de anhelar que ese pasado (que seguramente no era maravilloso, pero que conforma un mosaico en el que solamente lo bueno se clava en la carne) vuelva a ser presente. Así, la vida se convierte en un sufrimiento indescriptible, falso okupa de una realidad que nos preguntamos si es la verdadera, cuando en nuestro ánimo estamos convencidos de que no. De que había otra realidad que merecía estar con nosotros mucho más tiempo.

El nostálgico es un lobo estepario. Una bestia herida por el aguijón del tiempo. Un espectro que se mueve por las lindes de lo real, cuando para él lo real es otro mundo, otro tiempo. Incapaz de moverse, vive en un perpetuo estado de estremicimiento por la lucidez de que todo pasa, de que nada vuelve. Infradotado para comprender que lo único que importa es el futuro, y que el pasado es literatura. Y muchas veces barata.

La nostalgia viene de golpe, como una ola gigante entre un oleaje manso, que te sorprende cuando aún disfrutas de la placidez del mar. Su espuma y sus desperdicios te inundan la mente y te vuelven un inválido, un títere de sus designios. El perfecto fantasma de momentos pasados, a los que regresas mirando desde fuera, sin poder jamás volver a tocar la nieve que la cubría, o el sol de verano de la playa que lo teñía. La nostalgia es como una colonia de termitas, que te roe por dentro y que explota cuando te acercas, estallando en un millón de imágenes que te golpean con guantes de hierro. Y tú, permisivo, pones tu mejor cara, sueltas tus más brillantes lágrimas, para que te impacte con la mayor fuerza posible.

La nostalgia es el egoísmo supremo. El egocentrismo definitivo. La certeza de que tus recuerdos, tus vivencias más preciadas, aún en compañía de gente que no sabes del todo si merecía la pena, son lo más importante del universo. Es cortar tu cuerpo en pedazos, y ofrecerlo en el altar del sacrificio del tiempo. No permitir que la vida cale por entre tus poros, y expulsar por ellos únicamente desamparo. Es negar las propias fuerzas, quizá inmensas, para conquistar otros momentos que están por venir, y abrir la puerta siempre a lo que se fue, que a lo mejor te hizo daño o te humilló, pero que posee el inextinguible aura de lo sublime.

Es simple, y llanamente, estar muerto en vida.