Todo es necesidad

Decía Marx que todo es economía. Decía Freud que todo es sexo. Algunos que quieren ir de cínicos dicen que todo es dinero, y otros que quieren emular a Disney dicen que todo es amor. Los que quieren creer en el hedonismo dicen que todo es pasión, los trágicos dicen que todo es dolor. Los nihilistas dicen que todo es nada y los budistas dicen que nada es todo. Salomón llevaba escrito en su anillo: “todo es vanidad”. Para mí que la cosa es bastante más sencilla y bastante más compleja a la vez. Como se habrá deducido por el título, Massanet piensa que todo es necesidad, algo que seguro habrán dicho filósofos y pensadores mucho más inteligentes y hace mucho más tiempo que yo. Voy a intentar explicar mis razones.
Hace algunos años, precisamente después de conocer a una de las chicas más guapas e interesantes que me he encontrado en mi vida, andaba yo en el pequeño pueblo de Asturias en el que nació mi madre, acompañando a mi tío en su recogida de miel. Yo soy un tipo bastante cobardica. No por el dolor, sino por la sensación de angustia o de acecho, que me devora por dentro. Aún así hago cosas que mi cobardía me dicta que no haga. Por ejemplo, ir al dentista o viajar en avión. Repito: no me da miedo el dolor que pueda hacerme el dentista, aunque por supuesto no me gusta el dolor, pero la sensación de desamparo (ahí, tumbado, a merced de un tipo que te mete cacharros en la boca, me agobio bastante) o la de estar embutido en un tubo de treinta metros de largo que va a viajar a 25.000 m. de altura… Tampoco me gustan los insectos. Me ponen nervioso. Pero como soy un tipo bastante entregado con todo el mundo, me dejé convencer, me puse el dichoso traje de apicultor y pasando un calor de mil demonios, me acerqué a las colmenas de abejas.
La noche anterior un oso pardo había estado allí, había cruzado como un borracho por todas las estructuras de madera que contienen miel, ignorando la verja electrificada, y se había puesto las botas. Era notable la cantidad de abejas muertas diseminadas por entre las hojas. A un oso pardo le muerden ciento cincuenta abejas a la vez y le hacen cosquillas. De un manotazo, se carga a la mitad. Y no puede resistirse a la miel. Es un manjar demasiado bueno para él. Como en uno de esos capítulos de el coyote y el correcaminos, podían apreciarse las huellas del destrozo según fue avanzando el enorme animal. Pero a mí todo eso me daba igual. Por dos razones. Primero: varias docenas de abejas correteaban por todo mi traje y mi máscara, a escasos centímetros de mis ojos. Segundo: estaban bastante cabreadas. Mi tío me dijo que no se me ocurriera hacer movimientos bruscos. El zumbido de las diez mil abejas que debía haber allí pasó de zzzzzzzzzzzzzzzz a ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ en cuanto abrí los dedos de la mano derecha con algo de brusquedad. Era una forma de esa comunidad de seres de decirme: “muchacho, puedes ser mucho más grande que una sola de nosotras, pero como te muevas te descuartizamos entre todas, hemos pasado una noche muy dura”.
Ahora, al tema. La economía, el dinero y todo eso, (el capital, que diría Marx o Palazón) evidentemente son importantes y casi todo gira en torno a esas cuestiones. Pero en mi opinión, lo hace porque nunca hemos dejado de ser animales. Para lo bueno y para lo malo. Me explico.
En la breve historia real que he contado, había un grupo numeroso de individuos, las abejas, que estaban protegiendo lo suyo: el producto de su esfuerzo. Y estaban dispuestas a protegerlo con su propia vida. Luego, estaba el oso, un animal muy diferente y muy glotón, capaz de entregar un poco de dolor a cambio de tragar litros de miel (sin duda estaría en aquel momento tumbado a la bartola en alguna parte del bosque, con un colocón fenomenal y rascándose la barriga). Luego estaba Massanet, un chaval de 27 años que en lo único en que podía pensar es que si muchas abejas le picaban en la cara, aquella chica guapísima e interesante que había conocido, no tendría muchas ganas de besarle y faltaba poco para volver a verla. Así las cosas, lo que definía a todos los seres vivos era la necesidad.
Porque la necesidad, al contrario que la economía, el sexo o la pasión, es multiforme. Se puede sentir necesidad de infinitas cosas. De dinero, comida, compañía, amor, …dolor. La mayoría de las necesidades que padecemos, salvo el hambre, la sed y el cobijo, pueden ser irracionales y hasta ser resultado de un sinsentido absoluto. Pero son necesidades que de una u otra forma intentaremos ver satisfechas. Ahora bien. Ninguna de ellas tendrá para nosotros la mínima importancia, aunque existan y sean por tanto reales, cuando no tenemos qué comer, qué beber, y qué vestirnos o dónde dormir (que viene a ser lo mismo). Porque tenemos implantado en lo más profundo de nuestra memoria genética, hace cientos  de miles de años, que la carencia de comida, agua o cobijo puede acarrearnos no ya serias dificultades para la supervivencia, sino unos sufrimientos frente a los cuales morir es una liberación. Se unen, por tanto, las necesidades, con el extremo sufrimiento, el padecimiento físico, que podemos llegar a experimentar todos los seres vivos. Y el resultado es esta mierda de mundo en que vivimos, aunque también se dan ejemplos curiosos.
El dolor, el padecimiento físico, pueden ser tan brutales, tan atroces (yo he experimentado algunos de ellos) que uno llega a preguntarse seriamente, cuando tiene seso y espíritu crítico, para qué cojones sirve. Es decir: ya sé que tengo una hinchazón en el tobillo, pero ¿es necesario que duela tanto? Biológicamente, mi cerebro me está advirtiendo que hay un problema en la articulación. Un problema a lo mejor serio, pero con un dolor intenso sería suficiente para saberlo y acudir al médico. ¿Es necesario, para mi supervivencia, que cuando el doctor pasaba el dedo por la piel, simplemente acariciándola, sintiera yo un dolor indescriptible, y todo el universo fuera rojo sangre? Me parece que no. Ahora paso el jodido dedo por la misma jodida zona y siento cosquillas. Me cago en Dios y el Universo. Las criaturas vivas, todas, tenemos una capacidad de sufrimiento físico mucho más elevada que nuestra capacidad de placer, de alegría o de tristeza. Pero en verdad esto no mejora la capacidad de supervivencia salvo en lo que se refiere a la memoria genética, sino que hace mucho más miserable y terrible vivir. Sobre todo para los que están mal alimentados y mal vestidos o con pésimo cobijo.
Por supuesto, la memoria genética va almacenando, a lo largo de muchas generaciones, la información de cómo proceder ante cualquier situación para que el daño sea menor. Sabemos de sobra, cuando somos bebés, que no debemos acercar la mano al fuego. Reconocemos, por la faz, a los animales potencialmente peligrosos. Actuamos instintivamente ante la comida, el calor o el frío. Cuando todo es más o menos fácil entonces nuestra mente se dedica a buscar nuevas necesidades con las que hacer más placentera o más dolorosa (es decir, placentera para algunos) la existencia. Y ahí está el problema. Cuando nuestra evolucionada mente (evolucionada destructivamente, claro) averigua la forma en la que puede amarrar el poder, el dinero, la economía, para que sus vicios genéticos se atenúen, esos que le advierten que morir de hambre o de sed es algo inimaginablemente terrible, lo hace sin reparar en el sufrimiento de los demás. Por eso los poderosos quieren más poder. Se aferran desesperadamente a la posibilidad de que el hambre, la sed o la penuria física nunca puedan volver a tocarles, y además todo eso les proporciona placeres y lujos extraordinarios. ¿Por qué no iban a hacerlo?
Los únicos que entregan algo a los demás sin pedir nada a cambio son los artistas, los poetas. Desprecian la supervivencia y desprecian la miseria. El resto se divide entre los canallas que acumulan poder y pueden comprarlo todo y los demás, los que sobreviven con las migajas. Nunca olvidaré aquel fabuloso diálogo de la obra maestra de Polanski ‘Chinatown’:
-¿Por qué lo hace? ¿Puede comer mejor de lo que come? ¿Qué puede comprar que no tenga ya?
-El futuro, señor Gittes, el futuro.