¿Por qué no permito comentarios en mi blog?

Desde el mismo día en que abrí este Cuaderno Audiovisual, no permito que ningún lector pueda dejar un comentario. Ni positivo ni negativo. Esto puede, y de hecho así me lo han manifestado, sorprender a mucha gente. No es habitual encontrarse con un blog en el que la práctica de los comentarios no esté permitida. Seguramente uno de cada cien, o puede que menos (no, no los he contado, pero no creo andar muy desencaminado). Las razones son varias, y ahora entraré en ellas, pero la más importante de todas es que el internet, con todo lo que tiene de libertad de expresión y zarandajas parecidas (y digo zarandajas porque la libertad de expresión no vale nada si detrás no la mueve una mente que no sea de mosquito), es un basurero en el que cualquier retrasado mental se cree con el derecho de dejar por escrito en lugares que no son propios las mayores majaderías, y además exigiendo no sé qué explicaciones y dándoselas de algo cuando a menudo no saben ni dejar las comas ni poner las tildes.

Digo que no se pueden dejar comentarios, pero sí se me pueden comentar cosas vía Twitter, y de hecho me comentan, y no todas ellas agradables. El Twitter lo tengo privado por algunas de las muchas razones por las que no quiero que haya comentarios aquí, aunque luego he admitido a mucha gente de la que no tengo ni zorra idea sobre su identidad y tampoco pasa nada porque de vez en cuando a uno le llamen gilipollas o incompetente. Pero una cosa es dejarme dos líneas (tampoco se puede dejar mucho más) en esa red social, mal escritas, y en las que se me pone a parir, y otra muy distinta que tu propio blog ejerza de pábulo para que cualquier listillo se pase por allí y te deje un ladrillo sin el menor sentido, como me pasó hace poco en La Columnata, donde comprendí perfectamente el chiste ese de que “el mundo está lleno de idiotas, y no sé qué ocurre que yo me los encuentro todos”. No me gusta que la gente se deje en ridículo a sí misma en uno de mis textos, pero todavía me gusta menos perder el tiempo con bobadas. El tiempo es algo muy valioso para mí, y aunque intento leer y contestar todos los comentarios, ya soy un tipo pegado a un ordenador prácticamente 18 h al día y no es cuestión de dedicarlo a los que no merecen un mínimo respeto.

Sé de sobra que mi forma de escribir molesta a algunos. A otros directamente no les gusta o les aburre. He descubierto que la mayoría de esta gente adolecen de una seria carencia de personalidad, porque por mucho que me digan que se sienten ofendidos, siguen leyéndome, algo que yo jamás entenderé. A mí no me gustan las tonterías que escribe Arturo Pérez-Reverte, así que dejé de leerle y que le vaya bien, que por otra parte seguro que le va muy bien. He de reconocer que a veces soy bastante vanidoso, y otras veces a la vanidad sumo una mala hostia que, yo pienso, es bastante sana, porque el que viva en este mundo jodido y no desprenda un poco de mala hostia de vez en cuando, o es un memo o algo peor. Algunos textos me quedan bastante bien y puedo sentirme orgulloso de ellos. Otros me quedan bastante peor y no soy capaz, por muchas vueltas y correcciones que haga, de convertirlo en algo decente. Pero siempre escribo desde mis convicciones, y procuro ignorar los gustos y las ideas preestablecidas. Cuando escribo algo lo escribo porque lo pienso, y ya está en el gusto o en la percepción de cada cual seguir leyéndome o pasar tranquilamente a otra cosa.

Ahora bien, cuando me atacan, en la vana esperanza de que yo reaccione con la misma carencia de personalidad, no solamente me quedo perplejo sino que no soy capaz de entrar en la mente de quien lo hace y establecer el impulso que le llevó a hacerlo. Y sobre todo me atacan por cuestiones culturales o de forma, en el colmo del absurdo. Por tendencias o por personalidad, y a menudo tergiversando mis palabras y leyendo lo que quieren leer. Esto es deprimente y demuestra una estulticia peligrosa. No me gusta excesivamente que me halaguen, porque al monstruo voraz de la vanidad hay que tenerlo bien atado, aunque siempre vienen bien unas palabras de ánimo o una conversación con un interlocutor inteligente (los hay todavía, por suerte). Me estimula sobremanera encontrarme con alguien que disiente conmigo pero que es capaz de establecer un diálogo cordial. O a lo mejor no tan cordial pero siempre dentro de los límites del buen gusto y la sensatez. Me cansa y me aburre el tarado o la tarada que se cree que sus opiniones valen tanto como las de los demás y que no sabe empezar una conversación como una persona adulta y con el bachiller aprobado.

Quiero decir algo en lo que creo firmemente: una conversación o debate en internet es exactamente igual que una que tenga lugar en una cafetería. Si los contertulios son gente maja y abierta, siempre querrá que se sume más gente, y yo he vivido debates apasionantes con gente que se iba uniendo e iba haciendo sus aportaciones a ritmo de botellín de cerveza. Sin embargo todos tenemos la experiencia de que alguien ajeno a la conversación se una a ella con desvergüenza y muy malas maneras, haciendo gala de una chabacanería recalcitrante. Bien, pues esto es lo mismo que un artículo de un blog o diario digital o lo que demonios sea, en el que el autor establece un tema y redacta un texto, y luego los lectores van comentando y aportando cosas, aunque estén en franco desacuerdo, pero de repente entra un troll (se llaman troll no sé por qué, pero además me encanta la palabra) o algún listillo sin nada mejor que hacer, y suelta alguna perorata que no le interesa a nadie, pésimamente redactada, en la que ataca directamente al autor, o incluso al resto de comentaristas, porque es incapaz de hacer otra cosa, exigiendo además explicaciones, o queriendo impresionar por su actitud o por su supuesta valentía, cuando por lo que impresiona es por su ridiculez. Luego, si se borran los insultos, resulta que los responsables son unos censores o unos impresentables.

Claro, joder.

Yo no soy de borrar comentarios. Quisiera que se inventara una maquinita con la que entrar en la mente de esos mequetrefes e introducirles un poco de sentido común y de sosiego mental, para que interactúen con los demás de forma apropiada y no quedaran en bochornoso ridículo. No soy tampoco de pelear en los comentarios, pero a veces te quedas callado y parece que te amilanas o que te da igual todo. Y tampoco son así las cosas.

Insisto, el que no me quiera leer, no tiene por qué hacerlo. Y el que crea que me va a impresionar con sus bravatas o con sus disertaciones sobre mi trabajo, lo lleva crudo. No me voy a morir por perder lectores y no creo que cambie en mi forma de hacer las cosas. No creo tampoco que mis textos sean un virus cuando hay gente agradable que los aprecian y me alientan. No insulto a nadie ni me quedo con nadie. No desafío más que en el ámbito intelectual, y el que quiera recoger el guante y proponer mis fallos será bienvenido siempre que disponga de más de tres neuronas. El que se sienta ofendido porque defiendo tal película, porque ataco alguna otra, porque dejo por escrito mis ideas sobre cultura y sociedad, no solamente se describe y se señala a sí mismo como un imbécil de baba, es que no merece que los demás le presten el más mínimo caso.

En este mi cubil solamente escribo yo. No me apetece andar borrando comentarios o peleando con placentas que resbalaron de la cadera de sus madres. Y el que quiera dejar chorradas en La Columnata es libre de hacerlo, por supuesto, como también lo somos los redactores de ignorarles o de descojonarnos por la infinita capacidad de algunas personas de escribir subnormalidades.