Mi condenado ojo izquierdo

Ahí lo tienen. Mi maldito ojo izquierdo. En una imagen convenientemente retocada (por otra parte en fotos suelo salir bastante horrendo, para qué ocultar la verdad) con la que añadirle más dramatismo al asunto. Gracias a una herramienta del Instagram se puede convertir una imagen normal en algo parecido a una pintura. En este caso, resaltando las finísimas líneas de las pequeñas venas oculares, y volviendo más denso y oscuro el valle de las ojeras. Una foto perfecta para enmarcar una gran verdad: mi ojo izquierdo no tiene salvación. Está condenado a ser destruido. Las señales son demasiado numerosas y potentes como para soslayarlas, y no cabe otra postura que la de la resignación. Algún día acabaré con un parche en la cara cubriendo el hueco de mi ojo perdido.

Con pocos años de edad (dos o tres años de edad), siendo yo una especie de mini-Tarzán convencido de la necesidad imperiosa de escalar cualquier mueble a mi alcance, me dio por pensar, en mi ingenua tontuna, que además de un émulo de Tarzán, podía serlo también de Superman, y me lancé en un salto espectacular, desde un sofá, hacia una mesa de madera en la que mi padre tenía su máquina de escribir, su magnetófono y un montón de papelajos y libros. Yo no sé, porque la verdad es que me acuerdo poco o nada, qué tipo de trayectoria describió mi cuerpecito rechoncho. Pero de todas las partes de mi cuerpo, algunas de las cuales habrían sin duda absorbido tal impacto con mucha mayor fortuna (parecía yo el muñequito de Michelín), la que golpeó contra el pico de la mesa fue mi ojo izquierdo. Mi pobre madre se enfrentó al hecho de que el pequeñajo al que había parido en compañía de otro pequeñajo sin duda más sensato, estaba ahora sangrando abundantemente y quizá podía perder el ojo. No me quiero imaginar lo que tuvo que pasar. Mi padre estaba currando y era imposible que pudiera ayudarla. Las vicisitudes de mi paso por el hospital no las conozco ya, pero ahí quedó mi estupenda cicatriz (que en la foto puede advertirse ligeramente), la posibilidad enorme de haber sufrido un desprendimiento de retina, y una ligerísima desviación en el ojo, imperceptible a simple vista, que me provoca vista cansada y algunos dolores de cabeza, gracias a la cual las imágenes en 3D me cuesta asimilarlas apropiadamente y me exigen un gran esfuerzo de relajación.

Este accidente tarzanesco originó una sensibilidad extrema hacia la luz, con lo cual me pasé media infancia entrecerrando el ojo en verano, en mis añorados veranos de Mallorca. Pero no fue el único. Aun recuerdo el golpe que me dí haciendo deporte con mi hermano, cuando éramos niños. Él se hizo daño en la frente. Yo tuve morado (por primera y única vez) mi jodido ojo izquierdo…

Muchos años después, estaba yo con mi ex-novia en una de las muchas sesiones de billar que compartimos. Yo dándome cuenta de mi talento para ese deporte, e intentando enseñarle a ella a moverse y a sujetar el taco (qué erótico suena todo eso, ahora que lo releo), y ella demostrándome que eso del billar es cosa de elegidos, porque aunque por ejemplo sabía bailar muy bien y era una persona bastante ágil, lo de meter las bolas (…) no era lo suyo, y sí lo de convertir el taco en un arma de destrucción masiva. Puede imaginar el lector lo que estoy a punto de contar. Joder, que me sube un escalofrío cada vez que me acuerdo… Cómo ella logró que la punta del taco, embadurnada de tiza, tocase el punto exacto de mi cicatriz, no puedo comprenderlo. Un movimiento, una micra, un poco de mala suerte, y mi ojo habría saltado limpiamente de la cuenca. Por suerte, la madera golpeó el hueso que se encuentra debajo de la ceja, y no dos milímetros más abajo. Pero no fue más que una prolongación de la condena.

Bajaba el avión hacia Ibiza cuando sucedió algo que nunca antes me había sucedido. Como sufro de sinusitis, consecuencia de la herencia paterna, mis conductos nasales y faciales se encuentran resecos la mayor parte del año. Esto hace que, por ejemplo, el hecho de que de un comandante de una aeronave comercial baje de 35.000 a 20.000 pies en apenas quince minutos, puede significar el infierno para un patán como yo. Pero, claro, en ese momento yo no lo sabía. El cambio brusco de presión, la variación en la humedad ambiente por el hecho de bajar a una isla, provocaron que mis conductos se colapsaran, y que un dolor indescriptible se apropiara de… ¡mi ojo izquierdo! Fue, básicamente, como si crujiera al rojo vivo. En otro descenso a bordo de un avión, más que crujir, sentí como si las zarpas de un ave se clavaran en mi ceja e inundasen de dolor todo mi ojo. No habría sido menor el dolor si un tipo, armado con una navaja, hubiera aplicado un corte seco en la córnea. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de la condena que sufre el puto ojo izquierdo de mi cara.

Y, por fin, hace pocos meses, la confirmación. Un sujeto, preso de una ira absurda, se abalanzó sobre mí y sobre un compañero de trabajo, sin venir a cuento. Era una especie de simio enorme, preso de la locura, que nos atacó sin más excusas antes de entrar al tajo. Primero golpeó a mi amigo, un hombre ya maduro, y le derribó. El golpe fue en la cabeza, pero no en ninguno de los dos ojos, y como consecuencia, en un abrir y cerrar de ojos, le vi en el suelo. Como detesto la violencia y además no la entiendo (aunque, cosa curiosa, se me da bien), me volví y le pregunté a esa especie de armario empotrado, como el verdadero idiota que soy a veces, qué coño estaba haciendo. La respuesta no pudo ser otra: un puñetazo en la cara. A pesar de que era un individuo enorme y atemorizante, lo cierto es que en eso de golpear sabía lo que yo de danza clásica: cero. Pero tuve la mala fortuna de llevar puestas unas gafas de sol. El impacto me dio en el carrillo izquierdo y tocó la lente de las gafas, con tanta mala suerte que el cristal de esa lente impactó con fiereza en mi ojo. Durante unos segundos mi universo fue una fiesta de chispas y fuegos artificiales rojos y amarillos.  Con mi ojo sano, como en una pantalla dividida a lo De Palma, divisé al imbécil al que le salía espuma de la boca (lo juro) y me planteé la posibilidad de dejarle los huevos como pasas de una patada certera o de demostrarle cómo se golpea una cara de verdad. Pero la sensación de que algunos cristales habían penetrado en mi globo ocular, como diablos capaces de dejarme ciego, era demasiado grande, y experimenté un dolor muy parecido a aquella pulpitis dental que hace años me provocó visiones del más allá. Nunca olvidaré a la “estupenda” oftalmóloga de urgencias haciéndome un fondo de ojo y asegurándome que no tenía ningún fragmento de cristal en mi interior, mientras me hacía un daño que la pobre mujer, por muy médica profesional que fuera, no era capaz de comprender, aplicándome un gel directamente en la cornea e indignándose, la muy gilipollas, ante mi estremecimiento de dolor. Pasé varios días con un aparatoso parche en el ojo, sin poder ni soportar la luz diurna, y llegué a una conclusión:

Yo moriré sin mi ojo izquierdo en mi rostro.