La vieja emoción que provoca la nada

Viendo diversas pruebas clasificatorias y finales de los JJOO, vuelvo a pensar en lo que dicen muchos, como Palazón, cuando afirman que todo eso del deporte no es más que un negocio, un opio para el pueblo, una forma de evadirlos de lo único que puede condenarles y salvarles al mismo tiempo: la realidad. Pero también pienso que esto es la realidad, sin duda, la misma realidad, que son un grupo de chavales peleando por conquistar un pedazo de chapa redondeada lacado en oro, plata o bronce, y regresa la vieja emoción, la misma que desde el principio de los tiempos nos obliga a hacer algo, a ponernos en acción, en contraposición al verdadero estado del ser, que es no hacer absolutamente y llenarse de pasión. Esa pulsión que te lleva a jugar a las cartas, a beber whiskey compulsivamente, a comentar el trasero de las chicas que pasan, a debatir sobre libros y películas, a quejarte por todo sin hacer absolutamente nada para cambiarlo. Regresa, incólume, la emoción de observar cómo la energía, la fuerza, la juventud, se dedica a la nada que representa pasar a la efímera historia del hombre y del universo. Sentirte mas rápido, más fuerte, más resistente. Más diestro, más hábil. Invencible.

Tal como están las cosas, con el “mundo civilizado” yéndose deprisa y con los pies atados a una roca al garete, esos atletas para los que pasar a la siguiente ronda, superar en puntos o hacer lo mismo que los demás en menos tiempo, es lo más importante a lo que jamás aspirarán, suponen negar esa civilización corrupta, estéril, demente. Y quizá por eso a algunos como yo volvemos a sentir esa vieja emoción. Y lo celebramos. Porque cuando por ejemplo eventos tan subnormales como los Oscar se seguían con idéntica efervescencia anímica que unos JJOO, el tiempo, la edad, la lucidez y la cultura te obligan, te imponen, dejar atrás chorradas. Pero hay cosas que no quedan atrás, sino que renuevan su vigencia una y otra vez. Y observar a veinte corredores sobreponerse a la extenuación absoluta, sabes que participan de algo de eso que se llama belleza. Todos ellos son la pura imagen de la victoria. Hasta el que llega el último. Y todos ellos son la pura imagen de la derrota, hasta el que gana. Porque el tiempo le ganará a él. Y los que admiramos a los grandes deportistas sabemos, en el mismo momento en que triunfan, en que un segundo después no será más que un eco del pasado.

Y algo del espíritu humano, libre, indómito, reside ahí, en esa imagen del corredor de marcha que se desploma cuando falta poco más de un kilómetro para concluir la prueba, rodeado de espectadores que claman por un médico o una asistencia. En la fenomenal hazaña de Mireia Belmonte, que vence sus miedos emocionales y escénicos y se hace con dos platas en sendas finales apoteósicas, épicas. En la esgrimista que se queda media hora sentada, llorando, exigiendo una rectificación de los árbitros. En esa mano que se adelante al resto del cuerpo, queriendo cortar el aire, con la mirada fija en el infinito, del velocista que ve como sus rivales le adelantan, pero que en su interior siente bullir la inmensa energía del que piensa “no me sale de los huevos rendirme”. En la mula que se quita la camiseta y sin calentar lanza un peso a más de veintiún metros y se sabe un dios glorioso capaz de mover montañas. En los que ganan y en los que pierden. Pero sobre todo en los que pierden. En esa mirada que avisa que no están de acuerdo y que si se repitiera la carrera serían capaces de desencajar todos los huesos de su osamenta para alcanzar esa gloria, esa nada, esa chapa que a lo mejor no les salva de morir de hambre.

Es la mujer y es el hombre enfrentados a sus propias trágicas limitaciones. Soñando con un centímetro más, con una centésima de segundo menos. Con esa ráfaga de viento que, en el momento apropiado, cambiará el destino y le volverá un ser eterno. Es saber que el mundo es una puta mierda pero aquí estamos, joder, orgullosos, hermosos y jóvenes, representando lo más fiero de la raza humana. Sin rencores y sin enemistades. Aceptando, resignando. Pero también celebrando. Que no todo en la puta vida tiene una recompensa ni un castigo. Que ser, simplemente ser, y pugnar, es hermoso, coño. Que el ser humano, como buen depredador, no puede ni atisbar un pensamiento altruista, pero me quedo el último en la prueba y me siento jodidamente vivo, jodidamente bello.

Y la nada regresa como oposición al mezquino todo. Y la fragilidad se erige como verdadera fuerza. Y morir no importa cuando una vez fuiste parte de algo más grande que la mentirosa sociedad, el puto dinero, los mercados, la vejez, las naciones, la codicia, la hipocresía. Nada hay menos hipócrita que mostrar al mundo tus capacidades. Y que sentirte libre con ellas.