El Sol, mi archienemigo mortal

Yo siempre he deseado disfrutar de buenos enemigos. Le otorgan a uno dignidad y, en su confrontación con la propia personalidad, se sale reforzado o fortalecido de esa enemistad. Desgraciadamente, no todos gozamos de tanta fortuna, y lo único que nos encontramos son cerebros de mosquito que quieren ser malos y lo único que dan es pena. Yo he descubierto que mi gran archienemigo, mortal (y no exagero absolutamente nada, ahora explicaré por qué), es el jodido Sol. Y no es que haya encontrado que los enemigos “humanos” sean poca cosa para mí o simplemente patéticos. Yo no he elegido esta enemistad, ella es la que me ha elegido a mí. Y lo peor es que ni me refuerza ni fortalece mi personalidad, sino que me aplasta y me aniquila hasta niveles insospechados. Sobre todo en verano. Sobre todo en el verano de Madrid. Pero tampoco hay que despreciar su capacidad de destrucción en otoño (sobre todo, un otoño como el que estamos sufriendo ahora mismo…) e incluso en invierno. Porque con el Sol sucede como con los ruidos: no puedes cerrar los oídos como cierras los ojos. Están ahí y no puedes hacer nada para enfrentarte a ellos.

El Sol es nuestra mayor fuente de energía. Cuentan que un solo día de energía solar, bien gestionada, daría para que la humanidad entera dispusiera de toda su tecnología a pleno rendimiento durante un año entero. Los días soleados son mucho más apreciados por la gente, de lejos, que los días nublados, y es minoría la que se siente más a gusto con tormentas, con viento o con niebla antes que con el Sol achicharrándoles la cabeza. Y sé lo que estará pensando el lector: ahora el astro pega mucho más, debido al efecto invernadero, a la fragilidad de nuestra atmósfera y al cambio climático. Pero yo ya odiaba al Sol de pequeño, aunque sin duda me sentía muy animado en los días primaverales en los que por fin el frío se retira, se agazapa vete a saber dónde, y el calor permite pasear sin congelarse de frío. Sobre todo en Asturias o en Mallorca, regiones en las que el frío húmedo o glacial puede hacer sorpresivo acto de aparición.

Para empezar, mis ojos son extremadamente sensibles a la luz, al igual que mis oídos son extremadamente sensibles a los sonidos. Y el que me conozca bien (sólo tres o cuatro personas en el mundo pueden jactarse de tan dudoso honor) lo sabe de sobra. Independientemente de mi ojo izquierdo, ya irreversiblemente condenado y muchas veces entrecerrado cuando el Sol le sacude a la una de la tarde, siempre me siento mucho más a gusto en la noche, como los hombres lobo. Me gustan las luces bajas, auxiliares, que ofrecen un apoyo lumínico limitado, y que respetan los claroscuros de una habitación. Detesto sobremanera esas luces duras, que desnudan hasta los rincones más pudorosos de un interior y que lo aplanan todo. Confieso mi eterna fascinación por esas lucecitas de los bosques, artificiales o no, rodeadas por un halo que se diría espiritual, como luciérnagas traviesas que explorasen quién sabe qué misterios ocultos entre las hojas y los troncos de los árboles. Detesto también la luz del Sol a las tres de la tarde, que te arranca toda la energía o el ímpetu y te agota el pensamiento.

Mi hora predilecta del día es la del atardecer y la del anochecer. En la primera hora del día la luz de mi archienemigo devuelve los colores a la naturaleza, como si los despertara, y en la última hora de pronto el mundo se vuelve más apacible, más sereno. Desearía que esa hora durase muchas más. Es esa que quizás algunos lectores conozcan bien, e incluso que aprecien como se merece. La del crepúsculo, que parece hablarnos con sutiles signos acerca de la muerte, pero también de la liberación, de la huída de la luz. Es decir, de la lucidez, del dolor. Por fin el ánimo puede calmarse, yo diría que regocijarse, y los colores son más vivos en su agonía. Hay atardeceres en las que el aire se vuelve azul, y todo se impregna de un aura azulada, como en una premonición. En otros, se vuelve rojizo, violento pero apasionado.

Yo moriré en verano, para qué andarnos con rodeos. No hay colores ni claroscuros, y mis retinas, cuando cierro los ojos para dormir, aún retienen mucha de la luz blanca del Sol acumulada durante el día, y me impiden descansar. Y el calor no lo soporto. Lo llevo bien cuando tengo cerca un bosque, y más aún cuando sé que puedo aplacarlo con el mar. Pero me fustiga en una ciudad seca como Madrid, provoca que me bullan ideas malignas en la mente, me impide respirar y pensar con claridad. Me vuelve una bestia encarcelada por barrotes invisibles, inquieta y oscura. Estropea mi ya de por sí difícil carácter. Los veranos terribles de Madrid siempre me destruyen. Y las primeras brisas otoñales me devuelven una cierta vida, como si renaciera. Pero moriré en un acceso de calor salvaje, aferrado a unas sábanas sudadas, quedándome sin respiración y sudando desesperadamente. Con cara de circunstancias, vencido, resignado.

Siempre me hizo mucha gracia ese episodio de ‘Los Simpson’ en el que Burns declaraba su guerra contra el Sol y cubría el astro con un aparato gigante, para que en Springfield siempre fuera de noche (y, claro, la luz eléctrica que suministraba su central nuclear le hiciera aún más rico…). En realidad no deseo eso. Pero si existe un cielo, y seguramente no exista, estaría bien que siempre hiciera luz de atardecer, luz horizontal, y colores nítidos y suaves. En los días felices que estoy cerca del mar, me parece mucho más hermoso cuando brilla en las últimas horas del día, y se vuelve opaco, casi de plata. Supongo que cada uno tenemos nuestro cielo.