Elitismo

Como suele suceder, cuando leo a Palazón me paso tres o cuatro días pensando en sus palabras y luego me sale un texto o alguna reflexión. Nada del otro mundo, pero tiene tanto valor como eso que decía Thoreau que no hay mayor elogio que alguien te pregunte qué opinas y después espere tu respuesta. Lo tiene porque me ha escrito una enésima carta, en la que me tacha de elitista, por el mero hecho de admirar a un deportista irrepetible como es Rafael Nadal, ya que, y esto es un gran verdad, eso del tenis es para niños ricos que se pueden permitir estar desde los 10 años aprendiendo a jugar y yendo a clubes realmente caros, y gozando de un colchón económico imprescindible para poder aspirar a una incierta carrera. Él detesta a Rafael Nadal porque es seguidor del Real Madrid, una de sus más grands némesis (y tiene muchas), pero quizá no tanto como a esos golfistas a los que el caddy les lleva su equipo mientras ellos se pasean por el campo como señoritos, cual amo con su siervo.

Antes que nada me gustaría disculparme ante él por no haber respondido antes, pero en los últimos tiempos no encuentro tiempo para sentarme delante del ordenador y parir mil quinientas palabras, salvo en contadas ocasiones.

Me gustaría responderle a mi QJC (Querido Jodido Cascarrabias) que una simple debilidad, una tendencia o una pasión no definen a ninguna persona. Tanto en el hecho de que a cualquiera le guste el tenis como que algún despistado sea forofo del Real Madrid. Estoy completamente de acuerdo en que el club de Florentino Pérez ( y Palazón es responsable en gran parte de que finalmente este pensamiento se haya adueñado de mí) sí define en gran medida a la sociedad española. Y estoy de acuerdo, ya lo he dicho, en que el tenis es un deporte para niños mimados. Pero no hay que pecar de excesivo romanticismo. No hay que aspirar a la perfección o en su defecto a la Nada. El mismo Thoreau, al que antes aludía, probablemente uno de los escritores más admirables, tanto en lo humano como en lo estético, de los últimos doscientos años, presumía mucho de haberse ido dos años, dos meses y dos días a vivir en plena naturaleza, decisión que luego inmortalizaría en su obligado ‘Walden’, pero en realidad ocupó una punta del terreno enorme que poseía su amigo filósofo Emerson, y recibió bastantes visitas en su exilio. Terrence Malick, uno de los poetas más eminentes del cine, y por cierto que gran parte de su obra está inspirada sin duda por el espíritu de Thoreau, viene de familia de ricos petroleros y tuvo la suerte de no sufrir en sus carnes muchas de las vicisitudes que por ejemplo sí sufren sus protagonistas de ‘Días del cielo’.

¿Esto les convierte en falsos, en traidores, en engañifas? No. Un hombre es aquello que persigue. Aquello que sueña, que anhela.

Que Rafa Nadal, en su vida cotidiana, sea seguidor del Real Madrid es propio de un chaval y de sus intrincados placeres. A mí, la verdad, me parece que carece por completo de importancia. Por mí como si los fines de semana se va de putas. Me trae sin cuidado. Es su aportación al deporte de este miserable país lo que a mí más me interesa. Lo único, en realidad, que me interesa de él. No creo que las millones de personas que le siguen sean elitistas, aunque habrá muchos que quizá lo sean sin saberlo. Simplemente disfrutan con un espectáculo único cuando este chaval extraordinario sale a competir en una pista de tenis. Cuando gana y también cuando pierde. Sí, probablemente sea un niño mimado que no sabe lo que es la vida y que está más guapo calladito, pero es que él habla con su cuerpo, con su raqueta y con su lucha. Lo mismo sucede con Thoreau, el padre de todos los anarquistas del mundo. Me trae sin cuidado el elevado concepto que tenía, a menudo erróneo, de sí mismo. Me enamoran ‘Walden’ o ‘Desobediencia civil’. Me la suda que Malick sea un snob que vive en su mundo, porque luego dirige ‘La delgada línea roja’ o ‘El nuevo mundo’.

El elitismo, además, es un concepto engañoso, que induce a error. Un elitista puede parecer un individuo que mira hacia abajo con desprecio. Que se cree distinto a los demás porque su talento, su inteligencia o su físico le colocan a otro nivel. Pero no estoy muy seguro de que tal apreciación sea justa. Al menos en todas las ocasiones.

El comunismo, como el socialismo, parte de una enorme falacia. Que además es muy aburrida. Que todos somos iguales. Ni lo somos ni lo seremos nunca. Esto puede parecer una enorme crueldad, pero es así. No es malo ni bueno. Es. A todos nos iguala el sufrimiento y la enfermedad y la muerte. Esto sí que es una gran verdad. Pero en nuestras capacidades y, lo que es más importante, en nuestros méritos, somos brutalmente diferentes. Todos y cada uno de los seres humanos que habitamos este desgraciado planeta Tierra. No significa, sin embargo, que una trágica desigualdad condene a unos al hambre y a la desesperación y a otros al lujo y a la vida fácil. Ni mucho menos. Siempre he creído, aún cuando ni siquiera sabía que lo creía, que el sufrimiento es injusto. Tanto en una persona humilde y honesta como en una abyecta y destructiva (que seguramente lo es porque sufre o ha sufrido mucho más). De todos los trillones de quintillones de copos de nieve que han caído desde el principio de los tiempos no hay ni uno solo que comparta con otro la misma forma geométrica…

En la vida salvaje, un clan o familia está gobernado por la fuerza y el carisma, porque es la única forma de sobrevivir. En la sociedad “civilizada” hemos aprendido que podemos sobrevivir sin emplear necesariamente la fuerza o el carisma. Esto no establece una superioridad moral. Lo bueno y lo malo son conceptos morales, hipócritas. Ahora sabemos que tenemos la capacidad de lograr lo mismo sin despedazarnos unos a otros, aunque raramente no lo hagamos. Tenemos una nueva capacidad.

Los artistas son elitistas por definición. Pero formarían parte de esos elitistas que esperan de los demás exactamente el mismo sacrificio que ellos hacen: trascender de las necesidades mundanas. Oscar Wilde, como David Simon, despreciaba a los espectadores mediocres porque esperaba de ellos lo máximo: que dejaran de serlo. En su desprecio anidaba por tanto su esperanza. Que todo el mundo fuera artista. Es decir, que fuera libre. A mí me emociona profundamente ese momento del álbum de Astérix titulado ‘La cizaña’ en que por fin todos los amigos vuelven a compartir anhelos y sueños, y Panorámix dice: “Al fin os vuelvo a encontrar. completamente locos. ¡Pero de nuevo unidos!” ¿Es esto posible? ¿Es posible que todos, los buenos/malos, y los malos/buenos, nos unamos por fin? Muy difícil, pero no imposible. Nunca será imposible. Y en todos vive el mismo deseo: verse libre, sin ataduras, sin poderes por encima de ellos, dueños por fin del Destino y del Universo. Es decir, todos somos en verdad anarquistas, un espíritu que no alimenta absolutismos como sí lo hace el comunismo, porque el segundo parte de una gran idea, falsa en el fondo, pero tremendamente ingenua y quebradiza, voluntariosa, con lo cual es cultivo para el control de los fanáticos, de los controladores de lo ajeno. Sin embargo lo primero, el anarquismo, mucho mas antiguo que el comunismo, tan antiguo como la propia Grecia, donde no había bombas con las que destruir lo que no te gusta, es devolver al hombre el lugar que merece.

Lo bello se halla encerrado en lo terrible, y lo terrible en lo bello. Las buenas intenciones, la ingenuidad, la inocencia, es lo que puede corromperse. Y por eso se corrompe siempre. Lo tremendo y lo hermoso siempre caminan unidos, y no pueden corromperse, porque participan de lo eterno. Del eterno círculo de lo ambivalente. No hay absolutos. Ni dogmas. No hay moral. No hay buenos ni malos. Todos somos buenos y malos, y todos disponemos de eternas oportunidades. Porque no hay un final, ni un objetivo. En el espejo está la deformada respuesta a las preguntas que nunca hicimos. Y el principio es el final es el principio. Porque no hay principio ni final. No hay victoria posible. Ni redención. Ni paz. Ni conquista.

En base al comunismo, han muerto más personas que por el fascismo en el siglo XX. Y han sufrido muchas más también. Sólo son palabras. No hacen posible lo imposible. Y eso es lo que todos queremos. Por eso cuando Nadal golpea una bola imposible que todos sabemos que no puede entrar, y finalmente entra, acabamos de asistir a una lucha que ha hecho real algo que no puede suceder. Aunque luego perdiera el partido. ¿A quién coño le importaba el resultado final del partido?