Mi superhéroe favorito

Cuando yo era pequeñajo, además de obsesionado con las pistolas de juguete (quién sabe si en otra vida fui pistolero en el oeste americano, o asesino a sueldo) hasta el punto de que dormía con mi pequeño revólver de latón debajo de la almohada, por si acaso (lo que preocupaba un poquito a mi madre, lógicamente, pues pensaba que había parido a un futuro pistolero, o a un memo de crío), era uno de los seres más ingenuos del universo. Tal cual. Con cinco o seis años ya leía novelas de Mark Twain o de Alejandro Dumas, pero de poco servía. Yo pensaba que la justicia era algo de facto, algo implícito en la vida, y que el sufrimiento era una cosa totalmente marginal, que sólo tenía lugar en condiciones muy raras. Cada vez que me cruzaba con un mendigo o un muerto de hambre, le daba el coñazo a mi padre para que me diera veinte duros y yo, para su cabreo, se los entregaba al mendigo o al muerto de hambre (veinte duros de 1985-86). Tenía la sensación de que si todos poníamos un poco de nuestra parte, los problemas de algunos desgraciados serían sencillos de solucionar.

Claro que, un día, me contaron, o vi por televisión, o leí en alguna parte, que los que se mueren de hambre son millones, cientos de millones, en todo el mundo. Como mi madre cocinaba, y aún cocina (por suerte, lo que significa que sigue viva y ha superado su enfermedad), de maravilla, la única explicación a tanta hambre que mi pequeña mente de idiota podía alcanzar, es que sus madres no les querían y no les hacían de comer a todos esos niños escuálidos a los que se les veían las costillas debajo de la piel. Así de memo era: no entraban en mi raciocinio temas políticos, sociales, ni mucho menos la infraestructura necesaria para que los alimentos llegaran a los supermercados, o simplemente para que el agua potable llegara a los más recónditos y polvorientos puebluchos del mundo. Cuando caí en la cuenta de la durísima realidad de tantos seres humanos, vi un documental que hablaba no solamente de todo eso, sino también del rápido empobrecimiento de los recursos de la Tierra. Mi impacto emocional fue tan grande que me pasé llorando varios días, resoplando por las esquinas, siendo un chavalín de siete u ocho años. Mi madre ya pasó de la tímida preocupación de ver a un locuelo con pistolita en la mano a ver a un depresivo que veía un mundo negrísimo. Lo probó todo para animarme, y ya, cansada, me dijo algo que nunca olvidaré: “si tanto te preocupan estos temas, hijo mío, atontao, haz algo”.

Por esos años, y ya para toda la vida, yo era un lector de cómics contumaz. Leía todo lo que caía en mis manos y les daba el coñazo a mis amigos, que disponían de una mejor colección que la mía, para que me dejaran los que tenían, y los devoraba (siempre tratándolos bien, yo siempre trato bien lo ajeno). Mis preferidos eran tres: Daredevil, Castigador y Lobezno. Pero sobre todo Daredevil, el chico que se había quedado ciego de niño pero que había tenido la inmensa suerte de ser tutelado por un maestro de las artes marciales y de la filosofía oriental que le convirtió en uno de los más aguerridos defensores de los humildes. De día era Matt Murdock, un gran abogado de derechos civiles, y de noche era un justiciero que se paseaba por la Cocina del Infierno neoyorquina apalizando a los cabrones que se dedicaban a abusar de los indefensos. El más cabrón de todos, el gordo maquiavélico de Kingping, una suerte de mafioso que era el mal encarnado, y que representaba el poder y el abuso financiero, político y arrasador de los ambiciosos sin escrúpulos. De mayor también quería ser Daredevil.

De tal forma que ideé mi propio superhéroe: un tipo vestido con túnica y bastón, de unos cuarenta años, solitario y amargado, que tenía el poder de materializar comida en el plato de los pobres mientras, a modo de Zatoichi, se dedicaba a repartir hostias ante los poderosos que creían que no era más que un vagabundo. Nunca encontré un nombre para este personaje. Pero mejor: el hombre sin nombre.

Con el paso de los años ideé muchos otros personajes, no todos superhéroes, pero quizá ese fue el primero. Incluso lo dibujaba en mis ratos libres, y en los ratos no tan libres (durante las clases, por ejemplo). Luego le configuré un pasado tortuoso, su bastón ocultaba una hoja de acero, hoja que terminaba rompiéndose por la mitad, etc… Al final terminé diseñando un grupo de superhéroes bastante extraño, uno de los cuales tenía la propiedad de reconstruir los destrozos en la naturaleza, que era un pedazo de hippie de la hostia, una suerte de amazona defensora de las mujeres masacradas… En fin. Historias de la adolescencia. Es curioso que nunca le haya contado esto a nadie y, sin embargo, ahora lo estoy poniendo en este blog…

Con la reciente muerte total y definitiva de la democracia, instalados ya en la dictadura del miedo, con ciudadanos aplastados y apaleados por tipos enormes vestidos con casco a las órdenes del Kingping de turno, me vuelve la imagen de mi superhéroe favorito, Daredevil/Matt Murdock, el Hombre sin Miedo. Me lo imagino apareciendo de pronto, saltando entre los de la porra encocados hasta las cejas y los pobres pringados que solamente quieren que se les escuchen sus quejas. Cuando el tipo enorme va a soltar el golpe, él lo detiene, aplica un punto de presión y el gorila no puede volver a usar el brazo en varias semanas. Si la cosa se pone fea, reparte hostias como el que más. En menos de un segundo, defiende a la chica, o a la anciana, a la que varios cobardes están dando porrazos, y les apaliza para demostrarles que ellos también pueden sangrar, sentir sus huesos rotos, y terminar en el suelo. Se armaría un revuelo de la hostia, muchos políticos dirían que el tal Daredevil está dirigido por los fanáticos de izquierda (¿no va vestido de rojo? pues eso), otros que es un loco, otros que es un terrorista. Como nadie sabría su identidad real, sería imposible buscar cómplices. De día, como abogado, defendería  en los tribunales a esos que no tienen trabajo ni medicinas y a los que ya no les resta esperanza.

Pero la triste realidad no admite a un hombre así. Por mucho que algunos, no creo ser el único, deseara que existiesen. Seguiremos huérfanos de hombres sin miedo. Seguiremos todos muertos de miedo. Saldremos a la calle rezando para que algún bestia no nos abra la cabeza por decir lo que pensamos en la cara de los canallas. Simplemente, continuaremos. Las páginas de los cómics seguirán ahí para un poco eficaz consuelo.