Historietas

Hay cosas que llaman la atención. A algunos, por supuesto. A otros, lo único que les llamaría la atención sería un edificio derrumbándose, o un enorme y terrorífico tentáculo agarrando y descascarillando la acera (como en un sueño que tuve hace no mucho) tan alto que su dueño está más allá de la estratosfera, gigantesco, monstruoso, mirándonos con un ojo tan grande como la isla de Mallorca (qué miedo pasé en ese sueño, por cierto…). Me lío. Hoy pasó algo, o para ser más exactos, fui testigo de algo, que me llamó mucho la atención, con lo cual este blog que está a punto de cumplir un año y a punto de recibir 100.000 visitas (un hecho que, lo mires por donde lo mires, Massanet, está muy bien) recupera un poco su esencia, que no es más que ejercer de un cuaderno en el que dejar constancia de mis experiencias audiovisuales. De todo tipo. No solamente televisivas, musicales o cinematográficas. También diarias, cotidianas.
En el tren que me lleva todos los días a ese trabajo cuyo sueldo impide que duerma en un soportal protegido por dos docenas de cartones, vi esta tarde, delante de mí, a un hombre de unos cincuenta y tantos años. Carecía completamente de pelo en la parte superior de la cabeza, de tal modo que pertenecía a esa especie fantástica de seres a los que le brilla el cráneo (y yo quiero formar parte de ellos cuando me quede sin pelo) pero que aún conservan parte del pelo en la corona que rodea las orejas. En este caso, un pelo bastante rapado, que iba en armonía con la pulcra imagen de un hombre maduro, bastante sereno. Lo que más llamaba la atención de él era que, en un entorno absolutamente ruidoso, nervioso, parecía tranquilo, absorto en sus propias cuestiones. Y a continuación vino el elemento definitivo. El caballero extrajo de su cartera, una de esas amplias carteras de cuero, color marrón claro, que suelen asociarse a los oficinistas, una bolsa que llevaba el dibujo del mítico Madrid Cómics, la tienda de la calle Silva de Madrid, en la que al parecer había adquirido un par de volúmenes.
Por la forma de sujetar la bolsa, de extraer de ella el material gráfico, de mirarlo, de sentirse a gusto con ello, como en casa, estaba claro que no le había comprado eso a su hijo o, qué se yo, al sobrino del pueblo que había ido a pasar la semana en la gran ciudad. Esos cómics, o historietas, eran para él. Para nadie más. No sé a otros. A mí me produce un luminoso placer observar a alguien de más de cincuenta años apreciando una buena historieta, o disfrutando con un videojuego, o simplemente haciendo el gilipollas con un niño de cinco. Existe en ello algo de una negación de la mentira que nos rodea, aunque alguno pueda encontrar en esta asociación de ideas una exageración, o una cursilería. A mí, ver a ese hombre observar con cara de entendido, y de cariño, esos volúmenes recién comprados, me hacía sentir bien. Tanto, que no le quité ojo en todo el trayecto. Él teñía de paz, de cultura, y de tranquilidad y buen gusto un vagón lleno a rebosar de maleducados que no se dan cuenta que los demás somos algo más que hologramas, de quinceañeras vestidas con pésimo gusto, de esos que no saben los que son unos auriculares y por tanto impregnan con su bazofia (ellos la llaman música, los muy capullos) el vagón en el que los demás nos planteamos seguir adelante con nuestra (falsa) vida o por fin mandar todo a la mierda y vivir muchos menos años, peor seguro que más divertidos, quemando instituciones y tal, por el hecho de calentarnos en invierno.
Al tipo en cuestión le importaba mi presencia y mi mirada tres cojones. De hecho, no se percató de ella, pero tengo la sospecha de que si lo hubiera hecho, le habría dado igual. Quién sabe, igual llegaba a casa y sacudía a su mujer una buena somanta de palos (lucía un dorado anillo de casado), o quizá guardaba una docena de cabezas de vírgenes en su despensa (los movimientos de sus manos delataban a un hombre muy hábil con cualquier objeto de pequeñas dimensiones, como una jeringa a rebosar de calmante o un machete rebanador de pescuezos). Su pulcritud y su tranquilidad eran tan propios de un ingeniero satisfecho de su propio trabajo como los de un neurótico capaz de servirle el café a una mesa repleta de cadáveres, todos con la sonrisa colocada con alfileres al rojo. Pero a mí me ayudó en mi lunes. Me ayudaron sus maneras de caballero, su capacidad para abstraerse del entorno madrileño, sus ojos de chiquillo ahora envueltos en las arrugas, las sábanas del tiempo.
No pude averiguar qué se había comprado, por mucho que lancé ojeadas sutiles a los lomos de sus volúmenes. No parecía precisamente un Superlópez (qué divertidos eran, por cierto, sus primeros títulos) o algo por el estilo. Era algo más ambicioso y menos propio de una franja de edad que se resiste a entregar más tiempo del que no tiene a cuestiones propias de chavales, o eso dicen hasta en mi familia. Mientras yo estoy escribiendo esto, ese señor está en su casa contemplando alguna obra de arte en viñetas, con sus dedos llenos de pelos y sus pelos llenos de canas, y los dedos llenos de arrugas, contemplando el hecho de envejecer a cada minuto. Pero quizá volviendo también a ser niño, que es, creo la única puta manera de vencer al tiempo, de enfrentarse a la inevitable muerte, de regresar a ese oscuro lugar en el que, por un tiempo, fuiste feliz y no tuviste miedo.