Sobre ‘Lobo’ y vivir sin miedo

Sienta bien ser lobo, ¿no es verdad? Poder sin culpa. Amor sin dudas…
Hay muchos tipos de películas. En realidad, debería haber tantos tipos de películas como personas hay en el mundo. Pues si una pieza de arte, aunque sea mal arte, es un ser vivo, no puede haber dos iguales, como no hay dos copos de nieve con la misma forma geométrica (algo que me ha fascinado desde siempre, por cierto…). Más allá de la distinción absurda, sobre todo por lo manoseado, de “buenas” o “malas” películas, lo cierto es que hay películas malas que son tremendamente placenteras, y películas buenas que son insoportables o aburridas. Hay películas magistrales y películas fallidas, hay rarezas, hay sorpresas estimulantes, hay joyas secretas, hay bellezas horribles, y horrores hermosos. Y hay debilidades que trascienden el mero hecho de su propia debilidad. ‘Wolf’, titulada ‘Lobo’ en España y estrenada en 1994 (joder, cómo pasa el tiempo…) es un ejemplo de mal arte. Sobre todo en su puesta en escena. Eso sí, es un ejemplo de extraordinario arte en su escritura, en su guión, y de gran talento en su interpretación. Una rareza esquiva que quizá hoy poca gente recuerde con gran afecto, pero que a mí me gusta mucho, tanto por sus defectos, muy numerosos, como por sus virtudes, que son pocas pero maravillosas.
He escrito en alguna otra ocasión sobre ‘Lobo’ y más o menos he dicho siempre lo mismo: que daría mi brazo derecho por escribir un guión como éste. Y ahora añadiría algo más: que me importaría poco que llegara un director incompetente, como sucedió en este caso, y casi lo destrozara por su incapacidad visual.
Se puede imaginar el lector habitual de mis artículos que, dado que esta película habla sobre lobos en general y sobre hombres-lobo en particular, mi debilidad hacia ella está más que justificada. Sobre todo por que el mito del hombre-lobo no posee una tradición cinematográfica tan rica, ni de lejos, como el de los vampiros en el cine gótico o de terror. Tampoco en literatura, todo sea dicho. El hombre-lobo suele ser una suerte de psicópata cambiante que se transforma cuando no quiere, y que es capaz de descuartizar hasta a sus seres queridos una vez convertido en bestia. Hasta la que podría ser uno de los grandes paradigmas de este icono, ‘Un hombre lobo americano en Londres’ de John Landis, adolece de un guión y de un tratamiento del mito bastante pobres, si bien su atmósfera y algunas secuencias magníficas la vuelven bastante interesante. Pero todavía estamos pendientes de la gran película o del gran autor capaz de hablar del hombre-lobo y de hacer gran cine con ello. No, por cierto, ‘Lobo’, aunque ya digo que posee varias características que a mí me gustan mucho.
El problema de Mike Nichols
El guión de ‘Lobo’ lo escribió Jim Harrison. Luego resulta que aportó cosas Wesley Strick, un guionista asalariado de Hollywood que si el lector accede a su carrera podrá comprobar que es bastante mediocre. Pero Jim Harrison no es un guionista de Hollywood. Es un novelista y poeta muy respetado en Estados Unidos, un tipo que ha sido comparado, en su rebeldía y radicalidad, en su virilidad y su sensibilidad  por la naturaleza, con Faulkner o Hemingway. Un tipo que ya tiene setenta y cinco años y que, según cuentan, está bastante pirado. Es decir, que es un tipo interesante e inteligente. Dijo una vez que mientras escribía el guión de ‘Lobo’ sintió que le crecían desmesuradamente los pelos de los brazos, y que los sentidos se le agudizaban. Me lo creo completamente. No sé cuánto le pagarían por escribir este guión, y en el fondo da lo mismo. Hay cosas que no tienen precio.
La trama de ‘Lobo’ es bastante sencilla. Un tipo maduro, editor jefe de una importante firma de libros, que siente que su vida no tiene ningún estímulo y que ve acercarse la vejez, sufre el sorpresivo ataque de un lobo en Nueva Inglaterra, en medio de una carretera nevada. Pronto descubrirá que la mordedura le ha transmitido no solamente habilidades y sentidos que creía muertos o desaparecidos, sino que está cambiando rápidamente. Pero tiene mayores problemas: su jefe quiere que elija entre el despido o degradarle por su individualismo y su rebeldía en la empresa. Su protegido, un joven sin escrúpulos, va a arrebatarle el puesto a sus espaldas y se está tirando a su mujer. Para colmo, este hombre, Will Randall, el protagonista, se siente enfermo y asusta a los caballos por su sola cercanía. Suerte que conoce a la hija de su jefe, una misteriosa y muy guapa mujer que le ofrece una extraña y pasajera amistad.
Con estos mimbres, el guión plantea que el gen lobuno se transmite por fluidos corporales. No solamente por sangre, sino también “otros” fluidos. En los diálogos el experto en hombres-lobo lo llama “transformar a otro con su pasión”, una forma poética de decir que follar con un hombre lobo te puede convertir en uno. Algo así como el virus zombi, vaya. Pero en esta película, a diferencia de otras, el hombre-lobo no es un ser malvado, necesariamente, ni el motivo o la fuerza del mal de un relato moralista. Nada más lejos. Will Randall conocerá una segunda juventud en cuanto empiece a transformarse en lobo, y aunque su vida anterior se derrumbará, será capaz de volver a triunfar en ese mundo despiadado de los grandes negocios, reconquistando su antiguo puesto gracias a su instinto animal, marcando (literalmente) su territorio con su propia orina, y conquistando a esa mujer terrible, guapísima y misteriosa que es la hija de su propio jefe, a la que él podrá transformar con su pasión…
El problema es Mike Nichols, claro. Un director americanizado, aunque de origen alemán, cuyo debut con ‘¿Quién teme a Virginia Woolf’ (1966) y el éxito de ‘El graduado’ (1967), le valieron una pronta y poco sensata fama. Su posterior carrera desmintió (como en el caso de Ridley Scott) que fuera un gran director de cine. De formación teatral, ha conocido grandes triunfos sobre el escenario y un notable reconocimiento. Pero se trata de un director sin personalidad, sin mundo propio, sin estilo. Carece absolutamente de sentido visual. No conoce, o parece no conocer, las propiedades de la cámara, del encuadre, del montaje. Eso sí, es un director de actores consumado, y ‘Lobo’ no es una excepción. Todos los intérpretes están soberbios. Pero no tengo idea de cómo un director tan desapasionado, pulcro, aséptico, soso en definitiva, como éste, fue el elegido para llevar a la pantalla este guión. Su mirada desvirtúa profundamente los grandes valores que estaban explícitos en el libreto. Diálogos como los de Will Randall con el chamán experto en lobos debían estar envueltos en una atmósfera y con un sentido del misterio, con una inoculación del extrañamiento, mucho más audaces, mucho más vivos. Todo parece un telefilme barato. Incluso los sueños (que no son sueños, en realidad) de Will convertido en hombre-lobo, daban pie para que un director de fuste construyera bellas secuencias oníricas con ellos. Y nada. Apenas hay nada. Ni siquiera un crescendo dramático. Y la batalla final entre los dos lobos queda completamente ridícula, sin ritmo. Una pena.
Por suerte quedan momentos fascinantes y algunos de los diálogos más hermosos de los últimos veinte años del cine americano, tal cual. Por ejemplo, ese en el que Will le dice a Laura (El Aura) Alden) que “quizá existan finales felices, incluso para los que no creen en ellos”. O la línea, maravillosa, con la que abro este artículo, pronunciada por el chamán. O un gusto por lo macabro y lo bestial como oposición directa a la vida burguesa. Píldoras insuficientes pero placenteras, que hacen de esta mala película algo muy placentero de volver a ver, y de volver a escribir sobre ella.