‘Total Recall’, muy superior a la primera película

Hace un par de semanas, en La Columnata, comentaba yo sobre todo este farragoso asunto de los remakes. La cosa es bastante absurda: los aficionados se llevan las manos a la cabeza cada vez que se anuncia una nueva versión sobre un material previo, aunque ese material previo sea una novela o un cuento corto, más susceptible de conocer una nueva versión, y ni siquiera un remake de una película de éxito. No faltarán los fanáticos amantes de la primera película profiriendo amenazas contra los creadores de la segunda o la tercera (o la cuarta o la quinta) porque se sienten violados, porque “se están riendo de ellos”, guardianes recalcitrantes de no sé qué pureza, dignos descendientes de los que defienden la pureza de las razas o de los textos bíblicos. Así las cosas, no es de extrañar que ahora que llegó una nueva versión del original de Philip K. Dick Podemos recordarlo todo por usted al por mayor, que vio la luz en 1966, volvamos a leer tonterías sobre la supuesta genialidad de la película de 1990 dirigida por Paul Verhoeven, y sobre la supuesta pobreza de ideas de la actual industria norteamericana del entretenimiento.
Aunque la película de Verhoeven hubiera sido una genialidad, cosa que desde luego no es, una nueva versión me parecería igual de pertinente siempre que aporte cosas nuevas y goce de personalidad propia, algo que desde luego a la película de Len Wiseman le sobra en cada secuencia. Realmente, no tiene esta película nada que ver con la antigua, salvo los lógicos puntos de conexión de la trama con la sucinta historia del relato corto de K. Dick, un escritor notable en cuanto a su capacidad de fabulación, pero que como novelista o prosista la verdad es que no pasaba de corriente. Por lo demás, ni en el diseño de producción, ni en el tratamiento del personaje central, ni en su sentido cinemático, han hecho el más mínimo caso al filme de 1990. Siendo yo un admirador irredento del gran Verhoeven, y confesando mi amor sin límites por algunas de sus grandes películas, me parece poco discutible (¡lo dijo él mismo!) que su Desafío total es una película mediocre. Se benefició del estrellato mundial del por entonces denostado (ahora no tanto, qué curiosa es la vida) Arnold Schwarzenegger, de la música imperial de Jerry Goldsmith (un grande cuyo tema central todavía emplean en Canal + antes de cada partido de fútbol) y de unos efectos especiales muy rompedores para su época aunque ahora mismo estén totalmente desfasados.
Pero Verhoeven era incapaz de conectar con la aventura interior de su héroe, que carecía del más mínimo aura de mística, misterio o tormento vital. Arnie es un actor muy limitado incapaz de vivir la secuencia con intensidad y de hacernos creíble su peripecia de hombre corriente reconvertido en invencible agente secreto. Todo quedaba como una suerte de parodia en la que momentos como la extracción del chip cerebral o el cercenamiento de los brazos de la némesis del héroe quedaban grotescos y fuera de lugar. El diseño de producción, que intentaba emular títulos de serie B al estilo de una serie A, era digno de una realización televisiva de bajo coste, con un sentido de la atmósfera realmente nulo. Recuerdo que vi esa película en Mallorca, con mis padres, a los once años de edad, y ya por entonces me impresionó su salvaje pero insulsa violencia, y su superficialidad. He visto esta nueva versión también con mis padres, veintidós años después, y en Asturias, y desde el principio me ha parecido muy superior a la venerada aventura de 1990. Voy a intentar explicar por qué.
Colin Farrell, un animal cinematográfico
Tan absurdo, e infantiloide, es el tema de los remakes, como no admitir ya de una maldita vez que Colin Farrell es un actorazo maravilloso, un intérprete magnífico que, haga lo que haga, siempre está bien, y que en algunos títulos, como en El nuevo mundo (Terrence Malick, 2006), roza lo sublime, por mucho que algunos cegatos le detesten y no sepan ver su inmensa imaginación, seguramente acomplejados por la belleza masculina (dicen que además disfruta de un pollón fabuloso, bien por él) y la virilidad de este hombre, y es que también habría que escribir algún día de la cantidad de heterosexuales retraídos y disminuídos físicos que habitan en esta enorme piel de toro, homófobos y homosexuales inconfesos. Sus regalos en In Bruges, Tigerland, Alexander, Phone Booth o The Way Back, por citar algunas, atestiguan el talento y la vitalidad de este irlandés que mezcla la rudeza de su físico con la intensidad, la humanidad y la compasión de su mirada. En Total Recall sostiene la película entera sobre sus hombros como si nada, y le trae sin cuidado el recuerdo de Arnold, o la veneración de los fanáticos por la anterior película. Bravo por él.
El momento clave en el que regresa al hogar, con su atractiva y adorada mujer, para descubrir que no es más que una espía mientras le da de hostias hasta en el cielo de la boca, lo lleva Farrell de forma magistral. Imposible no empatizar con él hasta el tuétano, viviendo la aventura tal como la vive él, vehículo de nuestras propias emociones. Farrell posee la cualidad de que sin hacer nada, al menos en apariencia, es una esponja que absorbe el tema o los temas principales del relato, como una esponja. Es decir: el actor ideal. No hay desarrollo del personaje, no hay evolución. Recuerda lo mismo al principio y al final. La presión de sus pasiones es total, y no existen altibajos de energía en su composición. A su lado Kate Beckinsale es más que una simple mujer fatal y Jessica Biel resulta el contrapunto perfecto. Bryan Cranston se erige en un Coohagen fantástico y Bill Nighy compone un Matthias breve pero estimulante y muy bien dirigido.
En el momento actual, con todo lo que está sucediendo de la pérdida de libertades en el “mundo civilizado”, con la policía convertida en matones a sueldo de las corporaciones millonarias, la nueva adaptación del relato de K. Dick resulta del todo cabal e inspiradora. Con los países transformados en inmensas urbes en las que el hombre corrientes es anulado y aplastado, en trabajos rutinarios y degradantes, el anhelo de Douglas Quaid de vivir una vida verdadera es el de casi todos los espectadores. Se palpa su vida cotidiana y su vacío con mucha mayor nitidez que en la primera película. Y, desde que decide ir a Rekall a implantarse un recuerdo de agente secreto para sentir que su existencia ha tenido, al menos en un pasado, algún sentido, y que en su mierda de vida puede extraer algo de dignidad rememorando hechos que a lo mejor ni han ocurrido realmente pero que le reconfortan. Detalles soberbios como el del piano, o secuencias memorables como la de la lágrima (y no la gota del sudor de la otra película) que convence a Quaid no tanto de vivir o no un sueño como de que merezca la pena vivir en un sueño en el que una mujer hermosa te ama lo suficiente como para sacrificarse por ti, deberían bastar para salvar tanto prejuicio.
El director Len Wiseman, sin ser John McTiernan, no es el inútil que tantos quieren masacrar. Su filmografía no es nada del otro mundo, pero su puesta en escena tiene nervio y ritmo, y su mirada desborda imaginación para planos muy interesantes y muy inmersivos, gracias a una cámara muy fluida. Viola sin piedad formas y elementos existentes en Minority Report, en Artificial Intelligence, en Star Wars, y hasta en Cube. La inevitable comparación de sus atmósferas con las de la aburrida Blade Runner no le preocupa lo más mínimo, y sabe inocularles otra vida, otro punto de vista. La secuencia de la persecución en la autopista o la de los ascensores son vibrantes, salvajes e imaginativas. Y, finalmente, respeta al máximo a sus personajes, sobre todo al triángulo violento-amoroso de Quaid y sus dos mujeres, que casi parecen mellizas. Existe algo muy oscuro y muy erótico en la figura de la salvaje esposa que quiere liquidarle y en ser acompañado por otra parecida solo físicamente. Es casi onírico y desde luego muy bestial, y es capaz de provocar un malsano placer en los paladares más retorcidos. La música, hipnótica y sin ínfulas de gran orquesta, y los detalles de sci-fi, terminan por redondear la propuesta.
No solamente es muy superior a la de Verhoeven, mucho más divertida y placentera, mucho más psicológica, sino que es mucho más interesante que The Dark Knight Rises, por ejemplo, y que otras que han recibido mucha más atención, y de forma más injusta. Vayan a verla. Eso sí, sin prejuicios.