El amor es una catástrofe

Eso fue lo que dijo Andrei Tarkovski en una entrevista al aire libre, concretamente en un bosque, cerca de un precioso río; entrevista que puede verse en la edición española en DVD de su obra maestra Nostalghia (1983). Con toda probabilidad el maestro ruso se refería al amor romántico, o al amor obsesivo. La entrevistadora, siempre hablando en italiano, le pregunta poco después si está enamorado, él responde que sí. A continuación si es feliz, él responde que no. Pero, quién sabe, conociendo un poco la trayectoria vital de este artista, quizá su afirmación tenía que ver con todo tipo de amor, pues su amor a su familia, a su cultura y a su país, al que ya nunca regresaría, era inmenso, y para él arrasador.
Comento esto porque me he dado cuenta (observador que es uno…) que las personas más inteligentes y sensibles de entre las que nos rodean están siempre dispuestas a confesar que no tienen ni la más remota idea de lo que es el amor, y en el caso de que sientan amor por alguien o algo, se encuentran verdaderamente perdidas, y su vida se convierte en mucho más difícil de sobrellevar de lo que ya es de por sí. Sin embargo, las más pacatas, catetas y envanecidas se jactan a menudo de saber lo que es el amor y, cosa curiosa, siempre poseen una percepción idealizada de él, como si fuera algo precioso o maravilloso que hace que la vida tenga más sentido. Pero cada uno se describe y se señala con sus estructuras mentales y la forma de sus ideas, más que por lo que hacen. Personalmente estoy mucho más cerca de considerar el amor, y sus variantes, como un desastre mayor que un tsunami (y esto no me describe necesariamente como alguien inteligente o sensible), antes que como un sentimiento siempre noble y vivificador. Los mayores desmanes se llevan a cabo en nombre, o a causa, del amor, porque creo que es una gran verdad que muchas veces las mejores intenciones son las que dan lugar a las mayores desgracias, y algunas de las peores intenciones, extrañamente, a conquistas personales y a una mayor libertad.
Es el tema de la libertad, en verdad, el que más tiene que ver con el amor. Algunos quisiéramos no amar, y ser libres, porque sabemos bien que el amor impone cadenas, y te ata y te puede llegar a asfixiar. Es posible que el amor tenga dos caras, una en la que te hace sentir casi inexpugnable a los avatares de la vida, y otra que te hunde en el más profundo pozo de la desesperación. Mejor sería vivir sin ataduras, sin apegarse a nada, y que su lastre no te impida avanzar y crecer. Pero, como dijo Marguerite Yourcenar, quien nunca se ha apegado a alguien sólo conoce lo más superficial de los seres. El gran problema es que los seres, las personas, son tan imperfectas, y que el amor es tan poliédrico en sus formas, que el asunto es bastante complicado.
El amor principal, del que todo el mundo habla o del que muchos están preocupados, es el amor romántico, el de pareja, en el que alguien se enamora de otro, o al menos eso cree. Pero como somos egoístas y frágiles, solemos enamorarnos de los que nos dan algo a cambio. Es decir, por buenas razones. No nos enamoraremos del feo, o de la estúpida, en principio. Sino del bello y de la mujer brillante. En una palabra, nos enamoraremos por interés. Sin embargo también cabe la posibilidad de que nos enamoremos de la loca, del mezquino, del atormentado o de la amargada, y así es fácil preferir un amor egoísta, porque enamorarse de personas con grandes problemas de personalidad, o con una vida difícil, puede complicarnos enormemente la existencia. Ambos amores son, en mi opinión y en su mayor parte, falsos y de poco fiar. Vale mucho más ese amor en el que se comprende y se acepta al otro, quizá sin recibir nada a cambio, pero sobre todo vale mucho más ese amor en el que se perdona, porque todos queremos ser perdonados, o todos queremos perdonarnos.
Otro amor muy importante o muy presente es el del padre o la madre por sus hijos, y el del hijo por los padres. Un amor, si cabe, todavía más complejo y arrasador que el otro. El padre es el primer hombre que conoce una mujer, y la madre la primera mujer que conoce un hombre. Te marca para siempre, es inevitable. Y de entre el amor de los dos autores de tus días, es el amor de la madre el más enorme, la mayoría de las veces, y también el más doloroso para ambas partes, porque las madres no pueden medir ni controlar su amor, y a menudo asfixian o dañan a sus hijos. Dicen que es biológico, la supervivencia de la especie, pero también es irracional, nada mesurable. Y es un amor en el que entra también el odio, la dependencia, el agotamiento emocional, el desamparo. El amor del padre suele ser más ausente, pero no por ello puede no ser tan terrible como el de la madre. El amor de los hijos es todavía más ausente, y mejor para ellos. Nada peor para un hijo que estar obsesionado con una madre o un padre, y ser fuertemente dependiente de ellos puede acarrearle serios problemas de identidad y graves dificultades para sobrevivir.
El amor hacia un amigo (ya sea humano o animal) es un amor más sereno, en general, pero la amistad no es una forma menor de amor. Si cabe, es una forma mayor, porque solemos perdonar a los amigos mucho antes que a los amantes. Sin embargo, si sufrimos desamparo o déficit de los otros amores (el romántico, el sensual o el filial), la amistad (tan compleja y terrible, en cierta forma, como el amor) también puede ser un objeto de doble filo. Pero la fraternidad entre las gentes se da muy poco, y bien merece la pena pasarlo un poco mal de vez en cuando por el abrazo o las palabras cariñosas de un buen amigo que nunca te pide nada a cambio. El vínculo que existe entre dos amigos es algo que proporciona mucha fuerza, pero si en algún momento nos falta, pondrá a prueba severamente nuestras propias fuerzas, y desearíamos que no nos hubieran puesto al lado un compañero para luego quitárnoslo.
Y es que muchas veces, y ahora hablo por mí mismo, aunque sospecho que muchos me darán la razón, desearíamos que aquellos seres queridos que se fueron nunca hubieran existido, porque lo bien que nos hizo sentir su compañía y su cariño en su pasado, ahora trastocado en ausencia (o en odio, o en desprecio, quién sabe) no nos compensa el dolor y la soledad actuales, el mirarse en el espejo pensando que si hay amor por el mundo, no merecemos que se presente a nuestra puerta, y que si hay amor en nuestro interior, nadie va a querer aceptarlo. Y en el fondo esto proporciona cierto alivio, porque de nuevo esa persona que llegue volverá a irse. No hay mayor enemigo del amor que el tiempo. Pero tampoco hay mayor amigo para el desamor que el tiempo.
Sin tener ni zorra idea de lo que es el amor, creo que deberíamos dar las gracias por los momentos puntuales de alegría y plenitud, más que esperar o exigir una felicidad o una fidelidad muy prolongadas. Los breves instantes en los que esa persona querida o admirada, en los que ese animal inocente y atolondrado, nos regaló con su compañía o con su sonrisa o su forma de ser, o esos extraordinarios obsequios en los que te piden un favor o una ayuda y eres tú el afortunado y el agradecido, o los fugaces instantes de comprensión mutua o de serenidad, siempre todos ellos instalados en el pasado, dieron algo de luz o de energía a esta existencia gris y agotadora. Llegaron y se fueron, pero quizá haya más, y esto es un pensamiento alentador. No hay amores puros, ni fáciles, ni simples. No hay una historia de amor en la que todo salga bien y que no encierre secretos y miedos. Pero sí hay un guiño, una sorpresa agradable, un sacrificio, un esfuerzo. Sobre todo una compasión, que para mí es la forma más perfecta de amor. Sentir pasión con el otro, o con lo otro. Sentir que no estás solo en el universo y que todos estamos, de alguna manera conectados. Que nuestra vida es además la vida de los otros, los que nos rodean.
Pero el amor es una locura y una perdición. Y el corazón… el corazón es un puño sanguinolento.