Los muertos vivientes

Hace tiempo, bastante tiempo, que estoy convencido de una cosa. Se trata del hecho, mucho más común de lo que pudiera parecer, de que los gustos o las apreciaciones iniciales pueden cambiar, evolucionar, revertirse o transformarse. Sucede que la primera vez que accedes a un material creativo puede parecerte superlativo y hasta genial, y con el paso de los visionados o lecturas (hablo de libros, cómics, series, películas…) te vas dando cuenta de que no era tan superlativo y que lo más probable es que ese día, que ya puede ser lejano, sobrevaloraste enormemente dicho material. También puede suceder lo contrario, que en el momento en que lo leíste o lo visionaste, no estabas preparado para darte cuenta de su importancia o su profundidad, o simplemente tenías un mal día, un día raro, y no supiste darte cuenta de su valor. Por supuesto que hay cosas geniales que se sostienen milagrosamente con el paso de los años y que siempre te descubren cosas nuevas, y hay cosas deleznables que recuperas con la ilusión de haberlo visto en uno de esos días raros y no, sigue siendo tan, o más, deleznable que antes.

Hay tanto que ver y tanto que leer, que es normal que, por mucha curiosidad o pasión o cultura que tengas, es casi imposible ser justo con todo.

Digo todo esto porque hace ya muchos meses escribí un post sobre la serie ‘The Walking Dead’ que estaba dando mucho que hablar en todo el mundo, y dejé claros mis argumentos por los cuales la consideraba una serie sin nada especial, que me dejó frío. Hoy sigo pensando exactamente igual. Pero también añadí que el cómic homónimo en el que estaba basada, obra de Richard Kirkman, no era nada del otro mundo, porque yo, que a veces me paso de listo, había ojeado algunos números y no me había llamado la atención en nada. Pero ahora que la he leído más a fondo y tomándome mi tiempo, degustándola como merece, sé que estaba bastante equivocado y afirmo que se trata de una gran creación cuya fama en el mundo de la novela gráfica o cómic o historieta o como cojones se quiera llamar, es totalmente merecida.

Hay gente que es incapaz de admitir que se ha equivocado, o que tiene miedo de confesar que los gustos propios pueden cambiar porque sería un indicio de arbitrariedad o de inseguridad intelectual. Y, la verdad, todos deberíamos de vez en cuando bajarnos del pedestal que nos construimos con vanidad y efectuar una cura de humildad en el acto de desdecirnos.

La serie de Robert Kirkman es magnífica. Creo que acceder a algunos de sus números sueltos o no dejarse enredar por su sencilla pero emocionalmente intrincada trama es un error. Es de esas ficciones que requieren ir poco a poco, porque no pretende deslumbrar de un modo superficial o poner el énfasis en ninguno de sus elementos, sino construir lentamente una visión del hombre y del mundo, que es la verdadera misión de todo artista. Así, con serenidad, va induciendo de un estado anímico muy específico en el lector, que es la verdadera misión de todo arte. Kirkman es un gran guionista, y se nota no solamente por la riqueza de todos y cada uno de los personajes (que son numerosos), sobre todo porque hay poco lugar para la improvisación y cada bloque narrativo, cada arco emocional, se percibe muy trabajado, muy pensado.

Por supuesto, que el mundo haya entrado en un apocalipsis zombi (definido por el colapso total y definitivo de la sociedad moderna, la desaparición de la autoridad, de las leyes, de la infraestructura, de los gobernantes, de los estados) es una excusa luctuosa para permitirle indagar en algunos océanos de negrura humana. Pero también de fraternidad y de dignidad. En suma, una ficción aventurera en grado elevadísimo, en el que una situación límite permite aflorar los más primitivos sentimientos, pero también extraer de los personajes una fuerza vital y una belleza que en la cotidianidad de la vida real son altamente improbables. Es la peripecia física y moral de Rick Grimes, un buen hombre que paso a paso, inexorablemente, sentirá cómo la oscuridad que permite la supervivencia se va apropiando de él. La gradación con la Kirkman muestra este viaje es modélica. Enfrentado una y otra vez a problemas existenciales sobre la vida, la supervivencia y la muerte, líder del grupo de supervivientes que busca un refugio o un poco de comida, este noble ser humano irá cayendo al pozo de lo sanguinario, de la ferocidad inhumana, de las decisiones cuestionables. Cuanto más noble se es, más dura es la caída en la ignominia de la dura realidad.

Las explosiones de espanto, de carnicería, de horror, están muy medidas con el solo objetivo de conmover al lector hasta el estremecimiento, sintiéndote identificado con la crudeza de los hechos y la forma de solventarlos. Cada vez que un personaje importante muere (y suelen morir de la forma más bestial imaginable) sentimos con enorme fuerza su ausencia, su sufrimiento. Kirkman se propone lo que todo gran narrador: dibujar un collage de caracteres que suponga el más amplio abanico posible de seres humanos, todos ellos con enormes defectos y no pequeñas virtudes, y se erige como un gran diseccionador de los resbaladizos, inquietantes, quebradizos sentimientos e ideales humanos. El hombre mirando hacia el abismo. En definitiva, una obra más que notable el ‘The Walking Dead’ de Robert Kirkman.