Sobre HBO y otras creaciones geniales de ficción

Lo reconozco: a veces escribo como si fuera un lobo flaco y furibundo que no reconoce ni a sus pares y que suelta dentelladas, no por torpes menos dañinas. Me sucede en ocasiones, en las que estallo, me hierve la sangre, y no puedo evitar decir alguna que otra estupidez. Saco esto a colación porque un amigo muy querido me comentó ayer que mi post del pasado jueves, además de estar bastante mal escrito (y desde luego, está bastante mal escrito), contiene esa barbaridad de que ya sería necesario que le pegaran un tiro en la nuca a Miguel Arias Cañete, “excelso” ministro de medio ambiente. En realidad yo no le desearía semejante cosa a ese canalla de ministro, pero no estaría mal que lo despojaran de su cargo y le metieran en la cárcel por ser el directo responsable de la muerte de varios brigadistas en los recientes incendios que asolan nuestro país (no solamente por los recortes, también por su desastrosa gestión) y desear que se termine esa “amenaza” que representan los lobos ibéricos al sur del río Duero, además de permitir que se destroce el fondo marino de las islas baleares por el uso indebido de anclas de los yates de lujo, y buscar desesperadamente la forma de destruir lo que queda de litoral virgen. Es decir, por ser un fantoche, un sinvergüenza y un criminal. Pero mi amigo tenía toda la razón: escribí una verdadera barbaridad.

La escribí en respuesta emocional y visceral a un “insigne” comentarista que en La Columnata (el único diario digital que hoy día llama las cosas por su nombre en este país y en el que sus colaboradores, todos de signo político distinto e ideas muy diferentes entre sí, son gente culta y comprometida con su forma de ver el mundo) me tachó de anti-españolista y alguna otra chorrada por el estilo. Lo que tendría que haber escrito era una respuesta intelectual, no emocional. Las emociones son demasiado valiosas e ingobernables como para hacer de ellas un post de auto-afirmación. Lo único que se puede esgrimir en contra y como defensa a los tarados del mundo, son ideas y argumentos. Porque ellos no las tienen. Ellos simplemente se unen en su propia mediocridad, en su universo acomplejado, y atacan todo aquello que no pueden comprender y que no pueden alcanzar, porque han nacido completamente incapaces de hacer otra cosa que despreciar, destruir, que urdir falacias y escribir memeces dignas de la placenta que resbalase del útero materno.

Lo que tendría que haber escrito, empero, es una serie de razones por las que lamentar haber nacido en esta mierda de país. Un país en el que yo creo que vive gente muy valiosa, pero que no es capaz de vivir dignamente sin caer en el barro de los que quieren imponer a los demás cómo vivir, cómo pensar y hasta como morir. Y una de esas razones, quizá la más placentera de todas ellas sobre las que escribir, pero también de las más lamentables, es que en ficción televisiva no es que estemos con varias décadas de retraso, es que estamos a años luz de las conquistas formales y temáticas de los jodidos yanquis. Se habla mucho en estos años de la época dorada de la televisión americana. Yo llegaría bastante más lejos: en los primeros años del siglo XXI han visto la luz algunas de las creaciones audiovisuales más importantes de todos los tiempos, casi como obras imperecederas del Renacimiento Italiano, en el que, como un conciliábulo místico, se reunieron tantos genios. Ahora tenemos a David Simon, David Chase, David Milch, David Shore (joder, cuántos déivids…), Alan Ball, Rodrigo García, Matthew Weiner, Steven Moffat, Mark Gatiss, Shawn Ryan, Vince Gilligan, Genndy Tartakovski… Gente que ha construido monumentos imperecederos de ficción. Por eso, ver una serie española, sobre todo una serie creada para que las ancianas de este país se distraigan después de comer, e intenten hacerlas pasar por buena ficción, da vergüenza ajena. Solamente por la ceguera y la cobardía de las productoras de televisión españolas, que obligan a los operadores a que todas las habitaciones de un interior estén iluminadas con la misma luz blanca, como si todas fueran una cocina con luz fluorescente. Incluso en las creaciones más ambiciosas, esto sucede, como si el espectador español fuera gilipollas (bueno, sin duda, más de la mitad lo serán…). Y cosas peores suceden.

Está claro que la Arcadia es la HBO, aunque Showtime y otras cadenas por cable americanas tienen también a gente muy valiosa y títulos muy notables. Incluso ‘Weeds’ es algo inalcanzable para los productores españoles. Sencillamente porque no tienen huevos y son una mierda pinchada en un palo. HBO tiene tres grandes obras maestras, una de ellas truncada, y cosas inclasificables y dolorosas como ‘A dos metros bajo tierra’ y hermosas y verdaderas como ‘En terapia’. Pero no solamente existe HBO o las cadenas por cable. Hay más títulos que convierten a ‘Lost’ en una serie superficial. Comentemos un poco todas ellas, desde la más luctuosa de las veneraciones:

‘House M.D.’, o las variaciones sublimes dentro de una repetición

“Las Variaciones Goldberg se componen de un tema único, llamado aria, treinta variaciones y un reprise del aria o Aria da Capo. Lo que liga a todas ellas no es una melodía común, sino un fondo de variaciones armónicas de las que es objeto la línea de bajo. Las melodías pueden variar, pero subyace siempre un tema constante.” Esto es lo que dice la Wikipedia de la sublime creación de Johann Sebastian Bach, y es lo que, en audiovisual, puede aplicarse a la creación de David Shore, quizá más que con ninguna otra. Una línea de bajo, representada por un médico genial y varios ayudantes, gracias a todo lo cual se pueden resolver enigmas médicos con toda la pinta de irresolubles; traicionada, ramificada, por una variación continua, dedicada a hablarnos de la fragilidad de la vida y de la certeza de la muerte, la de mezquindad pero también de la luz de un personaje irrepetible, el genio Gregory House. Pero, también, de muchas otras cosas más. Y nunca de un modo burdo o zafio, y siempre desde la irreverencia moral del buen gusto. Ninguna serie de las llamadas “procedimentales”, es decir, las que poseen una estructura rígida de casos o de forma de representación, había llegado tan lejos.

Como un moderno Sherlock Holmes (Holmes se pronuncia Homs, Homes, “hogares”, como House significa casa, hogar también), el médico más despreciable de todos los tiempos nos llevará de la mano, apretándola con la furia nihilista de un cínico que conoce el valor de las cosas verdaderas, ocultas a los demás, a un viaje de descubrimiento personal y emocional en forma de misterios sin resolver que, en opinión de quien esto firma, todavía no ha sido valorada en su complejidad y en su potencia emocional. Una obra maestra en la que todos los actores están perfectos y quizá por esto brilla con mayor fuerza el genio irrepetible de uno de los actores más interesantes y cultos de la actualidad, el sinpar Hugh Laurie.

‘Deadwood’, o el western como perfecta medida del hombre

Algunos dicen que el western es el género cinematográfico por excelencia. Por desgracia, muchos de los que lo dicen ignoran seguramente que cualquier género no es más que una etiqueta comercial, y que no solamente existe el western de las llanuras americanas, sino que el western es la aventura infinita de esos territorios inexplorados de Asia (y China y Japón tienen sus propios westerns, muchas veces más hermosos y menos académicos que los clásicos norteamericanos) de África o de cualquier vasto continente en el que la civilización choca contra la barbarie y sale moralmente derrotada. El western también es una forma de entender la vida, de observar la violencia como un código y como un ritual. Como un destino y como una predestinación. El cine puro es western y no al revés.

Sin embargo, en ‘Deadwood’, del grande David Milch, los territorios inexplorados son los del alma humana: deforme, psicópata, demente, salvaje, brutal. Y la aventura es la de la supervivencia, la de la hermandad, la de la dignidad sobre el barro y la mierda y la sangre. No hay grandes cabalgadas, no hay esperanza, no hay compasión. Deadwood, el pueblecito, es el infierno, y hasta Big Whiskey del ‘Sin perdón’ de Clint Eastwood parece el paraíso en comparación con él. Faltan décadas, teniendo en cuenta la desidia y la incompetencia de los que escriben sobre audiovisual, principalmente en internet, para que se comprenda la grandeza y la oscuridad, la humana monstruosidad de esta obra de arte truncada, que estaba planeado gozara de cinco temporadas y que sólo tuvo tres, cancelada prematuramente por sus altos costes y por sus bajos beneficios. Pero esto, en lugar de cercenar su vuelo poético, no hace otra cosa que volverlo aún más enigmático.

‘The Wire’, o la riqueza de los pobres

La riqueza del que no tiene nada que perder, del desamparado, del desesperado, del loco, del borracho, del asesino, del esclavo. Probablemente, el Dickens de nuestra época. El retrato más cruel y al mismo tiempo más humano, más compasivo, de una ciudad occidental. Baltimore como un crisol de posos patéticos pero también catárticos. Aquí puede accederse a una lista somera de sus muchos personajes, todos los cuales tienen su momento de grandeza y también su momento de penitencia. No ya candidata, sino simplemente merecedora del calificativo de “mejor serie dramática de todos los tiempos”. Por su mirada, por su audacia, por su pasión soterrada. ‘The Wire’ es la demostración de que hasta el último desgraciado que comete un crimen o que se mea en las vías de un ferrocarril, es un ser humano digno de toda conmiseración. Y lloras cada vez que la ves, aunque probablemente sin lágrimas, porque alguien, en este caso David Simon, tuvo los santos cojones de hacer las cosas bien.

Como en ‘Deadwood’, no hay héroes ni grandes épicas. No hay música extradiegética. No hay chorradas. Sólo hay una cosa: el puto, el jodido, el terrible, el extraño ser humano.

‘A dos metros bajo tierra’ o elegir cómo morir

Ya escribí todo lo que se podía escribir sobre ella aquí. Sólo añadir que, aunque está por debajo de ‘Deadwood’, ‘Los Soprano’ o ‘The Wire’ porque hay demasiadas irregularidades entre sus temporadas y porque su reciclaje estético es demasiado violento entre el principio y el final de la serie, se trata de una serie legendaria, irrepetible y de obligado visionado. Pero, insisto, lean mi ensayo.

‘Samurai Jack’ o el penoso viaje del héroe

Cuando leo gilipolleces como que ‘Hotel Transilvania’ (por cierto, qué divertido es este trailer, y seguro que la película también) es el debut de Genndy Tartakovski en la dirección, se me cae el alma a los pies. Este hombre es el responsable de uno  de los mejores trabajos en animación de las últimas décadas, la impresionante ‘Samurai Jack’, un capricho estético, una obra de arte en la que se aúnan, se dan la mano como si compartieran el mismo código genético, el western, las películas de samuráis, el film noir, la ficción científica, la comedia, la sátira, el poema, la lírica. Sencillamente alucinante.

¿Cómo juntar a Kurosawa con Tex Avery? ¿A Tarkovski con Tarantino? Muy sencillo, y muy complicado al mismo tiempo: haciendo esta maravilla que es ‘Samurai Jack’

‘Los Soprano’, o el abyecto ser humano

Lo de esta serie es algo alucinante. Algunos, entre ellos yo mismo, abominamos de ella a los tres primeros capítulos. O a los cuatro o cinco. Pero luego, nos enganchamos a ella, es una jodida adicción. Debe tener que ver con esa morbosa necesidad de mirar por la ventana de nuestra desvergüenza cómo descarrila un tren lleno hasta rebosar de viejecitas. Un accidente, una bestialidad. Una jodida genialidad de David Chase. La más grande serie de todos los tiempos con permiso, o sin él, por parte de ‘The Wire’.

Esta cosa, esta monstruosidad, llamada ‘Los Soprano’, asusta, estremece, divierte, reconcilia. Es amor y es odio al mismo tiempo. Luz y dolor. Nunca más nadie hará nada parecido en audiovisual.

‘En terapia’, o la soledad congénita del ser humano

Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez, desarrolló esta serie a partir de otra, del israelí Hagai Levi, sobre un terapeuta y sus pacientes, con un paciente por capítulo, de lunes a jueves, mientras que en el quinto capítulo sería el terapeuta el que acudiría a terapia. Cuatro pacientes por semana, por tanto. Y nunca se saldría del ambiente de la consulta salvo quizá para ver lo que rodeaba al despacho del misterioso terapeuta. El resultado: una obra magistral. Basada en diálogos, en planos estáticos, en la creación de los actores. Dedicada a mostrar lo solos y lo vacíos que estamos. Para muestra:

Otras, como la magnífica, durísima, ‘Breaking Bad’, o como la vibrante ‘The Shield’, o como la impecable, aunque algo desapasionada ‘Mad Men’, forman un manojo de maravillas que dejan claro que Estados Unidos está a la cabeza de creaciones de ficción. Y que España es, una vez más, un grano patético en el culo del mundo.