El inmenso fracaso que es mi vida

Me pongo a pensarlo y no puedo evitar que ese sentimiento se apodere de mí. Mi vida no es solamente un absoluto, un ignominioso, un terrible, fracaso, es además completamente inútil, un sinsentido, y sin embargo sigo aquí. Esto demuestra que en el mundo pueden existir cosas sin el más mínimo valor para todo lo demás, contenidas en su burbuja de absurdo, y el mundo sigue girando, ajeno a ellas, por lo que me pregunto si en verdad lo inútil, lo innecesario, existe por alguna razón terrible que se me escapa. Pero eso ya es preguntarse demasiado.
Mi vida no es un fracaso porque nunca haya encontrado nada verdaderamente importante que hacer con ella. No es una razón de realización personal. La labor física o los asuntos materiales o de acción siempre se me han dado bien, aunque mi mente bohemia siempre haya abominado de ello. Tampoco tiene que ver con el trabajo, el refugio, según Sebastian Melmoth, del que no tiene nada que hacer. Eso sí, mis trabajos, las ocupaciones por las que he percibido un salario y me han permitido instalarme, mal o bien, en la rueda de la sociedad, siempre han sido mezquinos, estúpidos, degradantes. Siempre me han hecho sentirme fuera de mí, como si me observar a dos metros de distancia, y me dijera: ¿quién eres tú, pobre hombre? Nunca he sido capaz de encontrar un oficio por el que se me pagara decentemente y por el que me sintiera útil, valioso. Tampoco he sabido, o no he podido, provocar en mis supervisores o coordinadores eso que tanto necesito: que se aprecie mi esfuerzo. Pero si nos ponemos a hablar del esfuerzo sí que me hundo en el más insondable de los pozos de la amargura, pues nada me duele tanto como esforzarme por algo o alguien, esforzarme mucho (no sé hacerlo de otra manera) y que sólo se me señale por mis errores. Pero te juzgarán sólo por tus errores…
Tampoco es un fracaso mi vida porque no haya aprendido a ser una buena persona. No creo en las buenas personas, como ya expliqué en otra entrada de este blog. Todos somos buenos y malos y pretender que un ser humano, en toda su deforme complejidad, represente una sola de las dos caras de esa misma moneda, es una demostración de estulticia absoluta. Los malos lo son porque sufren y sufrieron más que nadie, y los buenos lo son porque tienen miedo de que alguien descubra que en realidad no lo son, y quieren que les quieran. Todo el mundo quiere que le quieran. Hasta el peor de nosotros.
No es un fracaso mi vida, aunque esto sí es un desastre, que no haya aprendido a perdonar a mi madre. Que no haya sabido hablarle a mi padre. Que no haya sabido darle cariño a mi hermano. Son cuestiones lamentables y dolorosas, pero por eso no siento que mi vida sea un fracaso, siento sin embargo que mi torpeza y mi vanidad me haya hecho actuar de determinada manera en determinado momento. Que mi egoísmo no me haya dejado ver las cosas. Que mi fragilidad no haya sido mi fuerza, y que mi fuerza haya sido mi fragilidad. Es terrible acusar a otros de lo que uno mismo hace, y es aún más terrible hacer cosas que sabes que están mal porque tu descascarillada naturaleza te impele a colmar emociones que nacen de zonas muy oscuras y muy mezquinas.
Es también terrible no haberme entregado totalmente a mis amigos, a mis seres queridos, a las personas que formaron o forman parte de mi vida, esos a los que, yo lo sabía bien, no les entregaba más que migajas, pero bien me preocupaba de que esas migajas pareciesen a sus ojos montañas. Y lo peor de todo es que lo conseguía, aún lo consigo.
Todo eso es lamentable y tristísimo y espantoso. Pero todo eso no es lo que hace de mi vida un horroroso fracaso.
Lo que hace de mi vida un fallo total es que nunca he creído en mí mismo. Nunca me he dado una oportunidad. Sencillamente para ser yo, ese Adrián Massanet oculto que nunca sale a la luz y que se agazapa en las tinieblas de la desidia, de la autocomplacencia, de la pereza, del miedo, el miedo, del pasado, del futuro, del presente. El que nunca se quiso pero se ama y se admira. El que quiere quererse pero prefiere idolotrarse. El que durante tres segundos se mira en el espejo y piensa: algún día. Algún día.
Mi terrible fracaso es no haber tenido el coraje suficiente para tener coraje. El que nunca amó sin dudas. El que nunca tuvo poder sin culpa. El que nunca abrazó y se rió con sus errores. El que se da demasiada importancia en lo grande pero ninguna en lo pequeño, en las distancias cortas, en los detalles que mueven el mundo. Ese que piensa que tiene mucho amor que dar pero no sabe dónde coño ponerlo. Ese que tiene poderes notables pero se siente culpable cuando salen a la luz. Ese que no puede cometer errores, ni tener defectos, porque en el fondo teme quedarse completamente solo, abandonado, desamparado. El que escribe y escribe. Ensayos, poemas, novelas, cuentos, ideas, personajes, diálogos, pero que nunca vive según lo que escribe, con todas sus consecuencias. El que es como una bestia en las emociones y como un niño en los sentimientos. El que nunca crece y nunca cambia. El de las mil máscaras, que hasta hablan entre ellas, y se ríen de mí, con sus rostros horrorosos, que me dicen que nunca me mostraré tal cual soy, indefenso y terrible, pero al fin libre.
El que se despereza con un chasquido, y el que tiene como amigo fiel a un cigarrillo entre los dedos. Entra y sale de él, lo que no puede hacer ningún otro amigo, porque no le dejo. Lo acaricio y lo beso cada vez que doy una calada. Se esfuma con su humo y ni siquiera me dice adiós.
El que se cree muy especial y muy inteligente y no es nadie. El que nunca se atrevió a dejar de ser nadie. El que alguien, muchos, nada más conocerle, dicen que es muy inteligente, pero que no es más que un lobezno asustado, siempre con el caminito de cenizas de cigarro indicando la rápida carrera a salvo a la lobera. El que siempre está pensando y pensando, como una estatua de bronce. El que por dentro tiene mundos y cascadas y música, pero que solamente saca generosidad porque no quisiera que nadie sufriera, ni estuviera solo, ni sufriera el desamparo que él sufre. Pero es pura mierda, puro egoísmo, pura nada. La nada. Nada.
El que quiere demostrarse a sí mismo que puede cambiar. Que va a cambiar. Que ya ha cambiado.