“Tan…como…”, urticaria mental

No. No voy a hablar de cine. Voy a escribir sobre los que escriben o hablan sobre cine, que es parecido, pero diferente. En el grotesco ambiente cultural español, una de las figuras más decisivas, lo he dicho muchas veces, para que la balanza de lo mediocre se instalase definitivamente, ha sido la del crítico. No solamente cinematográfico, por supuesto, en todas las disciplinas artísticas. Pero la del crítico de cine, como supondrán los lectores, es la que me toca más de cerca. Decía García Viñó, en un emocionante artículo de hace algunos titulado ‘Color local y concepción del mundo’, que a mediados del siglo XX, tanto artistas como filósofos, ensayistas o críticos, eran conscientes de que tenían una misión que cumplir. Una misión, no un trabajo o una profesión. Todos ellos, novelistas, directores de cine, críticos y pensadores dedicaban su vida al avance de la civilización, del progreso intelectual, de la libertad de pensamiento y de la necesidad de los creadores de la imaginación. Ahora no. Ahora los críticos, como Carlos Boyero u otros engendros, se dedican a instaurar un régimen totalitario en el que impere lo mesurable, lo correcto, lo normal y lo académico, en pos de una industria cultural empeñada en que la masa, inocente, se distraiga y se sienta bien consigo misma, mientras la deriva del mundo, abocado a su destrucción como sociedad, avanza impertérrita para aniquilar las individualidades, el buen gusto, la rebeldía.

Me gustaría dejar clara una cosa. Algunas cosas no me molestarían tanto, y hasta es posible que no me molestaran en absoluto, si los que las escriben tuvieran un mínimo de coherencia y supieran poner las comas y los adjetivos en su sitio. Quiero decir que, por ejemplo, algunos comentarios en La Columnata, o algunos intentos de crítica o lo que sea, me darían bastante igual, e incluso llegaría a respetarlos, si estuvieran redactados con la suficiente cabalidad, y no fueran paridos por individuos con graves carencias de personalidad. Nunca me ha gustado que me den la razón porque sí, y siempre he dado la bienvenida con entusiasmo a los que discrepan de mis ideas, pero lo hacen con buenas ideas, a lo mejor con agresividad, pero con inteligencia y empaque. Los buenos debates, aún los más acalorados, poseen el apreciable aura de la tolerancia mutua, pese a que sus interlocutores se encuentren en las antípodas del pensamiento. Un adversario intelectual, cuando está a la altura, te ayuda a desarrollar las propias ideas, y a desechar aquello en lo que, aunque no lo sabías, no estabas del todo convencido.

Escribir bien y hablar con convicción redimen a muchos, a mí mismo también, de algunas ideas o conceptos a lo mejor errados o poco madurados. No es una cuestión de gustos, sino de cutrez mental.

No es de extrañar, además, en un país tan cutre mental y culturalmente como España, que los críticos cinematográficos más conocidos sean los que más practican la desidia, los más aburridos, los más gritones, los más feos y los más botarates. Los que peor escriben y los que más ejercitan el músculo de la exhaustividad o de la intolerancia, en lugar de abrazar verdaderamente la condición de cronista o analista de cine, noble arte quizá ya perdido para siempre. Leer un artículo de Boyero, como el último, en el que cuenta sus impresiones sobre el palmarés del último Festival de San Sebastián, y en el que, como siempre, además de sus peregrinas teorías sobre cine, vuelve a utilizar el “tan…(adjetivo)….como…(adjetivo)”, por lo menos dos veces (he leído “artículos” suyos en los que empleaba esa fórmula hasta cinco veces) produce verdadera urticaria mental. Volver a ver un vídeo de Carlos Pumares, en el que, con su desdén habitual, con su gusto por hacer monerías delante de la cámara, intente hacerse el listo con cuestiones del argumento, o con teorías suyas de lo que está bien o lo que está mal dependiendo de detalles extrapolados a su capricho, es constatar que la cosa ha alcanzado niveles grotescos.

Ni mencionemos ya a los fanzines de internet, llamados blogs, por los que algunos incompetentes irredentos llegan incluso a ganar algunos cientos de euros al mes, comentando, claro está la última foto de un proyecto comercial hollywoodiense, o dándoselas de crítico (mientras muy a menudo abominan de los críticos…) escribiendo contenidos de muy dudoso interés, exihibiendo un execrable mal gusto, o directamente dignos de adolescentes semi-analfabetos, que abrazaron la posibilidad de ser leídos por los que gratuitamente entran en su página como una prueba de su pertinencia y su importancia, cuando el mundo no necesita a otro bobo que vuelva a cantar las mismas tonterías que otros críticos, algunos decentes, ya propagaron hace más de medio siglo. Engendros como Pumares o Boyero, gente muy lista que aprovechó la oportunidad de subirse a la mentira de la industria cultural, son los que leen o escuchan muchos que buscan un faro, una guía o una introducción al mundo del cine, con lo que podemos hacernos una idea del escarnio. Algunos de mis lectores me agradecen mi valentía, mi pasión a la hora de escribir, mi convicción. Intento siempre escribir desde cuestiones que me importan, que me interesan verdaderamente, nunca desde presupuestos o prejuicios, y siempre desde el corazón, y sobre todo desde las tripas. Siempre habrá gente capaz de valorarlo.

Como en el fondo soy un ingenuo, y algunas cosas de ambos me han divertido, vuelvo una y otra vez a sus textos o a sus vídeos. Me digo: seguro que me paso con estos dos tótems. Seguro que de vez en cuando escriben cosas desde el corazón. Pero no lo hacen. Y siguen escribiendo y expresándose igual de mal. Sin arriesgar, pensando demasiado lo que escriben, en lugar de escribir lo que van pensando, terreno fértil de todo escritor que se precie. Y vuelvo a lamentar perder el tiempo con ellos, y a buscar desesperadamente a gente que escriba cosas valiosas, que le importen. Pero cada vez hay menos de esos. Yo espero ser uno de ellos.