Críticos de cine

Más de una vez he escrito yo, en diversos sitios, sobre los críticos de cine. He hecho un compendio, no me acuerdo de cuántos epígrafes ni de cuantas palabras, sobre los lugares comunes que emplean estos, en su mayor parte, divulgadores o estudiosos de la historia del cine, he dejado en esta misma página algunas de las más asombrosas reflexiones del genial ‘El crítico como artista’ de Wilde, y, en fin, he dejado clara mi argumentación de que los críticos de cine, casi todos, son los más vagos y perezosos intelectualmente de entre todos los críticos de arte. Los que más se duermen en los laureles de lo políticamente correcto. Los que más dispuestos están a escribir y urdir falacias con tal de mantener a su parroquia habitual. Los que menos conocen otros artes o el Arte en general. Los menos capacitados para el verbo. Los más incultos. Los más fanáticos. Los más cobardes. Sobre todo en España, y sobre todo en blogs y otros contenidos de la esfera internet, verdadero hediondo pozo en el que poder rebozarse con el lodo de la ignorancia suprema.
Dicen que la “democratización” de internet ha permitido a muchos dejar por escrito sus ideas, de tal modo que muchos pudieran leerlas, sin necesidad de verlas impresas en papel. Yo, que no soy demócrata, porque ni siquiera de niño me tragaba los cuentos para niños, no puedo estar más en desacuerdo. Evidentemente, mucha gente valiosa, silenciada, ninguneada, ha tenido oportunidad de mostrar sus ideas y su destreza en la escritura gracias a la red. Pero no nos llevemos a engaño. Un gran porcentaje de los que escriben en internet no saben ni poner las comas en su sitio. Poseen un vocabulario digno de un adolescente semianalfabeto. Manejan frases hechas con el desparpajo del que se pide un café y se creen más interesantes por ello. Adolecen de una falta de espíritu crítico verdaderamente lamentable. Se envanecen como catetos bochornosos por la cantidad de lecturas que reciben, cuando este baremo no es sinónimo de calidad y mucho menos de importancia o altura intelectual. Y lo que es peor, muchos abominan de la crítica mientras intentan ejercerla, en el colmo del cinismo.
Las únicas razones por la que muchos leen a estos mediocres son que muchos lectores están a la misma altura que ellos, hacen gala de una recalcitrante pereza mental y de una abyecta carencia de personalidad, y la posibilidad de aprender de otros, que generalmente escriben sobre todo en papel, les parece un insulto a su supuesta inteligencia; y que leer contenidos culturales en la red es gratuito, mientras para acceder a los de un periódico o una revista hay que entregar dinero.
Lo diré mil veces y no me cansaré: un crítico de cine no es más listo o más inteligente (no es lo mismo…) que un espectador corriente. Está más preparado (supuestamente), eso es todo, y quizá tiene la oportunidad de ver más películas o más series. Nada más. El problema es cuando se deja de lado la probidad crítica y el crítico desciende al lodo en lugar de darle la oportunidad al lector, al espectador o aficionado, de elevarse. Pero ver más cine que nadie, o poseer una retentiva para los nombres y las fechas no te hace crítico de cine. Tampoco emplear expresiones como Obra Maestra. Tampoco hacer listas o imponer ideas. En un mundo en el que casi todos han olvidado que por nuestras características tenemos una misión que ejercer, en el que las novelas son escritas por periodistas y vendidas por falsos intelectuales de izquierda, en el que se confunde el diseño con el arte y el márketing con el impacto popular, el crítico de cine no es más que un títere, un bufón a las órdenes de una empresa y al son de un vulgo necio. Decía David Simon, creador de ‘The Wire’: “al espectador que le jodan”. Pero le había entregado una joya imperecedera sobre el hombre mientras tanto.
Y decía Tarkovski que la mayoría de los críticos perdían el tiempo empleando lugares comunes que manoseaban todos sus colegas, en lugar de ofrecer una impresión viva, emocional, de aquello que habían visto. Un crítico de cine como Carlos Pumares es el vivo ejemplo de lo que trato de decir. Un hombre bastante culto, un gran comunicador, que ha visto miles y miles de películas. Un lector contumaz. Pero en realidad no es un crítico de cine. Venerar hasta la saciedad esa tontería del “cine clásico” mientras se desprecian obras de arte recientes, no te hace crítico de cine. Ni mucho menos ofrecer un criterio tan poco consistente. Otros, como Ángel Fernández-Santos, Carlos Heredero o Miguel Marías, mucho mejores prosistas que él, y aún con sus fallos, adolecen también de una falta de perspectiva muchas veces irritante que no les impide (o les impedía, como en el caso del fallecido Fernández-Santos) una audacia y una pasión a menudo gratificantes. Estos cuatro nombrados, y otros, son la cabeza visible de una profesión depauperada hasta el extremo de las meadas de perro en las farolas, que en España, país de fanatismos incurables, de fundamentalistas sin seso, han caído en el descrédito y en la tristeza de quienes son incapaces de enriquecer al lector con su cultura y su personalidad, con sus saltos sin red.
Yo mismo he ejercido, y ejerzo, una cierta labor como crítico de cine, y he sido retribuido por ello. No creo ser un gran profesional por la sencilla razón de que me pierden mis pasiones, mis fobias y mi necesidad casi física de provocar. Siempre he escrito en internet porque no he tenido los contactos o las amistades necesarias para poder hacerlo en papel. Me han llamado de todo, agotando los insultos posibles de nuestra lengua. Nunca me ha importado lo que piensen de mí, ni que se malinterpretasen mis textos por un sector de los lectores potenciales, siempre que hubiera otros que comprendieran lo que intentaba hacer. Nunca he cometido pedanterías propias de un acomplejado (escribir bien, y con literariedad, no es ser pedante, querido lector…), y siempre he intentado tratar a los que accedían a mis contenidos con inteligencia y buen gusto. He atacado con fiereza todo aquello que me resultaba nocivo, y he protegido con vehemencia todo aquello que me proporcionaba placer. Me he ganado un nombre como escritor de cine porque nunca me he casado con nadie, y aunque muchos me odian (o eso creen, no se puede odiar nada que antes no se haya amado), de vez en cuando me llegan comentarios o twitters de gente que me sigue y que aprecia mi trabajo y eso me llena de orgullo digno y de felicidad. He escrito el primer ensayo en español sobre ‘A dos metros bajo tierra’ y sus veinte o treinta lecturas semanales me producen una alegría semejante a que fueran 20.000 diarias.
Y, por fin, después de muchos años de trabajar con chiquillos no destetados, que no reconocerían una obra maestra ni aunque se la pusieran delante de la cara, estoy escribiendo en un lugar recién parido en el que todos los colaboradores escriben bien, son comprometidos con lo que piensan, tienen personalidad y mala leche, y, al igual que yo, les importa una mierda lo que los tarados y taradas del mundo piensen de ellos. Es La Columnata, en la que escribo un texto semanal (el primero de ellos ‘Anarquía y Cine’), que trata de temas culturales, científicos, sociales, políticos y con grandes muestras de humor, y que puede ser uno de los pocos casos de internet en el que no se trata el diccionario a patadas ni se va de divo. En el que el lector siempre encontrará motivos para pensar o tener nuevas ideas. En el que no se considerará a ‘Casablanca’ la mejor película de todos los tiempos ni a Steven Spielberg un genio del arte. En el que los compañeros harán lo que mejor saben hacer: elaborar ideas y proporcionar ideas.
En el que poder decir lo que nos salga de los huevos sin pedir cuentas a nadie. Porque nada debemos y nadie nos debe nada.