El que tiene vergüenza no come

El otro día escuché de boca de una madre, este refrán que ha caído en cierto desuso: “no tengas vergüenza, hija, que el que tiene vergüenza no come”. No sé por qué coño se lo dijo a la pequeñaja que iba de su mano, pero se lo soltó alto y claro. Y, sin entrar en zarandajas morales, promulgo, yo también alto y claro, todo lo que permite escribir y no hablar, que los refranes españoles son una maravilla, porque nunca pasan de moda, porque se puede extraer de ellos no poca sabiduría popular y porque, en serio, dicen verdades como puños. Me viene a la memoria otro refrán tan español y tan certero: “no hay mejor maestro que el bien acuchillado”. Seguro que estas cosas deleitan a mi gran amigo Jorge Moreno. Habría que averiguar, ahí le lanzo un guante, de dónde demonios salen, o cuándo los acuñaron, o cuál era su forma original. Sería algo apasionante. Hasta entonces quedémonos con la frasecita que le soltó esa madre a esa hijita que no tendría ni siete años de edad y que no replicó absolutamente nada, quizá pensando en las tonterías que dicen las madres cuando no saben qué soltarle a sus hijas. Una frasecita que a mí, que soy un memo, me recuerda a los empresarios españoles, esa casta de hombres admirables que, en principio, da de comer a los trabajadores, aunque siempre he creído que es al revés.

Eso de la vergüenza es también muy español. Su hermana melliza, la desvergüenza, también lo es. Hay dos clases de españoles, seguramente: los que tienen vergüenza y los que no. Los que por todo sienten pudor (como yo mismo) y los que todo les da igual con tal de alcanzar sus objetivos. Dentro del segundo grupo está la gruesa mayoría (hoy me he levantado generalizador…o como diantres se diga) de los empresarios, prebostes, directores, coordinadores, jefes y jefecillos que nos asolan en los muchos trabajos de muy distinta índole que nos permiten no dormir a la intemperie en invierno. Un colectivo que me fascina, por eso de que me atrae, dada mi naturaleza, la sordidez. Hay muchos tipos de sordidez, también, pero si me meto en eso no acabo nunca el segundo post de hoy. Me he fijado que casi todos ellos, o por lo menos los que yo me he topado en mi vida, me entreguen un sueldo a final de mes o no, están cortados por el mismo, grotesco, patrón: el de lo cochambroso.

¿Alguien más se ha apercibido del hecho de que todos ellos son feos? Más feos que pegar a un padre con un calcetín sudado. A menudo van con traje, uno de esos trajes de El Corte Inglés que ellos piensan que les queda genial pero que abundan en su escaso atractivo. La mayoría luce una calva adornada con los rodapiés habituales de pelos engominados. Pero cuando no lo hacen, visten camisetas de cuadros de esas de leñador, que ellos pensarán que son más informales y más de gente “normal”, pero que abundan todavía más, si cabe, en su mal gusto y en su aspecto lamentable. Pero lo que más llama la atención es su voz y sus ojos. La mirada está presa de una suerte de fanatismo o de intención malevolente, que ellos creen que es muy profunda y muy interesante, pero que niega su autoestima. Es una mirada de miedo que ellos tratan, con presencia de ánimo estéril, de transformar en ambición y audacia. Y su voz es siempre atiplada, de hombre que quiere ser macho, pero que revela al niño al que le queda grande lo que trata de hacer. No son gente de fuste, sino nuevos ricos, o gente sin escrúpulos, que se supone a sí misma superior a los demás y que despliega con su machismo y su falsa modestia o sus modales de cro-magnon todo su desprecio por los demás.

Tomemos como ejemplo supremo a Botín, el jefazo del mejor banco del mundo, el Santander. Es todo lo que estoy diciendo y más. Que se apellido Botín es una de esas bromas que demuestran que Dios existe, y que tiene sentido del humor. Calvo, feo, zafio, vulgar. Tenía yo un jefe calvorota que era de esos que van a burdeles a distraerse de su mujer, que en la comida se piden tres cubatas antes de subir al despacho a no hacer nada, y cuya idea de las mujeres es la misma idea que tenía de sí mismo: la nada. Los tipos así, y no otros, son los que han llevado a este país a la ruina, y a los trabajadores a la desesperación. No tienen visión, ni cultura, y pareciera que acudieron todos a la misma universidad de tontos del haba que quieren fundar una empresa basada en la ganancia rápida y en ningunear a lo único que se la puede proporcionar: la clase proletaria. Ni leen ni saben leer. Opinan sobre cualquier cosa con un vozarrón abyecto, ven enemigos en cada esquina, los cuales les impiden ganar un millón de euros al mes. No tienen clase ni inteligencia.

Cada día de trabajo que me bajo al bar a tomarme un aperitivo que me anime la tarde, veo a uno de esos jefecillos, al que le permiten fumar en el bar. Feo, calvo, con tripón, se quita la corbata cada vez que se sacude un cubata. Le acompañan acólitos, mercenarios, y le ríen las gracias. Hablan en el mismo tono que él, le adulan. También van trabajadores a tomarse unas cañas y a reírse un poco del mundo y de la situación, a compartir. ¿Adivinen cuál de los dos es una persona de verdad? ¿Adivinen cuál de los dos aún tiene vergüenza?