Sobre la Copa Davis 2012: pura emoción

En un principio esta entrada iba a ser una carta destinada a Palazón, en la que iba yo a preguntarle por qué pierde el tiempo viendo fútbol, un deporte absolutamente demencial que Fernando Vallejo hace poco calificó como uno de los espectáculos más bochornosos a los que puede entregarse hoy día cualquier deportista y cualquier espectador, y luego me echa a mí a los perros por preocuparme de cuestiones estéticas de cine y televisión, que él a su vez califica como el más canallesco de todos los opios que nos dan a nosotros, el pueblo, para así permanecer dormidos en nuestro sueño de Matrix. Pero finalmente no la voy a escribir por dos razones. Primero porque sé que todavía me lee y que aquello no fue más que una rabieta celosa de un QJC (Querido Jodido Cascarrabias para los que no me lean con asiduidad), y segundo porque me imagino su respuesta: que el fútbol es el perfecto espejo de la sociedad española, de su enrocamiento en formas de poder que nos demuestran hasta qué punto está podrida esta monarquía cocotera disfrazada de democracia de saldo.

Seguramente sea así. Pero es que estoy convencido que toda la máscara de la realidad no son más que signos, y signos de signos. Esa máscara encuentra en el fútbol, en el cine español, en la forma de producir series en España, en la forma de caminar por la calle, en el periodismo, en cualquier cosa, un espejo en el que se ve reflejada en toda su deformidad. Es decir, uno escoge el signo que quiera, y a partir de él puede deconstruir el dantesco mundo en que vivimos. Se puede elegir el fútbol, claro, y cualquier otra cosa. El particular caso de once millonarios jugando en calzoncillos a golpear un balón para meterlo en las redes del contrario es muy jugoso, qué duda cabe. Ese circo de egos e inquinas maquiavélica permite, quizá como ningún otro, averiguar de qué pasta está hecha el vulgo español. Pero no creo que merezca la pena perder el tiempo sentándose delante del televisor a ver un nuevo partido partido para volver a certificarlo. Le diría yo a Palazón que, puestos a “perder el tiempo”, se pusiera a ver uno o dos capítulos de The Wire, o tres o cuatro de Deadwood…o simplemente un partido de tenis de la Copa Davis 2012. Porque además de encontrar otro signo, otro espejo, se lo pasaría bien, y la vida es demasiado corta, demasiado miserable, para no abandonarse a los placeres siempre que se pueda.

El tema del tenis, sus personalidades y su negocio, me parece apasionante. El juego también. Al contrario que en cualquier otro deporte de equipo, sobre todo el fútbol, el tenista se encuentra solo en la pista. Con el agravante de que, al contrario de otros deportes en soledad, el tenis ha alcanzado una resonancia mundial, principalmente porque ahora se encuentra en una de sus épocas doradas (en el masculino, el femenino no encuentra figuras carismáticas que ofrezcan continuidad), y un tenista que participe en un gran torneo se encuentra en el ojo del huracán, sometido a una presión que no alivia el hecho de que sus familiares o equipo de ayudantes se encuentren a menudo en la grada para brindarle algo de consuelo o de apoyo anímico. En cualquier torneo, ya sea un master 500, un master 1000, un Grand Slam, o una Copa Davis, o cualquier otro, si pierdes un partido te vas a casa. Punto.  Si tienes problemas físicos y no eres capaz de seguir corriendo de un lado a otro de la pista o de darle a la pelota, te vas a casa. Y ahí se acabó todo. Las competiciones les cuidan y les protegen y les organizan un poco la existencia, pero ellos se costean absolutamente todo: desde su uniforme hasta su fisioterapeuta, y el hotel por supuesto. Cierto que a las estrellas les patrocinan marcas de ropa que les regalan camisetas y otra equipación, pero no a todos, y esto es lo menos caro.

Dirá el lector que con los enormes premios en metálico que les dan si ganan un torneo, o aunque lleguen a octavos de final de un Grand Slam (y solamente hay cuatro al año), esto es fácil de costear. Pero no tanto si solamente (solamente…) llegas a una semifinal de un master 1000. Y mucho menos si te pasas tres meses lesionado.

El sistema de calificación de la ATP es absolutamente jerárquico e inflexible. Si estás en un puesto alto, digamos un top ten, por méritos no te enfrentas a grandes jugadores en las primeras rondas y tienes más facilidad (relativa) para llegar a las rondas finales. Pero los puntos caducan al año de ganarlos, y cuando regresas a ese torneo el año siguiente, al finalizar pierdes los que no hayas logrado defender. Si el pasado año hiciste final y este haces semifinal, pierdes muchos puntos. Dentro del demencial calendario anual de la ATP, que apenas da tregua, organizarse para tener un ránking es verdaderamente complicado. Todo esto no hace sino justificar que un tenista de alto nivel apenas disponga de unos diez años en la élite, quizá menos. No hay un contrato anual que te garantice unos ingresos, ni una liga ni un equipo de compañeros que te den la oportunidad de recuperarte a mitad de año. Estás solo.

Pero es el juego lo verdaderamente apasionante. Como en un combate de esgrima, se trata de un combate sobre todo mental. La guerra transcurre y se decide antes de que salga despedida la bola en el saque. Una duda, o una sombra de preocupación, comprometerá ese saque y esa estrategia. Una mala gestión de la ventaja puede desembocar en desastre absoluto. Se puede percibir por los gestos, por la mirada, de los jugadores, en qué estado anímico se encuentran. Exigidos a veces a aguantar partidos de tres o cuatro horas, se ve la entrega cuando por ejemplo ayer Marcel Granollers firmó un partidazo visiblemente disminuido en lo físico, por un dolor en el sóleo del gemelo. Él y Marc López lo dieron todo contra los gigantes Bryan, que son tan batibles como cualquier otro jugador, por mucho que digan que son los mejores del mundo, y perdieron. Aunque estuvieron a punto de ganarles. Es emocionante observar de qué forma se enfrenta un tenista a las adversidades, sondea las debilidades del otro, y comienza a trabajar en esa dirección. Cómo los golpes pasan de ser tímidos o inseguros, a ganar en madurez y convicción. Cómo la cabeza se levanta y empiezan a creer que lo que están haciendo puede conducirles a la victoria.

¿Un espejo del mundo actual? Si me encanta ver a negritos de países tan pobres como Kenya o Jamaica, destrozar en los JJOO a los enormes negracos norteamericanos, superestrellas millonarias con más ego que Cristiano Ronaldo o Messi, también me lo paso en grande viendo a los oriundos de un país tan lamentable como España plantarle cara al equipo de gigantones, lanzadores de obuses, del equipo de EEUU. El pequeñín de Nico Almagro ganó en un partido épico a John Isner, que lanza raquetazos como cañones. Y dentro de pocos minutos, el gran David Ferrer va a intentar volver a vencerle para clasificarnos una vez más a la final de la Davis. Igual pierde, pero va a ser emocionante. Y vamos a volver a comprobar que de la herrumbre de un país que se viene abajo por la cobardía y la ignorancia y el fanatismo de sus habitantes, produce gente que lucha y que tiene talento, más allá de pertenecer a un deporte que, como todos, es un negocio. Pero también un duelo de caballeros, en el que a Nalbandian le echan del torneo por lanzar una patada desafortunada que destrozó un cartel y que hirió desafortunadamente en la pierna a un juez de silla. Si tardas más de 25 seg en sacar tienes un warning. Si pides un ojo de halcón, puedes demostrar que el árbitro estaba equivocado (y no hace falta escupirle a la cara para apelar una decisión, como en el fútbol, aunque para lo que les sirve…). Si sacas dos veces fuera del cuadro, pierdes un punto.

Perder el tiempo con el fútbol creo que es una equivocación. También en el tenis hay egos y mezquindades. Y la sombra del doping. También hay premios desorbitados en metálico. También corea la gente como auténticos fanáticos. Pero cuando se juega el punto se tienen que callar. Qué placer observar a diez mil personas guardando silencio respetuoso por una puta vez en su vida. Y lo dejo ya, que empieza el partido…