‘The Terminator’: el atroz futuro del hombre

Hace mucho que no escribo sobre cine en este blog. Cada día tengo menos ganas. He escrito tanto, y en medios digitales tan lamentables, que quiero emplear todas mis energías para ello en La Columnata. Así que no sé si esta va a ser la última vez que escriba aquí sobre cine, aunque quizá lo sea. Lo que es bastante seguro es que sea la última vez que escriba sobre The Terminator (James Cameron, 1984), probablemente una de las 20 ó 25 películas de mi vida. Y las dos razones por las que voy a escribir sobre ella son, en primer lugar, que hace poco, teniendo una conversación casual en el magnífico local Martirio (situado muy cerca de la Plaza Santa Ana de Madrid…aunque ya hablaré otro día sobre él) mis amigos se refirieron a ella de un modo bastante despectivo, y esto me provocó el deseo de responder a ese ninguneo con un ensayo bien elaborado; y en segundo lugar que ese futuro al que se refiere la película es cada vez más probable en este mundo real (si es que este mundo es el real, cosa que dudo mucho) y volver a ver algunas de las imágenes de la película me provoca un escalofrío que tiene mucho de antiguo, de las primeras veces que vi la película, y mucho de nuevo, de anticipar que el cabrón de James Cameron no andaba muy desencaminado, y es que hay visionarios que saben cosas, que ven el futuro.

The Terminator forma parte de un extraño grupo de películas impresionantes que en su momento fueron despachadas con desidia y absoluta incompetencia por muchos medios y cinéfilos. Se me ocurren otras como Robocop (Paul Verhoeven, 1987), Depredador (Predator, John McTiernan, 1987), Acorralado (First Blood, 1982), o incluso Jungla de cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988), como películas comerciales, de tiros o explosiones o sangre o acción, como si todo ello definiera un cine de buena factura pero escaso de recursos artísticos, cuando muchas de ellas (las que he nombrado, y muchas otras, no tengo ánimo de exhaustividad ni lo tendré jamás) eran magníficas películas de aventuras, si es que no eran en bastantes casos verdaderas obras maestras del cine. De esas que hacen avanzar la técnica y la narrativa, pero que también se convertían en iconos conceptuales, psicológicos, culturales, estéticos, de su época. En el caso del debut de James Cameron como realizador (si olvidamos la nefasta experiencia en Piraña 2: los vampiros del mar…) estamos hablando de una de las cumbres no solamente del cine de acción y aventuras, también de la sci-fi de todos los tiempos, y del cine en general como vehículo de la emoción. Pocas películas son tan emocionantes, perturbadoras, siniestras y luminosas como esta excepcional obra maestra. Una película que Andrei Tarkovski vio impresionado en el festival de Londres de 1984, aunque luego me extenderé sobre ello, y que ha sido mil veces copiada, mil veces ignorada, pero que se puede ver mil veces y siempre encuentras cosas nuevas y razones para estremecerte.

El filme definitivo sobre robots

Bastantes veces ha dicho Cameron que él quería hacer la película definitiva sobre robots, entre otras cosas porque tenía la sensación de que nunca se había hecho. Algunos años antes el gran Stanley Donen había dirigido la estupenda, aunque algo caduca, Saturno 3, en la que un androide o cyborg, interpretado por Harvey Keitel, se las hacía pasar canutas a los tripulantes de una nave, corporeizando la amenaza de esa mente artificial que ya en 2001: una odisea del espacio de Kubrick se erigía como una presencia atemorizante. En Alien, la mejor película, de lejos, que ha dirigido Ridley Scott, y del mismo año que la de Donen, otro androide, interpretado por Ian Holm, daba tanto miedo como la criatura alienígena que diezmaba a la tripulación. Pero lo que Cameron deseaba, una vez liberado de las ataduras y de las servidumbres de la escuela Corman, era dar un golpe sobre la mesa y demostrar que tenía tanto de artista visionario como de científico y de profeta, y quería desarrollar esa imagen que, durante una pesadilla febril en su estancia en Roma, había visto surgir entre oníricas llamas: un esqueleto de metal de ojos rojizos. Enfermo y como poseído por una alucinación, pintó la imagen sabiendo que aquello podía ser el germen de algo inimaginable. Iba a hacer algo más que dar miedo con un androide. Iba a construir un universo.

Lo curioso del asunto es que muchos pensaban que Cameron, un loco canadiense con ojeras perpetuas de no dormir debido a sus muchos trabajos (camionero de día, pintor de fondos de películas de serie Z de noche, que pernoctaba en el suelo del piso de un amigo) con pelo y barba rubios de vikingo, con una cultura notable para un tipo de su edad, creído y orgulloso, podía escribir buenos guiones y venderlos por un buen dinero, así que de la noche a la mañana le llovieron los encargos. Mientras intentaba pulir el guión de The Terminator le cayeron las ofertas irrechazables de dos guiones, dos secuelas: la de Alien (que terminaría dirigiendo en uno de esos azares del destino reservados a las leyendas) y la de Rambo (una de las películas más absurdas, y más divertidas, interpretadas por ese gran actor que siempre ha sido Sylvester Stallone), de tal modo que, sin un duro, accedió a ello con tal de poder hacer su soñada película de robots, y tuvo que escribir los tres guiones en tres o cuatro meses, ganando algo de dinero y algo de credibilidad mientras tanto. Le vendió su guión “de robots” por un dólar a su pareja sentimental de por aquel entonces, Gale Anne Hurd, con la condición de dirigirlo él, y luego tuvieron que esperar varios meses a que Arnold Schwarzenegger terminara la floja película Conan, el bárbaro por contrato con De Laurentiis. Mereció la pena.

Siendo una estrella en alza, Arnold quería interpretar el papel de héroe, pero cuando leyó a fondo el guión, se dio cuenta de que el papel de cyborg asesino era mucho más interesante, de tal modo que Cameron, que de tonto no tiene nada en absoluto, cambió el concepto de cyborg que se mezcla en la multitud (que estaba previsto interpretara Lance Henriksen, gran actor que por cierto interpretó el cyborg de Aliens, la secuela dirigida por el propio Cameron…) y Cameron le esperó para empezar el baratísimo rodaje (muchas veces, sin permisos y con cámaras en plena calle, lo que va contra la ley) con el que crearía una película extraordinaria, de carácter sumamente artesanal, pero que va mucho más allá que una simple película de horror y entretenimiento para dibujar uno de los futuros más aterradores que jamás se han visto en cine. Uno en el que el hombre común ha sucumbido ante la fuerza implacable de la tecnología y de la ambición desmesurada de otros hombres, y en el que se ve cazado por su propia creación, por su propia y trágica imperfección, y en el que ha de luchar o ser exterminado para siempre de la Tierra.

Los rasgos de una obra maestra

No es The Terminator una película hermosa (como sí lo es, por cierto, su secuela) desde un punto de vista superficial. Su fotografía es mediocre y el sonido, en muchos detalles, también. El aspecto ochentero de algunos de sus ambientes, músicas y vestuario o peluquería, queda patente enseguida. Sin embargo logra trascender todo ello. El montaje, sin embargo, es superlativo, verdaderamente admirable y la puesta en escena no se merece otro adjetivo que magistral. Los que actualmente tildan a Cameron de director mediocre no saben de lo que hablan. Sencillamente. La antológica secuencia del encuentro de Sarah Connor con su némesis es buena prueba de ello. La distorsión del tiempo, la inoculación del extrañamiento (la aparición de un elemento tan poco probable como una máquina del futuro), la dosificación de la información para crear un mayor suspense, lo bien tratado que está el punto de vista de ella (tan físico como psicológico), la fisicidad extrema de un momento tan brutal como el asesinato de varias personas en un local de baile y la huida desesperada de la pareja, perseguida impacablemente mientras el héroe, Reese, ¡va contándole muchas cosas a ella! …sin detener el coche un solo momento. Solo cuando gozan de un breve respiro en un coche robado puede hacerle entender el peligro al que se enfrentan y el atroz futuro que le espera a la estúpida raza humana.

Es extraordinario el dominio del tiempo y la secuencia cuando vemos que Sarah, lógicamente incrédula ante todo lo que está pasando y ante la narración de él, va pasando de esa incredulidad a un estado de lucidez. Todo ello en mitad de una secuencia de acción y suspense admirable, que culmina con un nuevo y brutal tiroteo y que da paso a la escalofriante gran secuencia de la comisaría de policía. En todo este tramo, que apenas dura quince minutos, la fluidez del uso de la cámara y del corte de los planos, la intensidad de la imagen, es tal que el espectador se halla al borde del paroxismo emocional, abrumado por el caudal de información y de dinamismo que la pantalla le está regalando. Estamos aterrados y conmovidos, atenazados por la tensión y atrapados completamente por las imágenes.

En realidad, Cameron siempre cuenta la misma historia: la de dos seres enamorados y perdidos en plena vorágine de la destrucción del mundo. Puede ser una camarera y un soldado del futuro, o una madre loca y su hijo rebelde, o dos individuos de dos culturas y dos planetas muy diferentes, o un pintor bohemio y una chica de la alta sociedad, o una madre que perdió a su hija y una hija que perdió a su madre. En esta ocasión lo hace con un escrupuloso detalle por un universo sci-fi en el que los viajes en el tiempo no tienen billete de vuelta, en el que las máquinas inteligentes se han hecho con todo y han considerado al ser humano una amenaza que purgar. No hay piedad o compasión. Y como con el presupuesto era imposible contar la historia en un futuro distópico, el director construye un presente gris, de policías aburridos, burgueses que trabajan para divertirse el fin de semana y científicos que piensan más en su carrera que en averiguar la verdad. Eso sí, con algunos recuerdos del futuro por parte del soldado sacrificado que no han envejecido absolutamente nada, y que nos muestran un futuro de pesadilla, dantesco, en el que las ciudades son ruinas patrulladas por enormes máquinas asesinas, y los hombres, mujeres y niños se hacinan en el subsuelo, entre harapos y comiendo mierda, exhaustos y desesperados, en un apocalipsis que habría admirado William Blake y que impresionó a alguien tan poco impresionable como Tarkovski, aunque repudió su salvaje violencia.

La heroína de esta película es una cualquiera, una chica cobarde y torpe, que se gana la vida sirviendo mesas y que, desde luego, no quiere ese honor. Haría cualquier cosa por no tenerlo. Le queda grande y tendrá que arrastrarse en su propia sangre para conservar la vida. Hay un momento verdaderamente emocionante. El héroe, el soldado, no puede más y está a punto de rendirse. Al otro lado de la puerta golpea para derribarla un esqueleto invencible, un demonio que la tirará abajo y les descuartizará a los dos dentro de pocos segundos. Ella es la que le levanta a él y le obliga a no rendirse, a continuar, sacando fuerzas de donde no las hay. Poco después, el demonio tira la puerta abajo y sentimos con toda la fuerza posible llegar a la muerte, a la monstruosa creación, ingobernable, del ser humano en toda su fiereza, avanzando imparable, aterrador. Al final, sin ayuda, patética, sin esperanza, vencerá ella sola al ser invencible solo para enfrentarse al futuro que viene y que sabe que no podrá cambiarse. La poderosa, muy sencilla pero muy duradera, imagen del todoterreno avanzando hacia la tormenta es el colofón final de esta joya imperecedera, que se agrande con cada nuevo visionado. Una que cuenta la caída final, impostergable, de la raza humana, pero el coraje de algunos por seguir viviendo y por enfrentarse a él aún sabiendo de antemano que la batalla está perdida.